miércoles, 13 de junio de 2012

Error 404


Tengo varias visiones sobre el futuro. Ninguna utópica. Tal vez la mejor, gracias a las pelis, sea una en la que las sombras de la humanidad lucha entre sí por combustible, agua, y por qué no, algún que otro ideal. Ahora expondré la que más me aterra.

Soy un temeroso de la tecnología, de los avances meteóricos y los superhumanos. Quizá antiguamente se muriesen con 40 o 50 años, pero dudo que mucha gente padeciera cualquiera de la marabunta de dolencias, enfermedades y enfermedades que padecemos hoy en día, unos u otros, con normalidad. Estamos hasta los topes de química, no se imaginan cuanto, y ya no hay absolutamente ningún remedio.

Cada vez dependemos más de trastos, chismes nos hacen la vida más fácil. ¿Dependemos? Nos hacen depender, o creer que dependemos, de una infinidad de artefactos. Y cada vez falta menos para que tengamos robots y otras chatarras pululando por la casa. “¿Más té, señor?” dirá una cafetera con tres ruedas. Después de eso, quién sabe. Tal vez inventen realidades virtuales. Nos pondremos un casco y fliparemos con lo que queramos ver, porque veremos lo que queramos. Nuestros anhelos serán satisfechos. Las máquinas harán nuestro trabajo y las manejaremos desde casa. O serán automáticas, ¿por qué no? Así no tendremos que desenchufarnos del casco mágico, y alguna compañía inventará un fantástico sistema de alimentación y cuidados intensivos que nos permitirán olvidarnos del mundo.

Quién sabe, tal vez terminemos metidos en un cubículo, enchufados a nuestro subconsciente, hasta las trancas de sustancias químicas placenteras, alimentos pseudosólidos suministrados cada 6 horas y un buen montón de otras mierdas. Cada X tiempo la máquina extraerá un espermatozoide o un óvulo, según el sexo del desgraciado post-humano,  y unos brazos mecánicos construirán otro cubículo, injertarán ese embrión dopado, y el ciclo vuelve a empezar. ¿Matrix? No, aquí la realidad no tiene mucho más de 2 metros cuadrados y un nudo de cables, tubos, sondas y agujas. Al morir, por ejemplo, el cubículo podría abnegarse en alguna sustancia extremadamente ácida, lo limpiase todo, y tras un reacondicionamiento, volvería a quedar operativo. Al final, seremos sacos gelatinosos realmente felices, ¿No?

Espero estar totalmente equivocado.

miércoles, 6 de junio de 2012

Ecos en la Jungla


El cálido Sol, una brisa fresca, una mañana clara o una noche estrellada. No existen. En la Selva Tenebrosa la frondosidad de los árboles no permitía discernir más que algunos destellos de luz si mirabas muy arriba justo a mediodía o la total negrura durante la noche. En esta selva se llama horizonte al árbol más lejano que ves y se tiene por espacio abierto el hueco que queda si levantas una de las pocas piedras que verás en el tupido suelo de hojas marrones.

Los árboles, que parecían milenarias columnas con arrugas de veteranía, se extendían hasta el cielo, donde chocaban con el techo que suponían sus propias copas, como si sustentaran un inmenso artesonado de hojas verdes. Estos titanes del vegetal emergían de la tierra provocando bultos en el suelo, rebosantes de raíces las cuales tenían por oficio acunar entre sus huecos toda suerte de setas, hongos y champiñones.

El canto de los pájaros podía resultar ensordecedor a tempranas horas del día o cuando se reúnen en sus ramas preferidas antes de dormir. Toda clase de animales podían verse reposar en los árboles durante sus inquietos sueños y si se miraba con buen ojo, desde divinidades de plumaje dorado y rojo a caricaturescos monos de cola larga y velluda, pasando por tenebrosos murciélagos del tamaño de un lobo si uno se aventuraba a los más oscuros rincones del lugar.

Solo una criatura, en esta tarde bochornosa, se atrevía a perturbar la escandalosa tranquilidad de la jungla. Era una muchacha.

Tez y piel morenos, de un tono suave, como si fuera azúcar tostado. Su melena, alborotada, le caía hasta casi la cintura, desparramada en torno a su cuerpo como si fuera una cascada zaína, negra. Como vestiduras, unos pellejos de capibara cosidos con esparto, dejándole libres brazos desde el hombro y piernas a partir del muslo. Descalza, sus dedos finos se clavaban en la hojarasca al caminar de puntillas y despacio. Como único equipo una lanza de bambú, fina y larga, más que ella, lo cual se situaba en aproximadamente la estatura de un hombre adulto para el objeto. En la punta, un hasta de ciervo afilada y unida con más esparto y algo de resina quemada. Un arma ligera para alguien más ligero.
Esta muchacha, de ojos negros profundos, era una Ma’gal, la tribu habitante del extremo oriental de la Selva Tenebrosa. Era una tribu guerrera y cazadora, experta en los combates entre los árboles, sobre ellos o en emboscadas. Habitaban cabañas de bambú, que situaban sobre un río bien adentro de la jungla.

Esta tribu, los Ma’gal, se dividían en tres castas: La guerrera, la chamánica, y la recolectora. La casta chamánica, líder de la tribu, era separada del resto por el patriarca chamán nada más nacer: Solo eran chamanes los albinos, lo cual conseguía que apenas apareciese uno cada veinte o treinta años. Se les instruía en las enseñanzas de la jungla y los poderes místicos de la selva desde retoños, y a la edad de dieciséis periodos estacionales, eran soltados en la jungla, donde debían rastrear algún Lagarto Rojo, una fiera criatura del tamaño de un perro, con una piel escamosa de color escarlata rugiente y temidos por su capacidad para escupir fuego por sus orificios nasales. Cuando derrotase a esta criatura sin par, debería de sustraerle su apreciada piel. Esta es la característica seña de los chamanes Ma’gal, o Mu’lashe como se les conoce; sus atavíos rojos fuego conjugado con su cabello los distingue del resto, además de protegerlos del mismo elemento.

Pero también a esa edad, aunque siempre durante la estación veraniega, los demás niños con dieciséis periodos estacionales a sus jóvenes espaldas, eran dispuestos a orden de la naturaleza para decidir su suerte como recolector o guerrero. Su tarea consistía en conseguir una pieza de caza impresionante, y las mejores de estas serían escogidas por los chamanes de la tribu para hacer a sus dueños guerreros, fueran hombres o mujeres; si no traían pieza alguna o algo de menos valor, como alguna planta medicinal, una roca preciada o demás cosas de utilidad, pasaban inmediatamente a ser recolectores. El premio de ser guerrero consistía en rapar la cabeza del sujeto, dejando una cresta en medio y una coleta por detrás, pues la melena, ya sea en un hombre o mujer, es signo de bajo nivel social; a esta casta se la llamaba, según su idioma, Mu’Lakak y solo estos portaban la armadura de cuero de cocodrilo y tenían el derecho de empuñar y fabricar armas. Los recolectores, por su parte, pasaban a dedicarse a las demás labores necesarias en un campamento sin distinción de si eran hombres o mujeres; se les reconocía por tres o más trenzas en las mujeres y una sola en los hombres, y se les llamaba Mu’Lamar.

