miércoles, 16 de abril de 2014

Constantinopla, 29 de Mayo de 1453



Al hoplita de los Oklahoma City Thunder


INTRODUCCIÓN

Un profesor mío decía que la historia es la maestra de la vida, yo creo que es cierto. El ejemplo de lo mismo que vengo a contar es que da igual lo alto que sea un muro, cómo de nutridas estén las arcas o el acero con que se hagan las espadas; todos los hombres mueren y todas las rocas se hacen polvo. Un consejo vital. La caída de Constantinopla, a mi juicio, es un claro ejemplo de la gloria y derrota del ser humano, pues tanto como los cristianos (católicos y ortodoxos) fracasaron por sus intrigas y codicias, los otomanos del islam y sus aliados dejaron escrito con grana y oro su nombre en las páginas del tiempo venidero. No soy un académico, ni un periodista; sólo me apetece contar, tal como bien o mal lo veo, lo que sé y creo de este inmortal día del 29 de Mayo de 1453.

Por supuesto, antes debemos saber qué era Constantinopla. En griego, Κωνσταντινούπολις, Konstantinúpolis, o la Ciudad de Constantino. De cultura y herencia griega y con sistemas de política y administración romanos, Constantino el Grande fundó su ciudad entre el Cuerno de oro y el Mármara. Nova Roma, Bizancio,Stamboul, Basileousa Polis, Encrucijada del Mundo o Miklagaðr han sido los nombres para la mayor ciudad de toda la Edad Antigua y Medievo en el occidente. Hipódromo, circo, templos paganos, la gloriosa Santa Sofía y la primera universidad del mundo donde se estudiaba desde Matemáticas hasta Teología y que contaba con unos treinta y un profesores. Treinta, como los kilómetros de muralla que la salvaguardaron siglos de godos, alanos, ostrogodos, hunos, visigodos, búgaros, rus y otros tantos. 


RELACIÓN ENTRE AMBAS POTENCIAS

Los musulmanes en las fronteras orientales del mundo ortodoxo, y concretamente en la Península de Anatolia, fueron un problema para el Imperio Bizantino desde que el mundo árabe musulmán comenzó a expandirse. La Guerra Santa o yihad, manipulada por los líderes árabes, lanzó a estos pueblos a las luchas expansivas. Abrazaron, literalmente, el mediterráneo. Sus furiosos puños de piratas del desierto se estamparon contra dos muros: el norte de la Península Ibérica con los astures y francos (cada cual por su lado) y la Península de Anatolia, una tierra herida, marchita tras las guerras contra los persas sasánidas y los ávaros; con un corazón antaño vigoroso, aún potente y eternamente bello: Constantinopla. Hablamos del período entre s. VII-VIII. Y como todo corazón, se emplazaba en el lugar más protegido de todo el antiguo cuerpo: en la otra costa de Anatolia respecto al Bósforo, en una diminuta entrada de tierra que separaba el Mármara del Cuerno de Oro. No obstante, el Islam la supo rodear, haciendo tope en Hungría y dominando a los búlgaros, así como servios y valaquios; esto ya en época turcomana.

Muchos llamaron a las puertas de San Romano antes y después de los árabes de Mahoma; los ya mencionados persas, avaros y eslavos (que, confiados, valerosos e ignorantes pensaron que sería de utilidad atacar empleando sus monóxilos), varegos (de gran valía una vez asimilados como guardia)… el más llamativo fue el del 1204, perpetrado por los cruzados. La excusa: el imperio Bizantino, alicaído, se mostró neutral entre Saladino y la cristiandad; el motivo: los centenarios tesoros de la Ciudad de Constantino. Este fue el primer asedio exitoso para los enemigos de la Gran Urbe, instaurando cincuenta y siete años de Imperio Latino, cincuenta y siete años de grandes maeses y nobles sobrados de la vieja Europa gastando bota en el Gran Palacio. Esto explica, creo yo, la animadversión automática de los ortodoxos hacia los latinos que, guiados por el general Alejo Estrategopoulos, la retomaron en el 25 de Julio de 1261 siendo Miguel VIII Paleólogo reconocido como nuevo emperador y restaurándose así el imperio de Bizancio. Durante la época cruzada la ciudad fue sobradamente expoliada y mercadeada.

Continuaron los conflictos, ya con los turcos. Seis asedios (1390, 1395, 1397, 1400, 1422 y 1432) padecieron las Murallas de Teodosio. Y es que, para el Islam, Constantinopla se había convertido en una verdadera medalla con la que debían adornar su turbante. Pero, ¿cómo se produjo el último y viral ataque?

Es indispensable mencionar a dos individuos, otomanos, que jugaron papeles antagónicos y cruciales: Mehmet II y el Gran Visir Halil Pasha. Abreviando, Murad II, padre de Mehmet, se hartó de pifostios de aceros y se retiró a Manisa dejando como heredero a su hijo Mehmet y de gran visir al tal Halil Pasha; este último tenía en común con Murad un aspecto: la mesura, o al menos, el sentido común. Mehmet II, por otro lado, era una bomba de relojería: qué esperar de un zagal de trece años a la cabeza del Imperio Otomano. No se le ocurrió otra cosa que pretender asediar Constantinopla, siendo por suerte disuadido entre Halil Pasha y su padre Murad, quien hubo de volver de su retiro; fracasó su corto reinado emplazado entre el 1444-1446. Fue enviado a Manisa, donde se dedicó en cuerpo y alma a la tarea que lo inmortalizaría: preparar la toma de Constantinopla.

A los 21 años, en el 1451, Mehmet II fue sultán. Con Adrianápolis (Edirne) como centro de operaciones, comenzó a preparar la toma de la famosa ciudad. Uno de sus pasos más determinantes a la hora de sitiar un lugar de forma efectiva es cercarlo, valga la redundancia. Con el fuerte Bogazkesen (“La tenaza del estrecho”) cortaba el Bósforo al norte; también conocido como Rumeli Hisari (Castillo de Rumelia). Para cortar el paso por el otro lado, en la costa del Mármara, se hizo con una flota de casi cien veleros, quizá inferiores en tamaño respecto de los barcos latinos y ortodoxos, pero superiores en número a razón de cinco a uno. Estos veleros fueron construidos en Galípoli o junto al Rumeli Hisari durante su edificación. Por supuesto, hizo acopio de armas de fuego, pesadas y semipesadas, fijas y portátiles; plantó el elenco de armas de fuego más grande jamás visto en un asedio occidental. Su pieza más famosa, claro, sería la titánica bombarda de Orbón (también llamado Urbano, un ingeniero de Valaquia presumiblemente), capaz de disparar bolas de hasta seiscientos kilos, necesitándose sesenta bueyes para su transporte y dos horas para cargarlo; colosal bestia.

Mehmet II a su aire

Detrás de todo esto o mejor dicho, contra todo esto, estuvo siempre el Gran Visisr Halil Pasha. Moderado, como Murad II, procuró obrar diplomáticamente de principio a fin. Ya conspiró contra Mehmed II haciendo que volviera su padre, y seguía tratando con “aliados” constantinopolitanos para mediar una solución viable, pues era costumbre en el Islam que los pueblos sometidos pudieran mantener hasta cierto punto su religión, costumbres y leyes; tal ocurrió con judíos y cristianos en las ocupaciones omeyas de la Península Ibérica. Del mismo modo, argumentaba que tomar la ciudad abriría una puerta de Oriente a Occidente, y viceversa, tentando a los europeos; numerosos ulemas le dieron la razón a esto. Tantas posibilidades de huir de la sangre y las palabras de Halil no sirvieron; Mehmed II era un joven terrible y avasallador.

Frente a esto en el bando cristiano encontramos, primero, al emperador Constantino XI Paleólogo. Cuarto hijo de Manuel II Paleólogo y Helena Dragas, heredó el trono de su hermano Juan VIII Paleólogo al morir este sin descendencia en el 1444. Fíjense qué curiosidad, que muriera el mismo año en que Mehmet II subió al trono por primera vez; ¿augurio? Obviando los problemas heredados al dominar un imperio en clarísima decadencia, y sin hablar aún del problema turco (que lo era, y grave) está el asunto religioso.

Constantinopla padeció muchas y muy cruentas revueltas religiosas a lo largo de su historia, aunque esta vez más que revuelta lo que se daba era un malestar generalizado. Y es que la decisión tomada en el concilio de Basilea (en el que participó Juan VIII) de asumir la confesión del Papa de Roma levantó ampollas, tantas como espadazos dieron los cruzados allá por 1203-1204. Se explica que hubiera incluso constantinopolitanos que preferían darse a los turcos que a los latinos. Los themas ortodoxos no le apoyaban, y el nuevo patriarca Gregorio III Mammis tuvo que exiliarse a Roma. No obstante, y ante la necesidad de ayuda del oeste, Constantino medió y consiguió evitar una guerra civil entre la minoría católica y la mayoría ortodoxa. Cuando Europa era una jauría de lobos atados por los rabos con el mismo nudo, el paraíso cultural de Constantinopla hubo de mendigar su ayuda. Una ayuda pobre, que no llegó bien ni a tiempo. O no llegó.

En cuanto al casus belli, hay varias ideas. Aún estando en un relativo tratado de paz, los turcos extorsionaban o expoliaban a los bizantinos. Durante la construcción del Rumeli Hisari (que ya de por sí era una provocación clara) se exigieron pagos en especias desorbitados (sobre todo alimento), o la imposición de un barrio turco en Constantinopla. Del otro lado, en el bando bizantino se encontraba Sehzade Orhan, un príncipe otomano exiliado, una espina calvada en la zarpa del brutal turco.

Sea como fuere, Mehmet II estaba dispuesto a provocar a Constantino XI. No buscaba una capitulación, quería tomar la ciudad a fuego y acero, pues era la Espada del Islam y no conocía el miedo. Curiosamente, una actitud muy de la Roma Clásica. Constantino respondió, con el corazón atado por las cadenas del honor pasado.


LÍDERES CRISTIANOS Y SUS HOMBRES

Por suerte, Constantino XI no estaba solo, aunque ciertas compañías se dieran más por obligación y deber que por simpatía; como el Archiduque Lucas Notaras, uno de los partidarios a “vender la ciudad”, acérrimo escupidor a latinos; el homólogo del Gran Visir en el bando defensor (en cuanto a lo de llevar la contraria al que manda se refiere, solo que hacía manifiesta su animadversión). La ciudad contaba con una guardia urbana a caballo, así como una encargada de guardar las murallas. Por supuesto, los nobles y oligarcas locales, relacionados con el Hipódromo (principalmente los equipos Verde y Azul, auténticas divisiones urbanas) disponían de una caballería (permitan el chiste) al galope entre ligera y pesada, diestros con el arco.

De derecha a izquierda: Constanino XI, un local bien pertrechado y un soldado latino acorazado. El águila bicéfala era el emblema de la casa real.

Como ayuda propiamente latina, italiana, destacarían genoveses y venecianos. Estos dos grupos, enfrentados en el Mediterráneo tenían grandes intereses comerciales en el Mármara, Bósforo y Egeo. Creta, Argos, Modon, Coro, Butrinto, Negroponte y Tesalónica en manos de Venecia, así como Samos y Quíos en manos genovesas. Ambos, además, tenían perdonado el peaje por orden de Constantinopla. De todo esto se deduce que, como dijo un inmortal, “poderoso caballero es don dinero”, quedándonos claro por qué estos metieron la espada en el asunto.

Sea como fuere, Génova mandó al ilustre condottiero Giovanni Giustiniani Longo (emparentado con la familia Doria y anterior embajador genovés en Crimea, así como experto general católico en la defensa de plazas fuertes) acompañado de setecientos hombres (cuatrocientos de los cuales acorazados genoveses y trescientos reclutados en la isla de Quíos). La fuerza veneciana, a la zaga, fue encabezada por Girolamo Minotto; estos contaban con cierta ventaja ya que en Constantinopla había una colonia mercantil veneciana; se estima que llegaron también unos setecientos soldados de refuerzo aproximadamente. Además, quizá por el qué dirán, llegó un arzobispo Isidoro de Kiev con unos cuatrocientos ballesteros napolitanos (las tropas de ballesteros italianos fueron apreciados y conocidos mercenarios en toda la Edad Media, que ya en el 1066 tiraron a matar en Hastings). Y, claro, un ibérico peninsular, Pere Juliá, de presumiblemente modesta tropa por lo poco que se menciona de ellos. Como ingeniero militar, destaca John o Johan, de apellido Grant, tenido tanto por inglés como por germano.

Giovanni Giustiniani Longo. Pintura aproximada a su época.

En total se estima aproximadamente que hubiera unos treinta mil defensores, de los cuales decir que ocho mil eran soldados profesionales es en mi opinión aventurar mucho. En aquella época Constantinopla contaría quizá con unos cincuenta mil habitantes, de los cuales tantos como fueran capaces de sujetar un arma fueron llamados a la defensa de la ciudad y contados por un censo ordenado por el mismo emperador. Cosa distinta, claro, es que supieran defenserse. Los incapaces de combatir harían de obreros encargados de la reparación de murallas y otros menesteres.

Pero, sin duda, Constantinopla poseía a un defensor inigualable. Un verdadero espíritu santo, un fénix alquímico, una mítica creación: el fuego griego. Y es que para los enemigos de los constantinopolitanos, estrujarse en un grupo cerrado ya fuera por mar o tierra suponía un terrible peligro: ser blanco del fuego griego. La mítica invención de esta sustancia (también llamada fuego marino, romano, de guerra, líquido o procesado) se atribuye a un tal Calínico de Heliópolis. Su receta se ha extraviado; según la novela de Mika Waltari (que no deja de ser una novela), eso se explicaría porque sus fabricantes estaban vigilados celosamente con unos guardias armados que los aislaban del exterior, matando a quien se acercase a hablar con ellos o a ellos mismos en caso de que la información pudiera caer, al parecer la receta solo se transmitía de forma oral. Teniendo en cuenta que el fuego griego, capaz de arder sobre el agua, constituía la punta de lanza de Bizancio en todo el mediterráneo desde su invención en el s. VI estas historias no son difíciles de creer. Se disparaba desde sifones a presión o en proyectiles arrojadizos y para apagarlo era necesario taparlo con arena, vinagre u orina (eso solo si caía en superficie sólida, como la cubierta de un barco). Hoy en día se piensa que llevaba nafta, cal viva, azufre, nitrato y otros condimentos de alquímico potaje.

Empleo del fuego griego contra embarcaciones, destaca el sifón de bronce.


Barco bizantino sirviéndose del fuego griego para repeler un ataque rus. A juzgar por los escudos en la borda del navío, la guardia varega estaba en pleno funcionamiento. Datable en torno al s. XI.


Como apunte, recordar que la famosísima Guarda Varega compuesta por suecos, daneses, noruegos, anglos y sajones ya no existía, o quizá quedasen sus descendientes en forma de tropas regulares locales. Ya no llegaban aventureros del norte; la conversión de todos los buenos paganos y el odio a los latinos desde los asedios cruzados supusieron una terrible losa que las más terribles hachas jamás conocidas no pudieron superar.

Los mercenarios más famosos de la historia, la Guardia Varega de Constantinopla. En el del fondo se aprecia el uniforma de gala.


EL TERRENO

Al tratarse de un asedio (sitio), trataré básicamente Constantinopla y sus alrededores inmediatos. Primero, Pera.

Antaño, cuando el imperio bizantino estaba en bonanza, a esta porción de terreno al otro extremo de la boca del Cuerno de Oro se la conocía como Sykai y era una región constantinopolitana. Teatro, foro, iglesias, muralla…una auténtica ciudad comprimida; incluso se la rebautizó como Justinianópolis, aunque al siglo siguiente entró en decadencia. Hablando en plata, las obras de Justiniano eran como el viento de un fuelle: duraron lo que estuvo apretando. El caso es que cuando los cruzados se hicieron con estas nobles tierras en torno al 1261, cedieron este distrito a los genoveses en compensación por su apoyo; estos establecieron una colonia. Así Pera llegó a ingresar en el s. XIV unas siete veces más dinero que la misma Constantinopla. Como habrán adivinado, el interés de dominar este resquicio urbano es poder tender la ya legendaria cadena que cerraba el paso a los curiosos. Esta titánica cadena se sujetaba sobre el agua con enormes bollas de madera, desde Constantinopla a la Torre Gálata (que conservó el nombre).

En cuanto al emplazamiento de la ciudad, es el más ventajoso que jamás he conocido. Sabiamente dispuesta en un pequeño cabo entre el Cuerno de Oro y el mar del Mármara, guarda tanto el paso del Bósforo al Mar Negro como el paso de tierras orientales al Mediterráneo o Europa. La ciudad llegó a superar sus murallas dos veces: sobrepasó a las de la misma Bizancio (antigua polis griega) que se construyeron en el s. IV a.C., y superó las murallas severianas de los s. II/III hasta cercarse finalmente con las murallas de Teodosio. . La obra pertenece a la época del emperador Teodosio (408-450), comenzándose su construcción en torno al 412 y usando como obreros a duros y fornidos esclavos godos, terminando su construcción en el 447; posteriormente se fueron manteniendo, mejorando o empeorando en función de las capacidades de cada emperador. Se extendían desde el Mármara al Cuerno de Oro, en una especie de curva de unos seis kilómetros de longitud contando con una doble línea amurallada y un enorme foso con parapeto.

La ciudad de Constantino poco antes de su final. Destaca el lamentable estado de Pera.


El foso contaba con unos veinte metros de ancho y profundidad considerable (difícil de determinar) de entorno a tres o cuatro metros quizá; por supuesto, era inundable. Tras el foso, había un espacio abierto de unos quince metros  hasta llegar a la primera línea de muralla: dos metros de espesor y ocho de alto con ochenta torres para defenderla. Los valientes (y titanes) que superasen esto, tendrían un pasillo mortal de dieciocho metros de ancho, despejado, antes de toparse con unos muros de trece metros de altura y cinco de grosor con un centenar de torres de hasta veintitrés metros. Muros y torres estaban recubiertos de caliza y barro para fortalecerlos. Por otro lado, unos trece kilómetros de muro único con doce metros de altura cerraba el cerco por la línea costera, protegido por la friolera de ciento noventa y dos torres. Respecto a puertas, contaba con once puertas, donde destaca la Puerta Áurea (por donde entraba simbólicamente el emperador) y la puerta de San Romano, que por su posición central frente al Valle del Lico (pequeño arroyo que entra en la ciudad) sufrió brutales ataques en cada asedio. Estas murallas contaban con su propia guarnición, la Teicheitoai, antes mencionada

Planta y perfil del amurallado

No obstante, para los bizantinos existía un defensor supremo para sus muros: el Dios cristiano. Se lee en una de las puertas:

Cristo, Señor nuestro, guarda tu ciudad de toda inquietud, de toda guerra; rompe victoriosamente la fuerza de los enemigos.
Estas murallas fortificaban incluso los seis o siete puertos de los que disponía la ciudad, algunos de ellos de uso privado para los militares o el Emperador. En total, estas formidables murallas que Teodosio II construyó entre los años 408-450 contaban con unos seis kilómetros de recorrido solo ya por tierra, y demostraron su utilidad durante siglos hasta un ataque superior numérica y tecnológicamente. Y es que, una de las lástimas de Constantinopla, fue su pérdida de población por las inclemencias de las eras. El maestro Ladero Quesada refleja en su “Historia Universal. Edad Media” (edición de 2010) esta idea, habiendo recopilado una carta de Ruy González de Clavijo, emisario español en la zona:

E como quier que la çiudat sea grande de grand cerca, no es tan bien poblada, ca en medio de ella ha muchos oteros e valles en que ha labranças de panes e de viñas e muchos huertos, e do están estas dichas huertas hay casas commo barrios e esto es en medio de la çiudat.
Impresionante este grado de despoblación, de repercusión directa en la capacidad de ofertar hombres para el ejército. Cómo de despoblada habría de estar, pienso, como para roturar ni más ni menos que el interior urbano. Desde luego, las zonas más antiguas eran las mejor pobladas.