Las criaturas víctimas de esta tradición solían ser tres, normalmente. La primera, más fácil de encontrar, es la serpiente martillo o titán. Su piel es buena y con ella se confecciona la ropa de los guerreros, además de tener una carne sabrosa. Al carecer de veneno, esta serpiente de enormes proporciones (un largo tal como cinco hombres son en alto uno sobre otro) se defiende empleando su gran cabeza para asestar mortíferos golpes, pues se lanza a toda velocidad y con el espolón en que acaba su faz puede partir en dos a un caballo adulto. Son muy territoriales, y solo se encuentran en zonas pantanosas, donde acechan a venados. Para matarla, lo mejor es asestarle un lanzazo en su vientre cuando se alce antes de atacar o conseguir calvarle el arma en un ojo cuando están dormidas y abotargadas por una copiosa comida.

La segunda criatura es el jabalí dientes de sable. De vez en cuando, un jabalí nace especialmente grande, y si consigue una buena alimentación, en su primer celo puede desarrollar colmillos comparables a alfanjes del tamaño de un antebrazo. Estos se encuentran muy separados unos de otros, solitarios, buscando trufas al pie de los grandes árboles o retozando en el lodo a la horilla de los ríos. Son peligrosos en extremo si vas a pie, por ello la forma usada por los Ma’gal para enfrentarse a ellos es subirse a un árbol no muy alto, que han de localizar antes de ver a la criatura. La artimaña consiste en provocar al animal, muy temperamental, para que ataque. Cuando intente morder, usando como cebo un pie o una mano, se le debe asestar un golpe certero en el paladar o la garganta. Son acogidos con grandes honores aquellos que traen estos trofeos pues sus férreos colmillos de marfil son muy apreciados para confeccionar los famosos garrotes magalitas.

Pero el oro de la competición, el gran orgullo y pie hacia el colectivo guerrero por excelencia, son los babuks. Los babuks son una especie de mono que roza lo simiesco. Tienen grandes y largos brazos sobre los que se apoyan al caminar a cuatro patas. Su pelo, rudo y tieso, es de color gris, muy enervado en la espalda donde se vuelve azul negruzco. Poseen garras fenomenales en sus zarpas. Su cabeza, con un largo morro donde no les crece el pelo y es de color turquesa, termina en unos pronunciados orificios nasales y una boca que muestra permanentemente unos grandes y afilados colmillos. El peso de estos animales, de proporciones que casi doblan a un hombre adulto, les impide subirse a los árboles cuando son adultos, por ellos suelen vivir en las montañas que limitan la pared occidental de la Selva Tenebrosa, donde compiten con aún peores criaturas desconocidas por las gentes de bien. Son temibles en combate, pues atacan a zarpazos y mordiscos capaces de destripar a cualquiera protegido con menos de una coraza de cuero. Su furia es apabullante, y sus gritos infernales, gañidos sobrenaturales, hacen que el más ferviente corazón se vuelva de hielo frío. Para derrotarlos se les debe hacer frente en combate cuerpo a cuerpo a no ser que te acompañe un cazador semigigante o seas hechicero. Las trampas son inútiles porque nunca se sabe cuando te encontrarás con uno, y llenar el lugar de artefactos o dispositivos dañinos solo servirá para que mientras huyas, un lazo te ate a tu final en manos de su furia primitiva, pues cuando un babuks ve algo vivo en su ruta o territorio, si no lo mata, es porque él mismo está muerto.

Caminando lentamente y enervada, la cazadora avanza entre los matojos y helechos, observando con sus ojos negros cada hoja, oliendo cada brizna de brisa y atendiendo a cada susurro. Unos pájaros cantores chismorreaban en la copa de los árboles mientras algunos monos de cola larga se desparasitaban los unos a los otros, en tranquilidad. De estos dedujo la joven que no había ningún carnívoro en las inmediaciones. Viendo que sus ojos nada veían, su nariz nada olía y sus oídos nada oían, se detuvo un momento a sentir. Sí, a sentir. Los Ma’gal llevan milenios habitando la naturaleza, viviendo en consonancia con ella y defendiéndola de invasores malévolos. De esta manera, los Espíritus del Bosque, según la leyenda, les concedieron un sexto sentido para su alma, mediante el cual pudieran guiarse y rastrear en la jungla.

La muchacha se concentró, en armonía con su entorno, y dejó fluir su aliento con parsimonia. Pronto, en la oscuridad de su mirada, se reflejaron senderos invisibles, y tras un leve rastreo, encontró lo que buscaba. Un jabalí dientes de sable. No supo porqué, pero le costó centrarse en la criatura, parecía que algo atraía su atención también, pero es difícil no prestarle atención a un animal tan ruidoso, maloliente y grande como un jabalí adulto, incluso en el plano del alma.

La muchacha cambió de rumbo hasta un pequeño desnivel que terminaba en un arroyo. Agazapada entre los arbustos, fue deslizándose sibilinamente hasta la orilla, y allí observó a su presa. Un gran jabalí dientes de sable, con un lomo enorme y unos colmillos largos y astillados, cicatrices perennes de su edad. Hundía una y otra vez su morro en el suelo de guijarros del río buscando crustáceos. Sus enormes colmillos apartaban rocas con total tranquilidad, todo ello mientras emitía un sonido gorrino y chascaba de vez en cuando algún molusco.

La chica pronto divisó un árbol que le serviría de utilidad, con una bifurcación a la altura de sus hombros que le serviría para la estratagema que le enseñaron antes de partir. Una vez lo dispuso todo y calculó su ruta de huida al árbol, esquivando alguna raíz especialmente nudosa o alguna roca húmeda y resbaladiza del río, se arrastró hasta el arbusto más cercano a la corriente, y se preparó para lanzarle una piedra al animal. Cuando iba a estirar el brazo para tirársela, escuchó un crujir de ramas en la orilla de enfrente. Maldiciendo, observó cómo reaccionaba el jabalí.

De un rápido movimiento, el animal levantó su pesada cabeza y se encaró al otro linde del río, el opuesto a la chica. Bufó un poco y separó las piernas, naturalmente preparado para el combate. Justo cuando iba a volver a aplicarse a los moluscos, algo grande y peludo saltó desde la otra orilla para aterrizarle encima. Una silueta simiesca, de largos brazos, con una gran cresta peluda azul en su espalda, se abalanzó sobre el jabalí. Con una gran zarpa provista de pulgar se aferró a un colmillo, y con la otra le rodeó el cuello. Un salto pudo dar el cerdo gigante antes de que dos afilados incisivos se le clavaran en la garganta y no se oyera más que un lastimero chillido coreado por un gorgoteo de sangre. La faz de piel azul del atacante se manchó de rojo y su morro se hundió en la herida para comenzar a devorar a su presa. Este animal era un babuk, uno enorme, con canas en su pelo gris y un azul oscuro en los mechones de su espalda. Uno de sus frontales ojos de cazador estaba vacío y le faltaban dos dedos de la zarpa derecha.

Cuando hubo saciado parte de su apetito con la garganta y parte de una pierna, emitió un sonido ronco hacia la orilla, e increíblemente, un grupo de congéneres emergieron de la espesura. Se contaron al menos cuatro machos más, ninguna hembra ni cría: era una partida de caza. Uno de ellos traía un capibara en la boca y otro arrastraba un gran racimo de plátanos.

Se revolcaron en el agua del río, sucia de sangre, mientras mostraban sus dientes y agitaban la cabeza, felices. La chica, anonadada, cometió el error de pisar un arbusto espinoso en su retirada. Casi se le escapa el alma cuando vio cómo el más veterano de los cazadores miraba en su dirección. A una orden bramada en forma de chillido grave y ahogado, todos saltaron al bosque, rodeando a la chica en un instante. Esta, con la espalda apoyada a en un árbol, observó de qué forma se presentaron en semicírculo a su alrededor, con el gran simio en medio. Todos bufaban, menos él. Este la miró, y se percató de la lanza en su mano. Con un chillido, se la arrebató de entre sus dedos y la partió golpeándola contra un árbol. Golpeó el suelo varias veces con el resto del mango que le quedaba y luego lo lanzó por la espalda. Todos los babuks cabriolaron a su alrededor y le practicaron rudimentarias reverencias. En medio de esta algarabía monstruosa, le arrancó a la niña su pelliza de un zarpazo, dejándola desnuda, sin ningún otro abalorio. Destrozó la pelliza de un bocado y arrojó los restos a sus tropas, que tironearon de ellos para luego restregarlas por el suelo y diseminarlas por ahí. Finalmente, el Gran Babuk se puso sobre dos piernas, y alzando los brazos al cielo, chilló ante la cría, salpicándola con sus babas y restos de la sangre del jabalí. Cuando cesó, dio media vuelta y todos los babuk salieron corriendo, arrastrando al jabalí y recogiendo al capibara y los plátanos. La chica, confusa, pero no asustada, corrió a recuperar la valiosa punta de su lanza y a buscar algún junco de tallo fino para remendar lo que quedaba de su ropa. Ya sabía dónde podía encontrar los mayores trofeos para su aldea.

viernes, 25 de mayo de 2012

La Batalla por los Medianos Libres

 El cálido Sol bañaba las verdes lomas cuajadas de florecillas amarillas. Corría una fresca brisa veraniega que hacía a los pendones y ligeros estandartes ondular perezosos. Pero no todo era tranquilidad en las onduladas tierras de los Medianos. Un grupo de estas alegres y rechonchas criaturas que no levantaban cuatro pies del suelo estaban reunidas en algo parecido a una formación militar.

Un frente de mozos y adultos orondos, con sus barrigas y torsos cubiertos con sencillas armaduras de cuero, gorros de pieles adornados con coloridas plumas de gallos y faisanes tapándoles sus cabezotas peludas y unas patillas rizadas y abundantes recorriéndoles sus mofletudas caras. Grandes cuchillos de carnicero, rodelas de hierro pintadas en verde y astas de madera rematadas en una pesada hoja, también de un estilo rústico. Algunos sujetaban entre dos o tres grandes cerdos rosados, con colmillos como navajas asomando por el hocico y rizadas colas. En el centro de la primera línea, tres figuras hablaban.

-Vaya, este pollo a la pimienta está realmente bueno-decía un tipo especialmente gordo. Iba ataviado con un jubón púrpura sobre un peto de cuero tachonado, y un tocado llamativo le adornaba la cabeza. Un fino estoque descansaba en su cintura, adornado con algunas gemas verdes, como sus dedos-Deberías probarlo, Don Malasiesta-concluyó antes de seguir mordisqueando el muslo que sujetaba entre sus dedos.

-No, gracias, Mayor Chascabayas-espetó, seco, el segundo. Un tipo algo más enjuto y musculado, aunque también provisto de barriga protuberante. Su traje era más marcial, con calzas sucias y botas remendadas, y un jubón de cuero acuchillado y mangas gastadas, Portaba un casco con un llamativo adorno en forma de cresta de gallo. Sus armas, un martillo de guerra especialmente grande, de talla humana, con un pico en el anverso al estilo de los caballeros-Vaya, tardan tus muchachos, eh, Buscacelgas?

-¿¡Eh!?-dijo otro congénere, vestido todo de verdes y marrones, con un tocado de pieles adornado con las grandes orejas de una liebre-¿¡Que vienen unas jamelgas!?

-Maldigo el día en que ese poni te coceó en una oreja ¡¡Que tus muchachos tardan!!-espetó Malasiesta.

-¡Ah, sí! ¡Tardan, tardan!-chilló Buscacelgas, mientras tironeaba de la cuerda de su arco, distraído.

Pronto, un grupo de Medianos vestidos como Buscacelgas llegaron corriendo, casualmente, desde un bosquecillo cercano. Iban de frente al pequeño contingente. Aquí cabe recordar, que todos los Medianos van descalzos, con sus peludos pies pataleando y luchando por dar velocidad a sus orondos cuerpos.

-¡Señor! ¡Ya están aquí!-las últimas sílabas del Mediano fueron ahogadas por un sonido de cuerno procedente del bosque. Pronto, Buscacelgas se los llevó consigo y se escondieron tras una loma. Chascabayas recogió una inadvertida lanza del suelo y se sumergió en la muchedumbre. Malasiesta permaneció expectante, como todos a su alrededor.

Del primer bosque emergió otro, pero de lanzas y ajados trapos a modo de banderas. Infinidad de trasgos, con sus andares simiescos, se movían como una gran criatura con mil patas y púas. Las lanzas, sencillas cañas de bambú rematadas en una punta de hierro, constituían el único armamento de los trasgos,  salvo una especie de turbante de tela y tiras de cuero y unos uniformes de rojo granate incrustado de roña. Encadenados por sus encorvados amos, grandes simios, de morro largo y faz temible caminaban, varias cabezas sobre el resto, tironeando y chillando, algunos incluso arañándose el rostro de azul brillante. En el centro, en un gran carro de ébano y bambúes trenzados, una gran figura, cubierta de pelo cobrizo y adornado con trenzas y collares y con un gran turbante cuajado con piedras y metales preciosos, gritaba órdenes. Su cara, extremadamente redonda provista de unos mofletes exagerados y angulosos, recordaba a un primate obeso, pero en sus ojos residían inteligencia y crueldad a partes iguales.

Se detuvieron a unos trescientos metros de los Medianos. Sonaron trompetas de bronce y un gran cuerno, y se intuyó un restallar de látigos. Nueve grandes simios, los babuks antes mencionados, emergieron como fieras de la multitud de trasgos, hiriendo y aplastando a los que se encontraron antes de llegar a campo abierto. Sus colas se agitaban con furia primitiva y enseñaban sus colmillos durante la carrera, mientras chillaban como brujas enloquecidas.

-¡Fuera cerdos!-bramó Malasiesta, con la cabeza torcida hacia la muchedumbre y señalando con un dedo hacia las criaturas.

“¡Vamos Betsy!” y otras palabras de cuidadores sonaron entre la nerviosa masa de Medianos, amén de palmear sobre porcinos traseros. De repente, una veintena de gordos cerdos como ponis corrían, berreando como mil demonios, para estamparse contra los nueve grandes simios, menos del doble de grande que los marranos. 

Algunos de los babuks saltaron, entrenados, sobre el cuello de sus víctimas, derribando a los marranos (la mayoría tatuados con docenas de marcas, símbolo de las veces que han pasado de manos en el mercado, pues la mayoría eran sementales). Mientras estos chillaban al tiempo de que la sangre les brotaba de las yugulares, otros cargaron contra los babuks. Era un auténtico espectáculo digno de los Pozos de Truequeciudad. Los cerdos trituraban los huesos que mordían y arrancaban tiras enteras de tendones y músculo, y los babuks, convertidos en muestras terrenales de la furia, asestaban mordiscos, se revolcaban y arañaban sin parar, como si tuviesen el doble de extremidades.