Por no hablar sólo de con qué contaban los defensores, diré que los atacantes tenían ciertos buenos lugares desde los que disponer un asedio. Frente a las puertas de San Romano, en el margen izquierdo del río Lico (Bayrampaça para los otomanos) se encontraba la colina de Maltepe, donde Mehmet II emplazó su majestuosa tienda campal. Quepa mencionar que este emplazamiento fue el mismo, por ejemplo, empleado por los Ávaros en su ataque del 626, quienes dejaron a los eslavos rodear la muralla exterior con sus guerreros semidesnudos y atacar ridículamente los puertos fortificados yendo montados en monóxilos. Los turcos que atacarían Pera en esta campaña de Mehmet irían liderados por Zaganos Pasha, quien tendría a su disposición las crestas de Pera y Kasimpasa (llamado también Valle de los Manantiales), cuya misión era castigar los muros que defendían el Cuerno de Oro a base de morterazos.


LÍDERES TURCOMANOS Y SUS HOMBRES

Mehmet II llevaba años planeando este asalto; la joya principal en la corona de su memoria. Por ello supo rodearse de militares competentes y disciplinados que pastoreasen a sus hombres hasta la batalla. Todos Pasha: Mahmud e Ishak atacarían la mitad de la muralla desde San Romano al Mármara, Mehmet II con sus jenízaros (y el diplomático Halil cerca para vigilarlo) arrasarían el centro comprendido entre San Romano y Carisio (zona defendida por Giustiniani), Karaca el resto hasta el Cuerno de Oro; destaca Zaganos Pasha y sus morteros en la zona de Pera, encargado de hacer posible el transporte de embarcaciones por tierra y anular las murallas costeras que guarnecían el Cuerno.

En cuanto a las tropas, muchos acudieron a la llamada de su ambicioso señor; unos cien mil individuos aproximadamente. No obstante, quepa aclarar que la mayoría de ellos eran soldados no profesionales. La cultura musulmana y próximo oriental suele contemplar la idea de echarse a las armas; especialmente los pastores y gentes del desierto, nómadas. El nomadismo ha sido fuente de guerreros desde tiempo inmemorial: los bárbaros guti que asolaron regiones norteñas de Mesopotamia, los hunos que hicieron zozobrar a la joven Europa, esos insurrectos bereberes empujados por los Omeyas a la conquista de Hispania. Así pues, muchos fueron los pastores y piratas del desierto que acudieron, con poco más que una espada, lanza o escudo de cuero; llevando consigo esclavos, camellos y mulas con sacos vacíos para llenar de los tesoros prometidos.

Añadir a esto que entre la caballería que hacía de guardia personal, los jenízaros y los soldados de élite del ejército turco sumaban en torno a diez mil individuos. La caballería que ejercía como guardia personal estaba concebida para dar el golpe de gracia; se contaba además con unos veinte mil jinetes reclutados en las provincias.

Spahi excelentemente equipado, seguramente miembro de la guardia personal de Mehmet II

Esa caballería eran, principalmente, los spahis, o cipayos (nada que ver con los más tarde nombrados por los ingleses). Provenían normalmente del Magreb y eran un potente cuerpo de caballería. Aunque el caballo fuera probablemente desprovisto de armadura, el jinete solía llevar un escudo redondo, lanza, cimitarra e incluso arco compuesto. En tiempos de paz, se dedicaban a recaudar impuestos. Su cuerpo de caballería fue fundado, precisamente, con Mehmet II.

Para mí lo más característico del ejército turco fueran los jenízaros y los derviches. Lo jenízaros eran la infantería de élite. Se componía de niños cristianos (griegos, albaneses y más tarde húngaros) capturados o tomados mediante la práctica de la devshirme (impuesto que se pagaba con humanos). Su vida era similar a la de cualquier otro monje guerrero (como los templarios) pero con un toque de fanatismo religioso tan característico del Islam. Reconocían al sultán como a su padre, obviamente todos se hacían musulmanes y no podían salir de la orden; sus bienes pasaban a la misma al morir ellos. No se les tenía permitido llevar barba, sólo bigote, a diferencia del resto de musulmanes libres. Eran, pues, un cuerpo armado dedicado al Sultán, una verdadera mano derecha sometida a una doctrina educativa desde el principio. Decir que Mehmet II tuvo ciertos problemas con algún jenízaro insurrecto, pero los supo dominar. Como novedad en la época, para la toma de Constantinopla a muchos se les equipó con armas de fuego de mano; práctica habitual a posteriori de esta tropa y que quedaría reflejada en numerosas ilustraciones.

Ilustración de un jenízaro del s. XVII. Aún conserva la costumbre de afeitar todo salvo el bigote. Vemos como las armas de fuego fueron adoptadas de forma característica por esta tropa, habiendo demostrado su eficiencia en Constantinopla contra las armaduras de los acorazados venecianos y genoveses.


Los derviches, por otro lado, eran una especie de ascetas itinerantes con voto de pobreza. Se dedicaban a arengar continuamente a las tropas y a alentarlas a favor de la destrucción del enemigo infiel; muchos participaron en el combate de forma activa entre las multitudes pero desde luego tenían una presencia residual y anecdótica, aunque llamativa. A su vez se veían coreados, al igual que el resto del ejército, por una gran cantidad de músicos que no cesaban de hacer sonar sus instrumentos durante todo el evento armado. Abogaban por la destrucción de la ciudad.

Finalmente, se estima la participación de unos mil quinientos minadores serbios, alemanes, bohemios y húngaros que obraron activamente en el derrumbe de las fortificaciones constantinopolitanas; encontraron la muerte en túneles que los defensores llenaron de polvo de azufre, fuego griego o contraminas; recintos subterráneos preparados para que los ingenuos tuneladores se encontraran de cara con enemigos armados.

LA BATALLA

El 2 de Abril de 1453 el ingeniero genovés Bartolomeo Soligo tensó la enorme cadena del Cuerno de Oro; Aproximadamente, unas veintisiete embarcaciones (entre galeras sin equipar y veleros, así como otras bien pertrechadas de Italia) aguardaban en el puerto de Constantinopla cuando el turco llamó a las puertas. Comenzaron los últimos preparativos. Ya Mehmet II hizo acondicionar las calzadas para permitir el desplazamiento de sus tropas y aún más importante: de su tren de sitio, formado por las armas de pólvoras de mejor calidad de la época. También a primeros de Abril llegó Mehmet II a las puertas; se dice que de noche se oían las toses y estornudos de miles de turcos, pues no había suficiente tela para que todos dispusieran de una tienda de campaña.

Como si fueran chatarra, las cadenas que una vez guardaron el paso del Bósforo ahora acumulan polvo en una esquina del museo del ejército de Estambul

El 5 de Abril plantó Mehmet II su tienda de campaña en la colina de Maltepe y se dispusieron entre nueve y catorce baterías, con algunos cañones gigantes (como el de Orbón). Igualmente se comenzaron a preparar las torres de asedio y demás parafernalia. En mayor o menor medida, el enemigo abarcó desde la Puerta Áurea hasta el giro costero que tomaba la muralla al llegar al Cuerno de Oro; tal como se explica en la disposición del ejército turco. Los jenízaros y la caballería estarían con Mehmet estaban frente a San Romano y Carisio, donde la lucha sería más cruda; San Romano estaba vigilada por el cerbero Giustiniani y Minotto se encargaría de la del Palacio de Porfirogénitos, así como cuatro destacamentos venecianos lo harían de cuatro puertas principales de la zona.

Con el apoyo de Zaganos Pasha en Pera, debilitando las murallas costeras con sus morteros, el almirante turco Baltaoglu Suleyman Bey patrullaba las mismas esperando la oportunidad de penetrar. Ante semejante despliegue militar, los bizantinos que aún pensaban vender a los latinos a cambio de mantener su ciudad dentro del Imperio Otomano cambiaron de opinión y comprendieron que llegó la hora de galopar por el camino de la sangre y el acero. Un camino triste, pues ningún monarca occidental se quiso comprometer. Constantino XI, solo, decidió defender hasta la muerte el último reducto de lo que una vez fue el mayor imperio occidental.

Cronológicamente se cuenta como “principio del fin” el día 6 de Abril, cuando el gran cañón de Orbón tronó por primera vez, atemorizando a la población de Constantinopla. Comenzó el asedio por tierra y mar. El 9 de Abril hubo una fallida intentona de los turcos por atravesar la cadena del Cuerno de Oro; dos días más tarde la artillería fue emplazada frente a las puertas de San Romano y Carisio, teóricamente las más vulnerables. Pese a que el gran cañón resultó averiado, su poder hizo mella en las murallas y moral bizantinas. El 12 de Abril unos ciento cuarenta y cinco veleros volvieron a intentar atravesar la cadena, en vano. El 18 de Abril los otomanos arrimaron a los muros unas torres de asedio, cuyo verdadero fin, más que tomar al asalto las defensas, era tapar el foso con arena y ramajos así como “allanar” el camino para un próximo asalto; estas torres de asedio fueron incendiadas y derribadas.