 Tras una media hora de combate, y ante la llamada de sus cuidadores, los cerdos volvieron corriendo. Apenas sobrevivieron seis, de los casi veinticuatro que fueron. Siete de los babuks habían caído, y dos perseguían a los cerdos heridos en retirada.  Algunos Medianos, de lo alto de una loma, parecían haber olvidado la contienda, pues estaban ociosos comiendo embutidos y algo de buen queso especiado, pero pronto reaccionaron y abatieron a las dos criaturas con un torrente de flechas.

Una vez más, las trompetas anunciaron movimiento en el bando contrario. El contingente de trasgos comenzó el avance, con las lanzas puestas al frente. En el centro, se distinguía el gran estandarte del Caudillo Orango con el blasón de su lejano reino: Un arca dorada emitiendo rayos del mismo color sobre un fondo verde.

Malasiesta comenzó a dar órdenes mientras aferraba el martillo con ambas manos. Pronto se rodeó de Medianos armados con astas provistas de pesados machetes en la punta, y a estos los flanqueaba el resto: guerreros con escudos, rodelas y armas de manos. Una vez así, permanecieron quietos.

Ya casi tenían encima a los trasgos. Se oían sus voces chirriantes y se percibía su hediondo aroma. Cuando apenas quedaban cincuenta metros, del bando de los Medianos se escuchó un “¡Freídlos!”, y el centro del contingente constituido por Malasiesta y sus alabarderos se abrió en canal, dejando pasar unos extraños artefactos. Eran unas ollas hirviendo y chisporroteando, con un extraño olor alquímico, montadas sobre armatostes de madera con ruedas. Debajo, un caótico nudo de tubos, válvulas y llaves desembocaba en una boca de latón dispuesta como un embudo al revés que apunta con su parte más fina hacia el frente, dispuesto así para aumentar la presión del chorro. Eran dos los artefactos.

Rápidamente, unos medianos ataviados con mandiles de cuero y rústicas herramientas empezaron a bombear unos fuelles que se disponían en aparentemente aleatorios lugares de la maquinaria, y conforme lo hacían, se notaba el zumbido de la presión y el silbar de los escapes. De repente, las bocas vomitaron chorros de líquido flamígero, que salió disparado hacia los trasgos más cercanos. Tras un segundo escape de fuego, que dejó al chorro sin fuerza y estuvo a punto de provocar un grave accidente, los Medianos cargaron contra la confundida masa.

Malasiesta atravesó como un rayo el centro de la formación enemiga, desestructurada, y junto a sus alabarderos sembró el caos entre los trasgos aún en llamas. Sus compañeros abrían tajos en la carne de los sucios siervos del Imperio Orango, a pesar de que alguno caía presa de más de media docena de punzadas. Los trasgos se distraían ensañándose con sus víctimas, y esto a menudo les costaba la vida. Malasiesta hendió el cráneo de un trasgo con su martillo, y de retorno clavó el pico de este en el costillar de otro. Apoyó el pié en la criatura para extraer a tiempo (con un sonido de succión y chapoteo) el martillo para bloquear un mal lanzazo dirigido a su cara, aunque el contraataque vino de un alabardero próximo que, viendo oportuno que el trasgo miraba en otra dirección, le clavó el arma en la cara.

Los Medianos con rodelas consiguieron el objetivo perseguido por Malasiesta: separar al ejército trasgo. Debido al fuego, todos los enemigos huyeron del centro, y la pronta arremetida de Malasiesta consiguió detener al núcleo, mientras los dos flancos huían en sus respectivas direcciones. Como un cuchillo que filetea un solomillo, los rodeleros se encargaron de estos flancos.

Aún con la contienda fresca, de una de las colinas del flanco derecho emergieron Buscacelgas y sus Guardahuertas. Cortos en estatura (como el resto, aunque los trasgos dada su predisposición a andar jorobados les quedaban cara a cara en tamaño) y bastante perezosos, empezaron a descargar sus proyectiles, pero al ver que hacían efecto (como si fuera eso una sorpresa) siguieron, con el ánimo por las nubes.

La batalla era cruda, pero no estaba perdida. Malasiesta estaba ya a menos de veinte metros del nervioso Caudillo Orango. Para su sorpresa, los trasgos de su alrededor eran de mayor tamaño y fuerza, y armados con cimitarras. Sus alabarderos hacían bien el trabajo, pero a duras penas. El avance comenzó a frenarse. Con el sudor chorreando por su cara y las frondosas patillas negras despeluchadas por la agitación, Malasiesta paraba golpes de dos trasgos que lo atacaban con furibunda rabia, con la suerte de que un golpe fallido de un compañero suyo se desviara hasta el tobillo del trasgo de su derecha. Este, al flaquear, dejó desprotegida la cara, donde se estrelló el martillo del héroe Mediano, y de retorno, hizo una maniobra de giro para desarmar al trasgo restante y después romperle una rodilla. Saltó por encima de este, ya en el suelo, dándolo por inofensivo, y embistió contra otros tantos. La batalla se estaba haciendo tediosa y asfixiante, se le estaban cansando los brazos de hacer girar el martillo continuamente. De vez en cuando se producía un fogonazo aislado, para separar a los trasgos de los arqueros en el flanco derecho, por medio de uno de los Lanzazufre que fue trasladado hasta allí.
Malasiesta tenía ya una herida en el costado derecho, y empezaba a flaquear. Justo cuando retrocedió un paso para evitar un golpe brutal de una cimitarra (estaba empezando a cansarse y prefería esquivar antes que bloquear), un chorro de Medianos entró en acción: La guardia del Ayuntamiento. Un montón de Medianos ataviados de verde chillón y armados con espadas cortas y escudos con el blasón de esas tierras: Un pavo negro sobre un fondo verde. En el centro, el Mayor Chascabayas sujetaba melindrosamente su lanza, asqueado y temeroso del enemigo, escondido tras tres o cuatro de sus guardas.

Este era su momento, y tenía que aprovecharlo. Malasiesta se giró hacia el trono del gran primate, pero lo encontró vacío. La consternación se hizo presa de él, pero un tremebundo golpe que lo hizo salir volando lo sacó del ensimismamiento. El Orango se había echado abajo, se había quitado el sombrero y en sus manos lucía dos guanteletes de bronce, convirtiendo sus puños en dos grandes mazos de metal.

Malasiesta se puso aprisa en pie, y se dio cuenta de que, al perder su martillo en el aire, había aferrado instintivamente una de las rústicas alabardas. El Orango era paticorto y barrigudo, pero sus enormes y largos brazos lucían amenazantes, como dos grandes columnas, estiradas hacia el cielo, para dejarlas caer con fuerza demoledora. Malasiesta rodó para esquivar el golpe, que hundió un palmo de tierra. Con toda la prisa del mundo, le asestó un tajo en una pierna al orango, dirigido hacia la rodilla, pero que dio como blanco en el muslo. El primate súper desarrollado  rugió de rabia y se dio la vuelta, pero la pierna se venció y quedó cojeando. Aún así, con un avanzar renqueante, se abalanzó sobre el Mediano. Este rodó por el suelo para evitar uno de los grandes golpes, y aún en el suelo le clavó la alabarda en un costado. El caudillo enemigo volvió a proferir un grito infernal, y se arrancó la alabarda, solo clavada por la punta. En ese momento, quedó mirando la sangre que emanaba y pringaba su pelaje de color anaranjado, y se alarmó al ver su pierna en mala postura y chorreando sangre. Esa raza, la de los orangos, es muy altiva, y su furia se apaga rápido cuando descubren a alguien que es capaz de dañarles, salvo que sean grandes guerreros, y no era el caso el de este mero esclavista. Cuando volvió a mirar al Mediano, solo tuvo tiempo de ver la cabeza de un martillo acerado dirigirse hacia una de sus gigantescas mejillas de color azabache. El golpe lo tumbó boca arriba, semiinconsciente. Sus brazos se movieron espasmódicamente cuando observó trepar sobre su corpachón a esa pequeña criatura, cuatro veces más chica que él, erguirse sobre su pecho, con la cara contorsionada por una mueca de furia y cubierta de la sangre de sus guerreros trasgos. Lo último que sus oídos escucharon fue:

-¡Y aún no he almorzado!

Luego, el martillo descendió, clavándole el pico en la frente.


Así, el pequeño contingente de Medianos habitantes del extremo oriental de La Marca Esmeralda derrotó otra partida esclavista del Imperio Orango.

jueves, 23 de febrero de 2012

¿Puede un hombre moral mantener la misma en un ámbito inmoral?

Las presentes líneas pretenden esbozar una respuesta razonable a una pregunta que en su día me formuló un camarada, estando al menos yo ebrio de filosofar y cerveza. La pregunta es, pues: ¿Puede un hombre moral, mantener la susodicha en un ámbito inmoral? Procedo a redactar mis pensamientos al respecto.
Supondré durante todo el escrito que esta “moral” a la que nos referimos es una moral basada en el honor, el deber y el bien en general. De esta manera, esa persona (le llamaré Sujeto) está definida por esa moral, pues todos tenemos una (si carecemos de moral alguna ya sea buena o mala es que somos un ser inerte, y si tenemos más de una seríamos unos desequilibrados).
Ahora bien, el Sujeto emplea su moral día a día para tomar decisiones y responder antes estímulos, es su gran directriz. Del mismo modo, esa moral debe encajar en el ambiente, o no dará frutos. Comparemos su moral a una cuchara, por ejemplo: Es idónea para tomar sopa, pero imposibilita el cortar un filete. Así, de esta forma, la moral debe estar en consonancia con lo que la rodea. ¿Y qué ocurre cuando el ambiente es inmoral respecto a esa moral?
Eso dependerá de la fortaleza del individuo. Supongamos a un sacerdote. Unos vándalos anarquistas vienen a agredirle argumentando que cualquier religión es funesta y deben erradicarla; el sacerdote puede estar preparado físicamente y vencer a los vándalos, o ser débil y no poder resistir a los matachines. Del mismo modo, el sacerdote podría mantener un debate con un representante de otra religión, el cual podría convencerle o no sobre la veracidad de lo que defiende. De esta manera, un hombre debe de estar preparado física y mentalmente para defender su moral. De hecho, en muchas ocasiones debemos escoger entre ser fieles a nuestra forma de actuar (íntimamente relacionado con nuestra moral) o amoldarnos al entorno y así ahorrarnos penalidades o conseguir otros fines.
Asimismo, podemos escoger enfrentarnos al entorno, donde podemos subyugarlo a nuestra moral si somos más fuertes, aprender a convivir con respeto mutuo, o sufrir el mayor acto para preservarla y hacerla inmortal, muriendo por ella, y convirtiéndonos en mártires de la causa que es nuestra moral.

viernes, 3 de febrero de 2012

Hunz Van Berg

Diminutos copos de nieve caían sobre el adoquinado de la Calle Mayor de Kromville. El viejo reloj de bronce que moraba en lo más alto de la más alta torre, tañó sus campanas y avisó de la séptima hora del día. Al repicar de las campanas, unos palomos levantaron vuelo para regresar a sus mullidos nidos. En algunas casas relucía el dorado de las velas para alumbrar la creciente penumbra. El sereno pasaba con su pica encendida, prendiendo la mecha de los candiles de gas de las farolas. El orondo charcutero atrancó la puerta de su negocio y el sastre tendió un toldo sobre el escaparate.

En las puertas de las casas lucían lindas cintas rojas y roscos de muérdago pendían de los portones. Las madres arropaban a sus hijos en acogedores lechos de lino y lana, tras darles un afable beso en la frente. Los cansados trabajadores ya colgaron sus delantales. Era la víspera de Navidad.

Calle abajo, una figura delgada como la espiga del centeno, y curvada como una caña al viento caminaba apoyado en su bastón de roble barnizado, que casi parecía una tercera pierna. Una chistera de fieltro negro le tapaba su antigua calva y un mostacho canoso le hacía de soporte para su nariz aguileña, balcón de una tez fría y anciana. Un traje que no se sabría decir si negro o azul acompañado de unos zapatos de un cuero atemporal le darían un aspecto de enterrador retirado, de no ser por esa bufanda de lana granate y oro.

El señor Hunz Van Berg, propietario de una manufacturía de herrajes, se dirigía, como siempre, a su lugar preferido. La vieja taberna de El León de Oro. Era un establecimiento para ciudadanos de medio pelo. Pero para un hombre de su edad, solo como la Estrella Polar en el atardecer del día, poco más se podía pedir que un ponche caliente y un asiento cómodo.

Este ser, ente que definía la pulcritud de la mediocridad, era tan avaro que de poder ser racionaría la suela de sus zapatos andando de puntillas. Mientras fumaba de una pipa, exhalando un humillo grisáceo, entró en la taberna.

-¡Felices fiestas, señor Van Berg!-dijo el corpulento tabernero, Otto-.

-Ponme una de esas jarras de cerveza aguada que tienes-gruñó entre dientes el viejo Hunz-no te daré una propina, si es lo que pretendes-y sobre su mesa dejó la chistera y el bastón. Colgó la chaqueta a un lado de la silla.

Con sus nudosas manos aferró el asa de la jarra cobriza de cerveza de cebada. Inmiscuyó su aguileña nariz y olfateó el líquido ámbar. Refunfuñó por no poderle encontrar ninguna falta y la alzó, para beber. Nunca brindaba. Nada le parecía merecer la pena.

Reposado en esa silla de madera de abeto, cavilaba mientras engullía la cerveza. Se frotó sus hundidos ojos e intentó rememorar tiempos pasados.


Una cálida luz solar tostaba la piel del chiquillo, que correteaba feliz en un campo de centeno. Una mujer alta, de mirada cálida, lo llamó desde el portal de una casa solariega. Olía a estofado de ternera.


El muchacho, de una agradable cabellera morena, besó a su madre en la mejilla, y los dos se dispusieron a almorzar. El padre, un hombre alto y vigoroso, salió de su habitación, apoyado en un bastón negro y escuálido. Una tos seca reverberaba en su garganta.

Hunz pidió otra jarra, malhumorado. Siguió bebiendo.

La casa nueva no le gustaba. Y su tío le parecía extraño, tenía todo el día un olor igual que el líquido amarillento que su padre bebía de vez en cuando, cosa que parecía trabarle la lengua y arrebolarle las mejillas. Los tejados grises se perdían, empuntados, en el techo humeante que escupían las chimeneas. Pero Madre dijo que era lo que había que hacer, porque Padre ya no estaba.

Al joven no le gustaba, pero tenía que trabajar en un sucio y negro almacén de carbón mineral. Pero a Madre le hacía falta dinero, porque Tío le pedía un alquiler por compartir la casa. No le gustaban los niños. Y esto no le gustaba a Hunz.