Un poderoso dragón turco a punto de vomitar roca sobre las murallas de Constantino
El poderoso Cañón de Orbón, esperemos que por siempre silenciado
En el marco presentado por esta agónica resistencia se produjo un hecho que señalaría un verdadero punto de inflexión. El 20 de Abril, tres galeras genovesas y una bizantina (de los prometidos refuerzos), sortearon el bloqueo otomano y arribaron a puerto constantinopolitano. Mehmet II sufrió de los insistentes consejos de Halil de levantar el cerco; el sultán necesitaba un plan maestro para impulsar una bocanada de esperanza a sus planes, y lo concibió. En la noche del 21 al 22 de Abril, sesenta pequeños veleros pasaron del Mármara al Cuerno de Oro, siendo arrastrados por un arroyo con leños rodantes y trineos engrasados, empujados por fuerza brutal y el viento en sus velas. Los defensores vieron a estas embarcaciones “navegar por la tierra”, dando al traste con la alegría que supuso la llegada de refuerzos.  El 23 de Abril el emperador Constantino trazó un plan para incendiar barcos venecianos con los que destruir naves otomanas, pero terminó en fracaso. Asimismo, los sesenta veleros introducidos en el Cuerno de Oro cumplieron con su misión principal de construir un pontón flotante sobre el que situar más cañones para hacer presión en las murallas.

Mapa del asedio

El 4 de Mayo llegó a los cuarteles otomanos la noticia de que el Emperador Constantino XI se negaba a rendir la ciudad y la defendería hasta su último aliento. Los morteros hacían estruendo en las colinas de Gálata mientras hundían un barco genovés. El 6 de Mayo Mehmet II lanzó un infructuoso ataque con treinta mil hombres a la zona más castigada por la artillería, pero los bizantinos lo reparaban todo de noche con maderos y sacos de arena. La segunda oleada fue nocturna, de otros treinta mil individuos, y atacó la zona que iba desde el Palacio de Porfirogénitos hasta la puerta de Carisio; no se pudo reparar nada. Los días 16, 17 y 21 continuaron maniobras turcas para romper la cadena; infructuosas.

El 16 de mayo, los minadores serbios cavaron túneles bajo las murallas en torno a la puerta de Carisio, pero estos túneles fueron sabiamente detectados y destruidos. Se cree que se empleaban enormes toneles de agua dispuestos sobre el suelo o encima de arcos arquitectónicos; así las reverberaciones de los picos hacían vibrar el agua y se podían detectar.

Dos días después, el 18 de Mayo, otra torre pretendió tapar el foso y vencer la defensa, pero fue destruía con fuego griego; que por otro lado comenzaba a agotarse. Aún así, las ruinas de la torre y el montículo resultante eran útiles para superar los muros. Para curiosear el estado de la defensa, el 23 de Mayo Mehmet II mandó a un embajador; sabía que la respuesta sería negativa. Lo empleó para obtener información sobre la cual comenzar a preparar el último ataque.

La noche del 24 fue fatídica de murallas adentro. Se produjo un eclipse lunar, atemorizando a los defensores con el cumplimiento de una profecía consistente en que Constantinopla solo resistiría mientras la luna brillase en el cielo. Además, al día siguiente, durante una procesión una de las figuras se cayó y rompió, bañado todo esto con una lluvia de granizo totalmente inesperada. Los ánimos decayeron. Ya sólo lucharían por sobrevivir.

El 26 de Mayo llegó al campamento otomano un emisario húngaro que advertía de la llegada de un ejército cruzado si no deponía las armas y al que  Mehmet no hizo caso alguno. Esa noche los turcos celebraron grandes banquetes bajo la triste mirada de los defensores griegos. La noticia del ejército cruzado dio poder a los argumentos de Halil, pero Mehmet II estaba decidido; incluso recorrió el campamento dando ánimos a oficiales y soldados.

El 28 de Mayo los preparativos estaban listos. Mehmet prometió los tres días de saqueos que permitía la ley islámica. El material de asedio se apiló frente a las murallas, y los bizantinos repararon lo que pudieron.

Aleo e polis. El ataque final dio comienzo con las primeras luces del 29 de Mayo de 1453. Tres terribles oleadas de turcos fueron imposibles de resistir por los defensores. Lo peor de todo, al gran Giovanni Giustinianni Longo lo hirieron de un arcabuzazo. Este noble comandante, nombrado protostátor y al que el mismísimo emperador le prometió la isla de Lemnos, fue montado en su barco anclado en el Cuerno de Oro y transportado a la isla de Quíos, donde vería el fin de sus días. Comenzó la huida generalizada en la que los griegos más ricos ofrecían todo cuanto tenían por ser montados en un barco que huyese.

Aleo e polis. La ciudad cae


Irregulares y jenízaros entraron por la montaña de escombros humeantes que era ahora una de las torres de San Romano (derruida con una carga explosiva dispuesta en un túnel bajo ella) así como sus muros hechos polvo a cañonazos. El contingente jenízaro alzó su bandera en las murallas como señal de que la defensa había caído. Constantino XI se retiró a la Puerta Áurea, resultando herido y muerto por infantería ligera otomana en el transcurso. Pronto comenzó el saqueo. Botín y esclavos fueron los trofeos de los turcos, aunque muchos aceptaron sobornos y se respetaron varias inglesias, quizá por orden de Mehmet o por el origen cristiano de numerosos jenízaros.

Mehmet llegó a Santa Sofía. Prometió seguridad a los que se refugiaron en ella, sacerdotes o profanos. Los días 30 y 31 fueron invertidos por los otomanos en poner en orden a las tropas desbocadas y reorganizar a la población local en sus hogares; las recuperaciones y puestas en funcionamiento de las plazas fuertes tomadas debían ser rápidas para ahorrar gastos. Se estima la muerte de unos cuatro mil individuos entre militares y civiles. Incluso Mehmet pagó el rescate de cristianos poderosos capturados por sus hombres, pues harían falta ciudadanos de valía para administrar la ciudad. Su plan, como es sabido, era convertirla en la nueva capital de su imperio. A Santa Sofía la perdonó, volviéndola mezquita; la destrucción fue mínima, pues incluso a los frescos simplemente los tapó con algo de yeso.

El primer día de junio Mehmet el Conquistador entró en fastuoso desfile a su nueva Ciudad y se dirigió a Santa Sofía para realizar sus oraciones y escuchar el sermón sobre sus victorias. Se vio a sí mismo como heredero del testigo imperial anterior, tanto que los cronistas lo llamarían Emperador de Romanos. Ahora, elevaría de nuevo a Constantinopla a su estatus de polis imperial y magnífica. Mehmet II fue relativamente respetuoso con los locales, tanto que reinstauró la religión ortodoxa y en cierto modo asumió su patronazgo.

Pero una cosa deberá quedar clara; ya no sería nunca más Constantinopla. Había nacido Estambul, la capital de un imperio que duraría hasta el año 1922.


CONCLUSIÓN

Como he pretendido narrar, la Caída de Constantinopla supuso un verdadero hito histórico. A mi juicio, la verdadera pena del asunto es que desapareciera Bizancio por completo. Es triste, como estudiante de historia, ser testigo mudo de los avatares de la vida humana; llega un punto en el que te acostumbras ver alzarse y caer imperios, e incluso le pillas el gusto. Por supuesto, son numerosos los “y si…” que se le vienen a uno a la cabeza. ¿Y si occidente hubiera ayudado presentando batalla? ¿Y Constantino XI hubiera contado con la ayuda del Papa como un cristiano, y no como un cabeza de la iglesia a la que se vio obligado a formar parte?

Desde luego, queda claro y pueden llamarme materialista, que el dinero y el interés económico siempre estuvo presente en el conflicto. De hecho, los venecianos pudieron mantener, a base de negociar, cierto control en Pera. De todos modos, los otomanos cerraron las vías a oriente al poco, eso explica las expediciones navales por mar abierto. No obstante, algo de idealismo tiene el asunto, pues la conquista se volvió cuestión de honor, fe y deber para los del turbante.

Quepa concluir al pobre de Pere Juliá. Catalán, él y todos sus hombres murieron durante el asalto final. Este hombre, como ha sido costumbre en todos los armados de Hispania, luchó hasta las últimas consecuencias, sin que se contara uno huido y lejos de la tierra patria. Aunque Aragón aún cabeceaba en otra dirección, creo que viene al caso mentar un vetusto refrán:

“No hay puñado de tierra sin una tumba española”


La historia, maestra de la vida y siempre ignorada.

domingo, 30 de marzo de 2014

El galo muerto

     Saludos, coimas y barraganes. Aquí traigo, como muchos me han pedido, mi relato ganador en cierto concurso que organizó Tercio Creativo, una empresa de miniaturas nacional dedicada a recrear en un universo paralelo al s. XVII los maravillosos encontronazos a capa y espada que tanto gustan por estos lares míos. La bases eran, resumiendo, crear un personaje de estética "gala" (gabacha) en dos páginas. Este es el resultado. Ahora lean, o no.

---X---

Pascal "Le Mort", el Galo Muerto

Hijo de un ahorcado y una meretriz que finó su vida al traerle al mundo, Pascal creció triste y torturado, lejos de misericordias, en la frontera entre tierras galas e Iberia, por supuesto del lado galo. Fue un niño de mirada lacrimosa, que no llorón, así como de tez pálida. Se crió en un hospicio, donde lo vendieron a un matrimonio de granjeros que tuvieron a bien emplearlo de pastor, lechero, bracero, leñador y cuantos oficios fueren menester con tal de ahorrar moneda. Cuando se hubo hartado de correazos en el lomo y sopas de cebolla, corrió dando de cabeza en el ejército, sumidero de patanes, fugitivos, bravos y matasietes. “Si polvo soy y en polvo me convertiré” se decía Pascal, “muerto soy y en muerto os convertiré”. Nunca fue buena idea poner filo en manos de mente torturada.

 A las dos semanas de haber ingresado como mozo de cuadras en un regimiento de caballería, hirió de muerte a otro mozo al reírse este de él llamándole “fantasma de rata”. La noche víspera a su ejecución se produjo una encamisada, un asalto nocturno al campamento, por parte de los soldados del Duque del Alba. Aprovechó la confusión para huir, resultando herido y llegando enfermo y maltrecho cual muerto viviente a un fortín aliado, donde fue ingresado como ayudante del armero. Su aspecto enfermizo seguía provocando burlas y chanzas a pesar suyo, pero lejos de la lástima, su mente ofidia maquinaba la venganza. Una noche se coló en barracones, daga en mano, y empezó a hacer eterno el sueño de sus jocosos camaradas. Airoso habría salido de aquella de no ser por un sargento que, desvelado al fondo del barracón, limpiaba su pistolete. Se llevó Pascal un tiro que lo tiró de bruces en cuanto el sargento levantó un ojo. Dándolo por muerto, el curtido soldado corrió a buscar a un capellán, pues poca solución podía poner un cirujano ya a las gargantas abiertas. Cuando volvió con el clérigo, donde había estado el enclenque y enfermizo Pascal ahora solo había una mancha de sangre. La credibilidad en las palabras de un veterano y los temores de un sacerdote, unido a hechos futuros, alimentarían su leyenda.

Pascal, lejos de la inmortalidad de un fantasma en pena, huyó con el lomo herido hasta una aldea cercana, donde dio la poca plata que llevaba encima por que le curasen, alegando haber sido asaltado. La bala entró y salió por encima de un riñón, herida tan limpia como sangrante. Fue sanado y atendido por un modesto barbero local y su esposa. En cuanto le creyeron dormido, Pascal se deslizó por la casa hasta encontrar a sus anfitriones, degollándolo a él mientras obraba en la letrina y a ella en el lecho; temía ser entregado a la ley a cambio de recompensa por lo acontecido en el fortín. Las noticias de un matrimonio asesinado durante la noche por un espectro corrieron como la pólvora, sumado a las historias que contaban los soldados de la frontera.

Y así, malsano y enfermo de cuerpo y mente, Pascal vagó alimentando las historias sobre un individuo mortecino, apagado y tristón que se aparecía bautizado en sangre para dar muerte en las oscuras noches.  Habría continuado la leyenda de no ser porque un gobernador local, harto astuto como para no creer en fantasmas y viendo que una mancha así fuese a dañar su imagen, consiguió apresar a Pascal a fuerza de tretas y trampas. No obstante, lejos de ajusticiarlo, decidió devolverlo al ejército: indultaría a una bestia que tendría por estandarte el terror, pues las desgracias de su vida corrieron por bocas de mercenarios y contrabandistas propios de las idas y venidas fronterizas. Años después, cuando Pascal era ya un hombre recio y extrañamente vivo, hecho y deshecho por estocadas, cirujanos, tiros y barberos, se declaró guerra abierta a Iberia. Muchas muertes se le atribuyeron, desde recios soldados a bisoños mochileros. Muertes como las que oficiaría en aquella terrible noche de Noviembre, en un puesto de artillería junto a un paso de interés comercial que conectaba Iberia con los mercados del Norte…



Artilleros, soldados y mozos mochileros no cedían un palmo de tierra, a coste de sangre, acero y maldiciones. En tierra de frontera y al amparo de la luna muerta y negra un grupo de galos provistos de armas ligeras había pillado imprevisto a un emplazamiento artillero de los Tercios, pero ni la noche ni la sorpresa arrancan el coraje y la determinación de unos soldados curtidos en el orgullo y la batalla.

Los asaltantes, unos treinta, habían acribillado a pistoletazos y granadas a los soldados dormidos, habiendo previamente aireado los gañotes de los centinelas. Lo que estaban comprobando los galos es que los soldados de Iberia, ya fuesen  seguidores del Antiguo Régimen o al mando del Duque del Alba, nunca están malheridos, sino en todo caso mal heridos, pues aún teniendo las tripas colgando, el más bisoño de todos ellos se las terminaría de descolgar para ahorcar al enemigo. Pistolas descargadas y muy ajustados para soltar pólvoras mayores, se medían con aceros. El objetivo era hacer tiempo mientras los zapadores desmantelaban los soportes de madera de los cañones y les cerraran los agujeros para detonante con una puntilla gruesa. La tarea se vislumbraba ardua pues el capitán de los soldados allí destacados, un coloso ibero de mirada fiera y espada prendada de carne ajena, componía un obstáculo irreductible y piral de moral para sus hombres.

De esta forma el tiempo, cruel e invencible enemigo de mortales, apostaba en contra de los galos. Los zapadores no trabajaban bien ni rápido, teniendo que empuñar las armas y soltando las herramientas constantemente por el arrojo de los iberos. Si seguían así, habrían de huir, cosa poco aconsejable si uno no quería enfrentarse a una acusación de deserción o desacato. La otra posibilidad era seguir trabajando a duras penas, hasta que llegasen refuerzos iberos alertados. La muerte era el único final, y la solución.

De entre el grupo de galos emergió una figura. No era alto, ni fornido. Ni siquiera parecía vivo. Tez pálida, enferma, ojos perdidos. Un mostacho negro, cano y seco a juego con unos cabellos lacios y fantasmales. Por vestiduras, ropa dura y vieja como él. La coraza, única armadura, era de acero abollado y agujereado, testigo de tiros y centellazos. En una mano una espada, fina y larga, de cazoleta rumiada en torbellino de cuchillas más que testigo de batallas. En la otra, un objeto terrible: un broquel, de puro acero, con una cruenta calavera de mandíbulas desencajadas representada en él; innegable era el macabro humor del herrero artífice pues en el centro de la pequeña rodela imperaba un filo plano y puntiagudo, como ancha daga, simulando ser la lengua del cráneo representado. Su aspecto pues era terrible.

Los iberos, de solo verle, apretaron los dientes y doblaron el esfuerzo. Todos lo conocían, todos sabían quién era Pascal le Mort, o como lo nombraban entre tragos los hombres del Duque, el “Galo Muerto”. Y es que de nada sirve el mejor acero si los más valientes hombres creen tener que enfrentarse a algo que muere todos los días y resucita todas las noches.

Los amigos le abrían hueco y los enemigos lo miraban con recelo, y así encabezó a los galos topándose primero con el capitán ibero, comprendiendo todos los galos al instante que esa presa correspondía al pálido Pascal. Frunciendo su ceño y los lacrimosos ojos en la mirada de toro bravo del capitán, se puso en guardia. Comenzó la danza de la muerte, en la que el galo marcaba el compás.

El capitán, duro y tenaz, asestaba golpes fieros, arrojados, despreciando la integridad propia. Pascal, como una marioneta accionada por un macabro comediante, danzaba con su fisionomía de espantapájaros encerrado en una coraza raída. Respondió a una estocada con una finta, procuró un buen tajo a la parte trasera de la rodilla del capitán enemigo y un golpe horrible en su muñeca diestra, desarmándolo. Antes de que se diera cuenta, el vigoroso oponente estaba rodilla en suelo y tanteando para sacar una daga de vela, cuando Pascal le dio el beso de la muerte.

Le propinó un rodillazo en el poderoso mentón y cuando el capitán alzó involuntariamente la vista, le sobrevino la muerte. Con un golpe certero y magistral, Pascal coló la lengua de acero de su macabro broquel por el hocico del vencido, haciendo saltar dientes y sangre para luego atravesarle la garganta y hacerle asomar la punta ahora bermellón por debajo del cogote. Extrajo el arma, que produjo un grimoso sonido de succión, y pateó al cadáver que cayó inerte, postrado. Los galos lucharon enardecidos por su líder y los iberos, pasmados, recularon. Se venció la escaramuza y se silenciaron los cañones dormidos. Los pocos mozos y soldados jóvenes que huyeron contaron lo sucedido, regado por vino y lágrimas y la fama del Galo Muerto siguió recorriendo fortines, tabernas y corazones temerosos.

Tras la máscara de la leyenda habita un hombre, un muerto en vida, que derramará tanta sangre amiga o enemiga como pueda por vengarse de un mundo que no le concedió hogar, familia ni tregua.

jueves, 2 de enero de 2014

Sangriento cénit

Los finales no siempre son felices. A veces, lo feliz es que haya un final. En esta tercera y última entrega de El ciego que desafió al Sol se narra como culminan una serie de hechos insólitos, atados a la vida del joven Dorell Bauport. La entrega anterior, indispensable para comprender el contenido de lo aquí narrado, es Dos soles. Decidan ustedes ahora si quieren o no arriesgarse presencial el final de otra historia, o mantenerla imperecedera e inconclusa en sus mentes.

---X---

Piegro pasó volando a toda velocidad a la altura de su nuca, piando enérgicamente, y Dorell giró sobre su propio eje alzando el escudo para bloquear el golpe de una maza de hierro de factura simple. Ignoró al enemigo que dejó atrás, dándole la espalda, de la que colgaba la enorme espada enfundada en metal de la que no se desprendía jamás. El fulano de cara sucia y ropajes de cuero remendadas era un miliciano, que a punto estuvo de ensartarlo con una lanza de no ser porque el búho de las arenas se abalanzó directo al rostro, sacándole un ojo de un solo golpe. Esas garras servían para más que escarbar nidos en la tierra cálida.

La escaramuza se desenvolvía según lo previsto. Los hombres de escudo de los nara-terun, capitaneados por Dorell, habían tomado por sorpresa a la retaguardia de un grupo armado corzalino; unos treinta soldados y poco más del centenar de milicianos. Milicia. “Si tienen hambre y no con qué pagar, que se coman su propia carne”, llegó a oírle decir Dorell a un aristócrata lejos, en Córzalon. Los hombres de escudo rondaban los ochenta individuos, el factor sorpresa había resultado muy útil; todo gracias a los exploradores. No fue en absoluto complicado encontrar al enemigo: algunos estaban borrachos, y producían escándalo de peleas y canciones día y noche. Una actitud demasiado despreocupada para un entorno hostil, impropia de los estrictos y tiránicos corzalinos que iba contra el mismísimo lema del ejército: “recto e implacable como la senda del sol”. Por desgracia para Dorell, su amor por la tierra libre y su nueva gente a veces le llevaba a olvidar (queriendo y sin querer) las artimañas de los que desde hace seis meses llamaba “hombres de lejos”, corzalinos. Los atacaron al amanecer.