El viejo Van Berg soltó a regañadientes unas monedas de cobre manoseadas en la barra, pagando así su cuenta. No le gustaba desperdiciar las monedas de mayor valor en transacciones tan banales. Como él decía, “El dinero es dinero”.

Se abrochó su vieja casaca negra y se enredó la bufanda dorada y granate al pescuezo. Se encasquetó la chistera de fieltro milenario y tomó ese viejo y horrible bastón escuálido que tanta simetría le refería.

Hizo restañar las bisagras del viejo establecimiento al abrir la puerta con una simple vidriera púrpura. La nieve arreciaba, y con una mano en el bolsillo correspondiente, echó a andar calle arriba.

El joven Van Berg avanzó escalafones en cuestión de años, y a su temprana edad de diecinueve años ya era capataz de un escuadrón del almacén. El año pasado enterró a la difunta Madre, víctima de la tuberculosis, como Padre. No invirtió en flores, ni cintas de bonito color rojo. Un entierro simple y escueto. El dinero lo empleó en comprarle la casa al banco, y así ser el quién le cobraría a partir de entonces el alquiler a su tío borracho.

El viejo Van Berg rechinaba sus dientes. Se le había caído al suelo el medio puro que se estaba fumando al golpear con el raquítico bastón a un andrajoso que se le acercó a pedir con su hijo en brazos. Iba aprisa hacia su casa, tenía frío y ansiaba tomarse una copa de coñac frente a su pequeña chimenea.

Hunz Van Berg, a los veinticinco años de edad, tuvo suficiente dinero como para vender su casa y comprarse una más grande en el barrio medio, cerca de los comercios más sibaritas, en el núcleo urbano. Incluso empezó a usar sombrero, una lustrosa chistera de fieltro negro azabache. Los días de frío, usaba una bufanda dorada y roja, herencia de su madre, y para espolear a su caballo, empleaba ese viejo bastón raquítico del padre. Además, por aquel entonces se asoció con un artesano y su hijo, herreros, que fabricaban herrajes para los caballos.

Su llave de hierro giró ciento ochenta grados al accionar la cerradura, y acto seguido entró, dejó la chistera y el bastón en una silla, y colgó su casaca en el perchero. Se quedó en mangas de camisa. Prendió la chimenea y encendió las luces a gas. Se reclino en su apolillado sillón y vertió unas gotas de coñac en esa copa cascarillada.

Van Berg ya era todo un comerciante. Cuando murió su asociado, el heredó el negocio, y contratando al hijo de su antiguo compañero a un salario lo suficientemente bajo como para contratar a otros dos, incrementó la producción. Los metales los compraba en un desguace. De esta manera, poco a poco, todos los caballos de Kromville se sujetaban a sus carruajes con cerrojos de doble cierre Van Berg.

El anciano, cuando casi se había quedado dormido, maldijo. La chimenea se había quedado sin leña, y el gas había dejado de emanar de los candiles. Hacía frío en la sala. Gruñendo sobre sus impuestos y la mala mantención de las infraestructuras, salió raudo como un rayo cojo, travesando el pasillo de suelo de madera crujidora y paredes mal empapeladas, hasta tomar el pomo de su puerta mientras agarraba el bastón.

La gran manufacturía de Van Berg pasaba una mala racha. Al parecer, surgieron nuevas tecnologías, y una especie de máquinas similares a las locomotoras pero que tomaban su energía del engrudo petrolífero empezaron a hacerse más habituales. Finalmente, el viejo negocio del adulto casi anciano Van Berg empezó a flaquear. El gruñón Hunz tiranizaba cada gota de sangre de sus trabajadores, para luego retirarse a la taberna del León de Oro, donde se llenaba el buche de cerveza, y luego se encerraba en su morada sucia, antaño espléndida, ahora casi deshabitada. Nadie quería servirle en su propia casa.

El viejo Van Berg abrió su puerta de una patada, dirigiéndose a la toma de gas más cercana. Cuando iba bajando los helados escalones, su bastón se partió en dos enormes astillas. El viejo se catapultó al frente con un chillido equiparable al de un perro apaleado, y aterrizó en la fría nieve.

Tumbado boca abajo, el anciano Van Berg se llevó la mano al costado. La mitad inferior del negro bastón se le incrustó entre las costillas y el pulmón. Tendido, rendido, acabado, el anciano relajó su entrecejo como nunca lo hizo en más de sesenta años, y su mueca de enfado se tronó relajada. Fijó la mirada en un callejón de enfrente, donde una familia de tres o cuatro miembros, tapujada en mil harapos, se entronaba alrededor de un fuego improvisado.

Antes de que se le cerraran los ojos, contempló como partían trozos de carne dura adherida al hueso de un jamón, y se la repartían de buen agrado. Los niños reían, y la madre y el padre los arropaban bajos sus brazos.

Se giró como pudo, y mirando al cielo, con sus cabellos entremezclados con la nieve, y una mano sujetando el criminal trozo de madera, dejó que las lágrimas inundaran sus hundidas cuencas oculares, y cerró los ojos por última vez.

Un niño de cabellos oscuros despertó junto a un olmo, en el centro de un campo de centeno. Corrió, llamando a sus padres, rumbo a una casa solariega.

lunes, 30 de enero de 2012

Las desventuras de Abraham Blutbad II

La mañana clara confortaba a Abraham con una cálida manta solar. Esperaba apoyado en el rústico muro de piedra ancestral del monasterio. Los brazos cruzados, la espada pendiendo a la vista, la casaca sin abrochar mostrando el coleto de piel búfala. Su tricornio ceñido sobre el pañuelo anudado en la cabeza y el mentón bien rasurado en contraste a sus espesos bigotes fundidos con las patillas, olor a cuero, seguramente luego a sudor y con suerte al final del día también a vino. En definitiva, todo él un semblante bravo y seco, pero sereno.

Se rascaba el impecable mentón con las manos enguantadas, cuando vio salir a un monje por la puerta monacal. No muy alto, delgado, cabeza tonsurada, sayo marrón, ojos oscuros y nariz chata, mirada de poco torpe. Se dirigió a este el buen Blutbad:

-Ave maría purísima.

-Sin pecado concebida -dijo automáticamente.

-Usted dirá, fray Tomás, vos me hicisteis llamar.

-Lo sé, lo sé -respondió molesto el hombre de dios- eso es evidente. El Santo Oficio tiene más labores para su siervo. Otra vez deberás surcar los mares en pos de la divina palabra.

Por un momento pensó “es el divino quien se haya por doquier, no un servidor”, pero se abstuvo y concretó:

-Sea pues.

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El olor a mar no le molestaba a Abraham, pero sí el de puerto. El pescado, por muy fresco que fuese, le repugnaba, más si no lo era, por mucho que se empeñasen en berrear y gañir las pescaderas. A parte había demasiada gente en los puertos, atestados, gente entrando y saliendo, un torrente desvencijado de marranos y fulanas torpedeando la ciudad con su ser. “Si es que algo malo se cuela o se nos escapa, es por el mar” murmuraba Abraham. Llevaba su habitual atuendo, esta vez con el añadido de un saco bien anudado a su espalda, no especialmente grande, con las pocas provisiones que iba a necesitar.

Debía embarcar en una balandra. Catorce cañones, vela cangreja, varios foques y al menos una veintena de almas para su correcto funcionamiento, sin contar con los artilleros. Su misión era acabar con una embarcación turca en las aguas entre el mar Jónico y el de Creta, en el Mediterráneo.. En definitiva, salitre y sarracenos.