Habían pasado sólo seis meses desde que Bauport se había convertido en el líder de los hombres de escudo, pero tanto su valor compasivo como ese aura de misticismos y protección que tejieron Maren y su hija en torno a él lo convirtieron rápidamente en uno de los miembros más carismáticos y admirados dentro de la tribu. Si misión actual era cazar las patrullas de milicianos que atravesaban Las Lomas, y de momento lo estaba consiguiendo.

En estos momentos, blandía una espada corta de hierro detallada con ámbar y oro así como un escudo de madera y piel adornado con glifos protectores del Anciano Blanco. Sus hombres, como él, luchaban con espada corta y escudo, y todos tenían los pies pintados de blanco. Incluido él mismo.

En el momento que Piegro se alejó del rostro ensangrentado del rufián, Dorell le provocó un tajo garrafal en el pescuezo, dejando al oponente desangrándose como un cerdo. Describió un círculo alrededor suyo por ver si tocaba hierro con acero, pero entorno a él la lucha estaba tan muerta como el enemigo. Piegro lo guió hasta un reducido número de valientes necios que, con unos frondosos matorrales de espinos a la espalda, se defendían a muerte de los hombres de escudo.

Un par de docenas de los guerreros desataron hondas de cuero de entre sus ropajes de piel, y comenzaron a bombardear a los oponentes con un aluvión de piedras. Cuando las caras empezaron a crujir y las lanzas miraron al suelo, los hombres de escudo cargaron con más gloria que pena. No hubo prisioneros. El combate terminó antes del medio día.

Siguiendo la costumbre, los morenos y atezados guerreros saquearon los cadáveres: sólo cuchillos de acero y las cotas de malla de dos sargentos fueron de interés; ni una espada, ni coraza. Reorganizó a sus hombres, cargaron a los heridos en camillas improvisadas con las ropas de los vencidos y astas de lanza, y a los muertos les pintaron la cara de blanco y los enterraron. Pusieron rumbo noreste, pues la batalla había sido en un vallecillo torrencial de los que solo llevan agua cuando se dan los Días de Lluvia, algo más al sur de donde se produjo la última batalla de Dorell como Hijo de Aetán.

Así pues, con Piegro revoloteando alto en torno a las inmediaciones del grupo para vigilar, los nara-terun llevaban aproximadamente medio día de viaje. Dorell caminaba distraído, agradeciendo un sol cálido y puro. Estaba perfectamente recuperado de sus antiguas heridas y tenía claro que su futuro estaba con su pueblo, y quizás con alguien más. De repente, los hombres gritaron y retrocedieron, y Dorell cometió el acto reflejo de mirar en todas direcciones sin ver nada. Piegro llegó a toda velocidad y comenzó a tirarle de sus prendas de piel de ciervo rojo, incitándole a que corriera. Dorell permaneció en el sitio, con los nervios crispados y una mano en el pomo de la espada corta y puntiaguda. No lo vio, pero lo olió. Un olor a fuerza salvaje, a muerte rápida. Un tigre emperador.

Enorme, más grande que un caballo, saltó de entre unos matorrales altos. Un animal extremadamente corpulento, capaz de arrancarle la cabeza a un hombre de un zarpazo. El pelaje era de color ocre con rayas oscuras, y una cresta de pelo marrón casi negro le recorría todo el lomo, desde donde nacía la cola hasta la parte superior de la cabeza. Dorell era un hombre honorable, pero seguía siendo un hombre, así que el miedo le agarrotó los músculos inmovilizándolo. El tigre se acercó tanto que pudo sentir el peso de sus pisadas en el suelo de alrededor. Un escalofrío recorrió su espinazo. Entonces se produjo la sentencia de muerte para cualquier presa: un instante de silencio sepulcral. De repente, era demasiado tarde.

El tigre dio un salto, tan enorme como era, derribando a Dorell. Cayó de espaldas aparatosamente, y los hombres corrieron a socorrerle; Piegro cogió altura para lanzarse en picado. El tigre comenzó a gruñir, un gruñido que a Dorell se le antojó como si una tormenta quisiera escapar de las entrañas de la criatura, y de repente brotó el rugido. Bauport no había oído jamás algo semejante, ni las campanas de la Torre Celeste de Córzalon ni los cuernos enanos que oyó en cierta ocasión en una lejana montaña sonaban así.

Pero antes de que los hombres, o al menos los pocos que siguieron con la idea de salvarle en la mente, llegaran al animal, este saltó con increíble gracilidad y se perdió entre unos arbustos espesos y altos, de hojas verde claro y frutos diminutos y amarillos. Reincorporaron a Dorell.

-¡Daurel, Daurel! ¿Estás herido? –uno de los hombres de escudo, morenos de piel y barbudos, le puso la mano en el hombro y lo miró de abajo arriba.

-Nada. Bien, bien – Dorell se comunicaba en su primitivo idioma, mucho menos rico en léxico que el corzalino pero casi igual de musical y agradable al oído. Había tenido tiempo de aprenderlo.

Los hombres viajaban en un grupo cerrado con parejas de exploradores que iban y venían, a pie. La marcha era tranquila, y las únicas veces que hablaban era para decir que no ocurría nada o para el cambio para portar a los heridos. Dorell se había acostumbrado a caminar por terreno irregular, con paso decidido y gracias a Piegro, que le avisaba con un gorjeo antes de tropezar con ningún obstáculo.  Por supuesto, necesitaba asistencia en labores concretas, pero los hombres se la prestaban gustosos; realmente tenían fe en él, gracias al apoyo que le concedieron el Anciano Blanco y su hija. A menudo, Anamara era un tema recurrente en los fugaces pensamientos de Dorell.

Llegado el anochecer, se determinó establecer campamento. Escogieron una zona rodeada de hierba alta y matojos de espinos. Con gran habilidad, arrancaron y despedazaron los matojos de espinos que estorbaban. Estos fueron usados junto con la hierba alta para coser una especie de barricada herbácea y así evitar que se aproximaran alimañas en la noche. Hicieron lechos también, asegurándose de que no había ninguna madriguera ni hoyo de escorpiones cerca. No encendieron ningún fuego y comieron tortas asadas frías; sobra decir quién se las preparó a Dorell. Se establecieron turnos de guardia y la mayoría se fue a dormir, como una gran manada. Dorell no hubo de hacer guardia, y se fue a dormir. Piegro, puesto que no podía ver a los roedores con la hierba tan alta, picoteó una torta y se fue a dormir junto al cuello de su protegido, hecho un ovillo de plumas suaves, esponjosas y del color de la arena. Todos conciliaron un sueño tranquilo.

No obstante, ninguno era consciente de lo que se hallaba en la oscuridad de las planicies. Porque peor que vivir el desencadene de un hecho terrible, es la promesa de vivirlo irremediablemente en un futuro. Un individuo irrumpió en el campamento. Un individuo que había pasado desapercibido a los oídos de los guardias, que había atravesado la empalizada y ahora estaba de pie, sin haber sido visto aún, junto a Dorell.

-¡Corre, Daurel, el  Anciano Blanco espera! ¡Hay peligro! –gritó en mitad de la noche, y el revuelo fue mayúsculo. Nadie prendió ningún fuego, pero por doquier había hombres de escudo aferrándose a sus espadas, tanteando en la noche y gruñéndose unos a otros. Dorell dio un pingo, alarmado, y tanteó en vano buscando su arma. No oyó lo que decía.

-¡El Anciano Blanco llama! –pronto unos hombres de escudo lo prendieron, alarmados, justo cuando Dorell había oído lo que decía. Era un nanga, perteneciente a una tribu de las Hierbas Altas, próxima a los nara-terun, valiosos aliados conocidos por ser excelentes exploradores y buenos lanzadores de jabalina; apreciados por seguir senderos invisibles en la estepa, auténticos navegantes de la sabana. Este, en concreto, era afortunado de no llevar arma alguna que pudiera situarlo en la desgraciada tesitura de un asesino capturado. Sólo era un mensajero.

-¡Quietos! ¡Tú, habla! –dijo poniéndose en pie. Uno de sus guerreros tomó su mano diestra y puso en ella la espada de hierro adornada con hilos de bronce y pomo de ámbar. Piegro miraba fijamente al individuo con unos ojos de insondables pupilas negras rodeadas por un ribete ambarino. De repente, despreocupado, comenzó a rascarse bajo un ala con el pico.

-¡El Anciano Blanco te hace llamar! ¡Problemas al norte, cerca de los nara-terun! ¡Guerra! ¡Muerte!

Esas palabras, atropelladas y jadeantes, fueron suficiente para que el corazón de Dorell diera un vuelco y latiese como la estepa bajo una estampida de ciervos rojos.

-¡Despertad! ¡Guerra! ¡Proteged a los nara-terun! –gritó girando en redondo, para que todos lo oyesen y quedase clara la orden.

-¡Nunca viajamos de noche! ¡La estepa es oscura! –gruñó uno de los guerreros más veteranos.

Dorell alzó el brazo y Piegro se posó en su puño, sujetándose suavemente con sus garras para no hacerle daño. Extendió las alas con plumas naranjas como los rayos de un sol dormido. Dorell sonrió satisfecho, y todos comprendieron. El numeroso grupo se puso en marcha.

Como un lucero azafranado, Piegro guiaba la marcha, seguido por Dorell, cosa que contribuyó a su respeto en el grupo, pues los nara-terun temen a lo negro de la noche igual que idolatran el blanco del día. Él, en su condición de ciego, caminaba igual en penumbra que en claridad. Además una especie de vínculo lo unía a Piegro, que cabriolando por el aire, piaba de tal o cual forma, comunicándose con su amigo invidente. Algunos hombres miraban nerviosos de un lado a otro, temiendo por el tigre del día anterior.