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Si hay algo peor en alta mar que haber almorzado unas galletas de manteca y aguantar un sol de justicia, era perder el sombrero mientras uno se aferra a la borda del barco para regurgitar lo anteriormente ingerido. Definitivamente, no fue un buen día para Abraham, y menos aún lo estaba siendo ahora, pues los centellazos de un acero de damasco no mejoraban la situación.

Fue todo bastante rápido: Justo después de haber recogido la nave que venía de Venecia y había atravesado el Adriático, se habían aprovisionado por última vez en Malta, e iban ya hacia la costa española. Fue entonces cuando les dieron caza. Un navío ligero otomano de mayor longitud que la balandra. Cuando fueron a abrir fuego los cañones solo uno disparó correctamente, acertando en la borda enemiga con no demasiados daños y menos bajas, otros cuatro estaban mal cargados y no llegaron, y dos estallaron por defectuosos o sobrecarga de pólvora. Antes de darse cuenta, los ganchos ya estaban sujetos a la borda y los piratas con alfanjes ponían pié en madera católica.

Abraham se defendió bien del primero; sujetó su bracamarte con ambas manos y de un golpe vertical con fuerza inusitada desarmó al enemigo de tez morena, para sacarle las tripas al aire con el de retorno. En el corto espacio de tiempo de tregua siguiente vio a la marinería de abordo defenderse torpemente, y se percató de la ausencia de tres o cuatro guardias que estaban a bordo y no vio más desde la parada en Malta, al igual que al capitán.

Pronto vino otro más, este con un par de dagas curvas y mango de bronce brillante; como el resto, vestía bombachos y alpargatas, ropilla de trapo encima. Pues aquí que este turco se arrojó contra él, y con mediana maestría se defendió del primer sablazo de Abraham, que esquivó con una finta, para luego acuchillarle el costado, causando una herida no muy seria pero sí a tener en cuenta, a lo que Blutbad respondió con un rodillazo en la entrepierna y un golpe con los gavilanes de la espada en la cara, lo que hizo al moro escupir sangre y un par de dientes, y tener el tiempo justo para tener como última visión del mundo el filo de la blanca de Abraham.

Nada más arrancar la espada del cráneo vencido, Abraham oyó una detonación contundente, a bordo, y contempló asombrado a varios turcos salir despedidos unos cuantos metros, humeantes y ennegrecidos, con las astillas de la puerta a la bodega esparramadas y unos cuantos de abordo lamentándose por haberlas acogido en carne, al igual que otros tantos moros. Definitivamente decidido a no volver a pisar un barco, contempló Abraham salir de la humeante bodega a un tipo gordo, ataviado con un remendado traje de soldado de los tercios, sin distinciones algunas, y calzando un morrión en la testa, y un cinturón con unos doce apóstoles bien cebados. En las manos, un garrafal trabuco humeante, que arrojó al suelo, y pronto sacó una pistola jamás vista: era un abanico de cañones de pistola, como un órgano tubular dispuesto de forma radial. Justo cuando la hubo amartillado, le sorprendió desde arriba, desde el castillo de popa, un moreno, que se le abalanzó encima. El gordo de barbas sucias y negras, como sus ropas que se confundirían con las de un carbonero, echó mano del infiel, que le sacó el morrión desabrochado de un espadazo, y justo después de malgastar el tiro de la pistola debido a la emergencia, otro le sorprendió por detrás y de un garrotazo con una maza de madera con bandas de metal lo dejó boca abajo.

A todo esto, Blutbad sacó el puñal del costado del tercer moro en la cuenta. Este le alcanzó con el alfanje en un muslo, el derecho, y le estorbaba para moverse, buena faena le hizo el turco antes de morir. Sudado y sanguinolento, contempló lo mal que iba la contienda, pues ya más que lucha, algunos turcos remataban ya a los, según ellos, infieles en el suelo.

Empezó Blutbad a rezar, de cabeza, pues mal veía la cosa, mientras iba decidido a por otro que vio distraído, cuando sintió más que vio un disparo en su carnes, más concretamente en el hombro derecho, y cayó al suelo. Se intentó reincorporar, con la otra mano, sin soltar aún el puñal, pero la visión se volvió oscura y acabó boca abajo en la sucia cubierta, mientras oía unas órdenes de ese enrevesado idioma y unas manos lo sujetaron pos las axilas.

martes, 3 de enero de 2012

Las desventuras de Abraham Blutbad I

Disfruten de esta espero fructífera saga de relatos cortos (o ínfimos) del pobre y desgarbado Abraham Blutbad. Diviértanse con este capítulo piloto.

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La taberna del Tejón estaba repleta esa noche. Una noche fría, propia de invierno. Motivo de más para favorecer el jolgorio de sus clientes, pues estos eran carboneros. Trabajadores de una mina de negro mineral próxima, el aumento en las ventas del carbón había producido unos sueldos decentes para gentes de la estofa más baja de entre aquellos con jornal.

Sucios y felices, los mineros y arrieros al servicio de la compañía Bonwall & Co bebían cerveza sin aguar y apostaban fuerte al whist, mientras otros se dejaban embelesar por las busconas del local. Algunos ya con las entrañas tan empapadas en alcohol comenzaban a cantar emitiendo tales balbuceos que no se les reconocería por beodos sino por lelos. No obstante, en una mesa, redonda, como las demás, y sucia, como todo en el lugar, dos figuras taciturnas bebían un poco de cálido vino especiado.

Una era grande, de hombros anchos, y alta, tanto que debía doblar no poco la espalda para apoyar los brazos en la mesa, brazos fieros y de tendones de acero, con muñequeras de cuero apretando sus antebrazos, de los que emergían unas manos como palas de enterrador de peludos nudillos. Coronando la mole, una cabeza casi rapada, gigante, con una de las orejas, la de estribor, cercenada por la mitad, cuya cicatriz se cruzaba en la mejilla derecha de forma imperfectamente perpendicular con un tajo descendente desde la ceja a la comisura del partido labio superior. Su mirada, vacía de intelecto, emitía odio, y su rudo mentón de densa barba afeitada, le daba aspecto de yunque encarnado a su testa. Sus ropajes, unos pantalones anchos de marino sujetos de rodilla para abajo por unas botas de cuero grueso; y en el torso una camisa casi marrón y un jubón sin mangas de lona gruesa tipo brigandina acolchada con algunos remiendos, frutos de la dejadez o algún centellazo en los callejones, cosa que justificaba el sable corto de cazoleta cuajada de melladas que pendía de su grueso cincho.

A su lado, un personaje por completo diferente. Ataviado en negro, tanto la chaqueta, como sus greguescos y el chalequillo, amén de sus zapatos de terciopelo con punta cuadrada, salvo una camisa de impoluto blanco. Sus pequeñas manos de cuentamonedas tenían marcas blancas en torno a las bases de los dedos, muestra de portar a diario gruesos anillos, ahora ausentes tal vez por no atraer miradas sedientas de capital ajeno. Una larga barba, lo único voluptuoso y grande en su cuerpecillo raquítico, bajaba como una cascada blanca y negra, pues el personaje hace décadas dejó de ser joven. Por corona, un sombrero negro de ala ancha y poco pelo asomando. Nervioso, extrajo su huevo de Núremberg del bolsillo interior de su chaqueta. El pequeño barco mercante donde consiguió ocupar plaza de pasajero iba a partir en breves, el mal tiempo obligó a que se botara hacia las Indias en vísperas de su fecha inicial. Le hizo una señal a su acompañante, tomó él su capa y maletín y el otro su abrigo largo y grueso de lana.