Así, tras toda la noche y el día siguiente de marcha, llegaron a la aldea principal de los nara-terun, allá donde Dorell fue acogido. Todos estuvieron de acuerdo en que sin el búho de noche y el nanga de día, el trayecto habría sido más largo y lento. Al margen de lo que podría ser considerada una situación crítica, la aldea seguía su ritmo habitual, solo perturbada por una menor presencia masculina en las labores mundanas. Por el contrario, el Anciano Blanco Maren sí los recibió exasperado y turbado en la puerta misma de la aldea. Apenas tenerlo cerca echó mano del brazo de Dorell para guiarlo rápidamente hasta su choza. Por el camino se cruzaron con numerosos nangas que afilaban sus puntiagudas jabalinas, de caña y punta de bronce en forma de hoja de laurel, que conversaban amenos con hombres de escudo, los cuales seguían con la mirada el paso agitado de Dorell y Maren.

Atravesaron la entrada seguidos por el aleteo de Piegro. Anamara estaba seria y muda, sentada en un catre. No le hacía falta ver, Dorell la sintió. Maren, nervioso, comenzó a hablar:

-El jefe Arelan está muerto –dijo, estrechando las manos de Dorell- hace dos lunas, muerto.

-¿¡Qué!? ¿¡Muerto!? ¿¡Cómo es posible!? –bramó Dorell en corzalino, palabras que el viejo chamán recibió con mirada interrogante, e hicieron a la joven Anamara clavar la mirada en él, ausente.

-Mandé al nanga para buscarte, pero el mensajero llegó tarde –prosiguió el ilustre- Come algo. Una asamblea espera- y el anciano salió fuera, aguardando para llevarlo hasta la Tierra Blanca y discutir entre los notables restantes en la aldea, pues muchos habían partido con Arelan. Maren se encontró con el nanga y lo miró con reprobación.

-Tu jefe recibirá mis quejas con furia –le espetó, seco y con su voz venerable, el Anciano Blanco al mensajero.

-Lo suplico, Anciano Blanco, piedad. No fue culpa mía, sólo cuidé del mensaje poniéndome a salvo –respondió el nanga con voz lastimera.

-¿A salvo de qué? –los ojos del anciano, castaños e insondables como la estepa, se clavaron en el alma del nanga.

-De un tigre emperador, Anciano Blanco.



Dorell, abatido física y moralmente, se tambaleó un poco, deseó hundirse entre los cojines cálidos y mullidos de su habitación, cuando era niño. Qué lejos aquel caserío solariego, el dulzor de las uvas devoradas a escondidas. Qué lejos cualquier roce cariñoso, benefactor, desinteresado.

Anamara tomó su antebrazo derecho, y con la delicadeza de quien vuelve a colocar un recién nacido en su cuna, puso una cálida, especiada y cremosa torta de leche de cabra y bayas dulces. Dorell la devoró sin darse cuenta, hambriento. Luego buscó más con la mano, a posta la torta e inconscientemente la mano de la joven. Ella lo sentó en el camastro, y puso sobre su regazo de piel de ciervo rojo (tal como correspondía al jefe de los hombres de escudo) una esterilla de mimbre repleta de tortas. Comió rápido, en silencio. Ella, triste, lo contempló. Vio a un hombre bueno, amable y tranquilo, un ser de bien perdido en una vorágine de destrucción. Volvió a bajar la vista y derramó una lágrima. Piegro saltó al hombro de ella desde una repisa, y se acurrucó junto a su cuello, rozándose con su mullido plumaje y emitiendo un consolador gorjeo. Dorell se puso en pie y Piegro fue con él; ambos salieron por la puerta sin ayuda, pues Dorell se conocía de sobra la estancia. Maren, que daba golpes con su bastón de ámbar y arlino en el suelo como señal de impaciencia, los llevó a donde tendría lugar la reunión.

Como era habitual fue tras la empalizada interior, en el recinto de tierra blanca. Ya no estaba la guardia de élite del jefe, que marchó a luchar junto a él. Ahora había simples hombres de escudo. El grupo era apenas un tercio de lo que fue en la primera reunión a la que Dorell asistió, el día de su Juicio de Espada. La mayoría ancianos y algún hombre de escudo veterano; todos con los pies blancos, salvo Dorell y el nervioso Mindar, quien cuchicheaba rápidamente con su maestro Maren, provocando los gruñidos de este; desde luego llevaba días sin sonreír. Pronto comenzaron a hablar.

-Necesitamos un jefe nuevo –dijo, seco, un anciano demasiado viejo para luchar.

-No, necesitamos un jefe, necesitamos vencer –tajó uno de los veteranos, con la barba adornada con placas de asta de ciervo rojo.

-Me necesitáis a mí –dijo, resoluto, Dorell, justo cuando el Anciano Blanco iba a pronunciarse. Por supuesto, la expectación fue máxima y todos los rostros morenos enmarcados en cabellos y barbas rizadas, se fijaron en él- yo conozco al enemigo. He sido un hombre de lejos, he sido un hombre de hierro, y ya los he matado antes.

Todos se miraron entre sí, como quien ve una solución tan clara que hasta le hace desconfiar.

-Pero hace soles que no tenemos noticias de la tribu Gurme –dijo el mismo veterano que intervino antes- necesitamos sus mazas de sangre y su furia.

-Y su número –habló al fin Maren- varios escudos o mazas hacen falta para detener a un ciervo sin cuernos.

-¿Y los nanga? Han acudido –argumentó Bauport.

-Sus brazos solo sirven para arrojar jabalinas y sus ojos para seguir rastros. No luchan bien con el escudo y la espada –respondió otro veterano, uno con una fea cicatriz que le partía uno de los agujeros de la nariz.

-¿Qué queda, entonces? ¿Quién, nadie más? –dijo Dorell, alzando los brazos desafiante- ¿solo brutos con maza y débiles con dardos?

-No –tosió más que habló el Nara-Terún más anciano que Dorell había escuchado. Era un hombre reducido a su mínima expresión, que por la mirada de afecto y preocupación que Maren le tendió furtivamente, debía de haber sacado a relucir un asunto escabroso. Su voz era seca, como de un fuelle lleno de arena a punto de vaciarse- no. Están los nor-ghumar.

Todos los presentes emitieron un sonido de asombro y acto seguido comenzaron a cuchichear entre sí. Todos salvo Dorell, que se hallaba en una desesperante inopia. Maren suspiró abatido.

-Sí, los nor-ghumar. Los hombres de los carros. Antaño fueron nuestros hermanos –dijo el viejo, que se habría puesto en pié de no ser porque las piernas le flaquearon.

-Pero ya no, nos abandonaron hace mucho –dijo el primer anciano, el que intervino en primer lugar.

-¡Nos abandonaron en la lucha con la tribu Gurme, antes de tenerla como aliados!-gruñó el viejo veterano con la fea cicatriz.

-Una lucha que iniciamos nosotros mismos –y todos callaron al oír al Anciano Blanco- pues éramos nosotros los que necesitábamos las tierras de los hombres de maza para nuestras aldeas.

-¿Y qué hicieron ellos mientras ganábamos cada trozo con nuestra sangre? –gruñó un hombre de mediana edad, ricamente adornado con ámbar, probablemente dueño de alguna mina.

-¡Ganar la suya propia! –espetó Maren, volviéndose al pudiente, del que no aprobaba su presencia en la asamblea por dedicarse a algo poco digno como el lucro basado en el trabajo de otros- y gracias a que se fueron, o el jefe Areuan, padre del padre de…

-No es momento de hurgar en viejas rencillas –interrumpió Dorell. Nadie interrumpía al Anciano Blanco. Salvo, al parecer, su protegido- ¿Son nobles?

-Buenos aliados mientras duraron –dijo Maren, con el ceño fruncido.

-¿Viven lejos? –el joven hablaba nervioso.

-A tres jornadas de mensajero, ¡al este! –respondió el segundo anciano, con su voz rota, que se dejaba llevar por la emoción, como si él mismo quisiera recorrer la distancia a su renqueante paso.

-¡Hemos de avisarles, pues lo que un día acabe con uno, puede terminar con otro! –animó el joven jefe de los hombres de escudo. Los veteranos, más tácticos y castrenses, parecían coincidir.

-¡Sus carros tirados por enormes ciervos rojos podrían aplastar a los ciervos sin cuernos!-enunció el veterano de la barba adornada.

-Y son buenos en la lucha cuando se bajan del carro: sus mazas de cuerno pueden destrozarle el lomo a un tigre emperador de dos golpes –argumentó un tercer veterano, el aparentemente más joven, que jugaba con un guijarro entre sus manos curtidas y morenas.

Mientras la discusión proseguía, un hombre de escudo corrió apresurado, levantando una polvareda nívea. Llegó con la respiración alterada, más por el nerviosismo que por la carrera, y antes de acercarse al círculo gritó:

-¡Anciano Blanco! ¡Han llegado tres nangas! ¡Nangas que fueron con Arelan! ¡Los encontraron perdidos!–el hombre había soltado la espada y el escudo en la carrera, y apremiaba con las manos desnudas al anciano para que le siguiese- ¡Tienes que verlos, Anciano Blanco! ¡Tienes que oírlos!

Todos los integrantes de la asamblea se miraron conmocionados. Maren se apoyó por un instante en su báculo, cerrando los ojos y gruñendo para sí. Pronto fue con el hombre de escudo, no sin antes tomar a Dorell del brazo para que le siguiera. Piegro, en silencio, se situó en el hombro de su amigo. Una sensación de amarga tragedia mordió sus corazones cuando, al llegar a la tienda de Maren, encontraron un grupo de hombres de escudo discutiendo, junto a numerosos curiosos locales. Entraron.