Las nubes negras se aproximaban, y algunas ya tapaban la luna. Con esto, solo producían luz las pocas ventanas de cristal aún abiertas de las casas circundantes de aquel barrio pobre, más algún burdel o taberna con luces de sobra para atraer a los marinos entrantes, pues estaban acercándose al puerto. El hombre no muy alto y enlutado esquivaba los grupos de personas, y a los solitarios caminantes también. Apresuraba sus piernecillas para que los chapines devorasen los sucios adoquines rumbo a los muelles, como si le persiguiesen los sabuesos del averno en busca de su usurera alma. Y es que este hombre tenía motivos para huir.

Dada su condición de judío, poseía estudios superiores a muchos otros hombres dedicados a su labor; contable y banquero. Pero si hay algo que no se compagina bien con el manejo de grandes fortunas es la osadía y la avaricia, más aún cuando el capital no es de tu bolsa, amén de los problemas acarreados por su condición religiosa, poco bien vista en varios lugares del mundo. Así que en estas se veía, casi corriendo cuesta abajo, con su mercenario a las espaldas.

Concentrado iba, repasando sus planes de futuro, cuando de repente, con brío y rudeza, un grupo de mozalbetes, tal vez tres, lo golpeó, arrojándole al suelo, y tras este avasallamiento y por el descuido, hurtaronle el maletín. Casi antes de ponerse en pié, comenzó:

-¡La bolsa, la bolsa!-con espasmódicos chillidos nerviosos, mientras separaba su cara del suelo con un brazo y señalaba con su dedillo a los afanadores.

A lo que su gorila amaestrado respondió haciendo sonar sus botas contra el suelo en febril estampida en pos de alcanzar a los chiquillos, prometiéndoles castigos que harían palidecer al rey de los herejes.

En estas que el pequeño de negro siguió la estela de improperios del gigante, metiéndose ellos dos en un callejón oscuro y lleno de tablones, barriles y aparejos marinos amontonados. El viejo menudo veía la portentosa espalda del titán abrirse paso entre la basura, cuando de repente, algo le golpeó en la nuca y cayó de bruces, sin quedar inconsciente, pero derribado. Apresuróse a mirar hacia arriba, y vio lo justo para contemplar como un brazo vestido de camisa blanca y sucia con una mano guarnecida en cuero y armada con un terrible garfio de carnicero echaba mano del bravo, clavándoselo en el hombro, y tirando de él, tal que lo obligó a casi postrarse a la par que emitía un gañido de dolor y susto. Nada más se pudo casi sentar el viejecillo, vio como una bota golpeaba la testa de su contratado, que caía boca arriba, e ipso facto emergió una figura de entre las sombras, artífice de esto.

Coleto de cuero grueso, sin mangas y pardo, y camisa blanca vieja. Fajín rojo intenso bajo cinturón, sustento de unos pantalones que terminaban en negras botas altas con doblez a lo navegante. De su cintura asomaban espada y daga, y echo mano de esta primera. Cara aún cubierta por un pañuelo de trapo pobremente estampado en rojos y amarillos, sus cabellos largos negros le caían por el rostro. Puso el pie sobre el pecho del matón e hizo descender su arma, teniendo por lugar de fin y reposo el cráneo del coloso, que se partió con un sonido de crujido y chapoteo seguido de un borboteo manso de sangre. Por un instante el viejo pudo contemplar el arma, que dejó allí clavada. Era una cruenta bastarda, con un mango capaz de alojar dos manos, y por guarda dos gavilanes poco pretensiosos. La hoja recta, salvo en su punta donde era curva como un cuchillo de carnicero, tal que se ensanchaba. Un palmo de este acero dormitaba ahora en la cabeza vencida.

Las manos del atacante sacaron de su embeleso al hombrecillo. Lo agarró con una por sus ropajes y lo alzó hasta ponerlo de pié. El asesino lo miraba desde arriba, tal vez alcanzase los siete pies en Burgos de alto. Se descubrió la faz y dejó ver un rostro curtido por el tiempo, con unos ojos verdes pardos que emanaban énfasis y locura, con una nariz partida que le confería mayor aspecto de pendenciero, detalle para los observadores, y entre esta y los labios un mostacho denso que se fusionaba con las patillas, todo cabello azabache. Con la mirada de deseada victoria, como quien encontró oro tras sacar espuertas de barro, emitió una sonrisa que dejó entrever sus dientes bien cuidados, algo torcidos, para luego dedicarle al pronto ex -viviente:

-¡Esta noche descarnarás tus dedos contando las ascuas del infierno!- y acto seguido desenfundó su puñal de misericordia y, mientras apretaba los dientes con el ceño encorvado de concentración y fuerza, clavó al anciano la hoja por el oído, y allí lo dejó, inmóvil, muerto, mientras se le escapaba el rosario que llevaba en el cuello, consecuencia del brusco movimiento de brazo.

Se puso en pié, liberó la espada del cráneo del grandullón pisando en su cara y tirando hacia arriba. Luego limpió la hoja con las mismas vestiduras del coloso y la enfundó en su cintura. Era un arma poco más corta que las espadas de la época, pero más ancha y pesada, de tajos mortales, no como los dardos que eran las famosas toledanas españolas; esta era una reliquia de siglos atrás, cuando los caballeros de coloridos tabardos aún moraban los campos de batalla. Luego tomó el gancho del hombro. Desembarazó su pañuelo de estampados rojos y amarillos oscuros y se lo puso en la cabeza, cubriéndosela y acomodando el flequillo para una visión sin estorbo, dejando el nudo atrás en el cogote, al estilo de los duelistas de la época. Abrochóse el coleto de piel de búfalo y recogió de aparte, entre las cajas, su casaca roja granate y su sombrero negro oscuro de tricornio ajado por el tiempo, como la casaca. Acomodose la espada y el gancho de estibador o carnicero, este último mas disimulado que la espada, en algún enganche de la casaca. Ya pertrechado, se agachó nuevamente al lado del viejo usurero, le quitó el sombrero.

Tal como esperaba, la kipá cubría la coronilla del hombre. Negra con rebordes en dorado. La tomó y con ella limpió el puñal, que emitió sonido de succión al ser extraído de los conductos auditivos y sesos de la víctima, para luego guardar el arma en la parte de atrás de su cinturón. Metió los dedos en sus bolsillos y satisfecho extrajo unos anillos de buen oro y algunas monedas, lo que tomó por buen sueldo por haberse enfrentado al gigante, que no estaba en los planes. Gracias a esos crios, a los que dejó que se quedaran sin importancia con la maletilla de viaje del viejo, pudo pillarlo desprevenido. Finalmente, se puso en pié, se guardó el gorrito en una faltriquera que pendía de su lado derecho y escupió al muerto.

Así se fue de allí, dejando fluir las cuentas de su rosario por sus dedos índice y pulgar con la mano cerrada, entonando las oraciones que tanta paz le proporcionaban a su alma mortal de cazarrecompensas. Así fue recorriendo las calles de la Londres de mediados del siglo XVII en busca de algo de aguardiente para templarle la mente y calentar su frío corazón, pues era un hombre lúgubre este Abraham Blutbad.