Anamara atendía como podía a los tres heridos, en los camastros. Los tres nangas. Tenían las piernas destrozadas de correr, errantes, entre rocas duras y espinos.  Todos tenían la mirada ida, respiraban trabajosamente y en su frente perlaba el sudor; pero eso no era lo peor. Sus cuerpos estaban llenos de las heridas más cruentas que jamás Anamara había visto: era como cortes en plena cauterización, como laceraciones ígneas que devoraban su carne. Las costras eran de color negro y hedían a muerte, corrupción y carne quemada. A cada instante las heridas se hacían más grandes y humeantes. La sustancia negra, venenosa y corrosiva que las impregnaba no dejaba escapar gota de sangre alguna, y así heridas que no superasen la que podría haber infligido una flecha o un dardo ahora tenían las dimensiones del más cruento de los hachazos. Antes de darse cuenta, uno de los tres nanga sufrió unos estertores horribles y dejó de respirar.

-¡Fuera! –gritó Maren- ¡Salid!

-¡Padre… -dijo la joven, que intentaba dar de beber a los heridos.

-Todos, ¡todos! –gritó furioso el anciano, empuñando su báculo.

Dorell estaba confuso, solo había olido algo parecido a una mezcla entre carne putrefacta y cuerno quemado;  ahora Anamara lo conducía al exterior. Todos fuera empezaron a parlotear nerviosos, elucubrando. Sólo Dorell y Piegro guardaban silencio, inmóviles, intentando oír. Algunos hablaban de maldiciones, otros de una nueva magia de los hombres de lejos. Solo coincidieron en guardar silencio cuando Maren comenzó a demostrar su poder.

Primero del interior comenzaron a llegar unos murmullos guturales, que fueron aumentando hasta convertirse en rugidos arcanos y profundos. Aquellos que rodeaban la tienda comenzaron a alejarse, nerviosos, pero sin dejar de vigilar la entrada en penumbra, pues ya anochecía.

De repente hubo un estallido de luz y polvo blanco. La tierra tembló mínimamente, lo suficiente como para que dos hombres tropezaran consigo mismos y cayeran al suelo al intentar retirarse. Las pocas mujeres y niños que había chillaron y se metieron en sus chozas. Sólo Dorell y Anamara, sujetos por la mano, permanecieron atentos.

De repente, tras la nimia sacudida, un humo negro comenzó a escapar por la puerta y ventanas, elevándose en volutas y desapareciendo en la tenue brisa vespertina de la sabana. El humo era tóxico, haciendo toser y enrojeciendo los ojos del que estuviera demasiado cerca. Dorell se mantuvo impasible y Anamara se cubrió la cara tras su hombro. Como una exhalación, el Anciano Blanco surgió, impoluto, de la tormenta venenosa.

-¡Los cien hijos de Ashash! ¡Muerte negra! –dijo el anciano, con una voz abatida y llena de pesadumbre- ¡ha vuelto la muerte negra! –gritó a los hombres de escudo. Dorell no sabía de qué hablaba.

-¿Qué hacemos, Anciano Blanco? –preguntó un resoluto hombre de escudo. Maren se dirigió hacia él, y luego al resto.

-Corred. A todas las aldeas, nara-terun, nanga y gurme. Decid que yo, Maren, guardián y administrador de la Tierra Blanca, he convocado la guerra. Prometed piel de anillos de hierro, prometed ámbar y prometed sangre ¡Que mi mensaje corra por toda la estepa! –y dicho esto, la paz desapareció de tanta tierra como pudo bañar el sol en más de diez días de recorrido por un el cielo limpio.

A la mañana siguiente al menos tres centenares de hombres de escudo y algunos nangas que acampaban cerca se dirigían al noroeste, siguiendo la ruta que llevó el jefe Arelan con sus guerreros hace varios días. A la cabeza, Maren y Dorell. A todos asombró como Dorell cargaba con su pesada gran espada de batalla, envainada, a la espalda, además de su espada corta de hierro afilado y un escudo bendecido por el Aciano Blanco; nunca llevaba cota de mallas para evitar los tintineos al moverse. Nangas iban y venían rastreando el camino que siguió Arelan. En la aldea solo quedaron mujeres y niños y sólo los varones incapacitados para la lucha; eso incluía a Anamara y a los aprendices de Maren, entre ellos el joven y nervioso Mindar.

Durante ese viaje Maren tuvo tiempo de explicarle a Dorell qué era la Muerte Negra. Existe al norte, sobre el Valle de Soudgaren, una región rocosa que encierra unos pantanos terribles y oscuros. Y es en esos pantanos donde moran las terribles Brujas de la Ciénaga, mujeres que realizan pactos carnales y espirituales con los demonios animistas, engendrando así a los terribles monstruos que, en las noches más oscuras, se atreven a emerger de sus cunas para devorar a los hombres. La más terrible de todas ellas es Ashash y sus hijos, retoños de un terrible diablo serpiente, tienen la piel cubierta de escamas negras, la agilidad de una víbora y un veneno cruel, un veneno infame que untan en sus dardos y arpones que corrompe la carne como la ponzoña y la quema como el fuego. Al parecer, Ashash había emergido de su nido de lodo y juncos, y sus hijos tenían hambre. Estos pensamientos enturbiaban las entrañas de todos los nara-terun, pero eran un pueblo fuerte.

Al cuarto día, a solo uno más del destino, decidieron acampar junto a un riachuelo de los que se forman solo tras los Días de Lluvias, que ahora era poco más que un reguero de lodo. A la tropa se le fueron uniendo más batidores nanga, y ahora rondaban casi los cuatrocientos integrantes a la espera de encontrarse, si todo iba bien, con casi cuatrocientos nangas más y todo un contingente de guerrero gurme. El estado de los hombres de Arelan era un misterio.

Dorell estaba distraído, tendido boca arriba sobre unas pieles de cabra cosidas a modo de esterilla. Tenía su pesado espadón a un lado, junto al escudo, y la espada de hierro envainada y rozándole el costado; le transmitía tranquilidad. Se imaginaba la constelación de estrellas, inamovibles testigos de los devenires mortales, mientras Piegro bailoteaba entretenido sobre su vientre. A Piegro le encantaba canturrear, siempre fue alegre. Según pensaba Dorell esta alegría perpetua estaba quedaba justificada de sobra con el hecho de poder volar libre como un pájaro en vez de ser esclavo de sus palabras como un hombre. De repente, Piegro se quedó en silencio, y Dorell escuchó los ronquidos de los hombres dormidos.

Inadvertidos, sibilinos y taimados, una treintena de criaturas más negras que la noche serpenteaban por el lodo, con sus ojos cristalinos y acuosos buscando a las presas inadvertidas. Al llegar a la rivera emergieron del fango, mostrándole a la Luna y las estrellas su auténtica forma. Eran un endiablado cruce entre ser humano y serpiente, con cuerpos delgados y flexibles, extremidades ágiles y una cola fina y larga. Sus cabezas eran de pura serpiente, con terribles colmillos ganchudos retráctiles y lengua viperina e inquieta. Tres de ellos empuñaron cerbatanas cargadas de dardos provistos de su propio veneno. Eliminaron a tres de los guardias con precisión mortífera.

Las cerbatanas siguieron matando con su sonido sordo, hasta que ya habían caído veinte de los hombres. Una ráfaga de viento truncó la trayectoria de uno de los dardos, que fue a clavarse en el pie de un nanga dormido. Este, padeciendo un dolor horrible debido a la quemadura ponzoñosa del veneno, comenzó a gritar, alarmando a todos los hombres. Comenzó el ataque directo.

Veinte de los Hijos de Ashash fulminaron a la misma cantidad de hombres arrojándoles sus arpones de hueso envenenado. Luego todos se lanzaron a la carga. Corrían y serpenteaban por igual, mordiendo en las extremidades a los hombres, que en la penumbra mal se podían defender. Por cada nara-terun que clavaba la espada o nanga que acertaba con la jabalina, el bando enemigo ya había producido diez terribles y fulminantes bajas.

Dorell estaba de pie sobre su pellejo de cabra, escuchando únicamente los gritos de los hombres, pues los diablos del pantano no emitían sonido alguno más allá de un potente siseo al ver la muerte. Piegro revoloteaba sobre él, previendo las trayectorias de los enemigos con su mente de rapaz y preparado para alertar a su amo.

El búho de las arenas se precipitó sobre un diablo del pantano que iba a atacar a su amo y se aproximaba reptando a su retaguardia. Piegro se lanzó sobre sus ojos, hundiendo las garras en las cuencas oculares, para luego piar enérgicamente y elevar el vuelo. El monstruo se retorció como un rayo de carne y escamas, para quedar lacio y sin vida cuando la espada de Dorell le seccionó la parte superior del cráneo.

Como un meteoro naranja, Piegro pasó volando, rozándole el hombro izquierdo con las patas al joven. Este giró sobre sí mismo y se cubrió con el escudo, flexionando las piernas y esperando un impacto. Así fue, pues uno de esos diablos había saltado con las fauces abiertas dispuesto a arrancarle la yugular. Pero no encontró carne, sino madera. Uno de los glifos, sabiamente tejidos por Maren, estalló en sus fauces produciéndole unas quemaduras que hacían hervir su piel y despedían un vapor blanco y puro. Nuevamente, la hoja de Dorell bebió sangre enemiga.

Pero el caos era incontrolable, los hombres combatían a ciegas prácticamente y ya habían perdido a unos cincuenta hombres mientras que el enemigo apenas a una docena. Súbitamente el aire nocturno estalló, bañando con una luz dorada y cálida a los hombres de escudo y batidores, achicharrando los ojos de las bestias tenebrosas. Era Maren, que alzaba su báculo de arlino y ámbar sobre las cabezas de todos. Los mismos ojos de Maren producían destellos ambarinos y sus cabellos teñidos de blanco se agitaban con el poder de su magia. Los hombres, enardecidos y alumbrados, reaccionaron acribillando a los monstruos, pues su superioridad numérica era de diez a uno. Algunas de las criaturas consiguieron huir, arrastrando a pobres y agónicos heridos hasta las profundidades de la corriente de lodo, quizá hacia ríos subterráneos o quién sabe qué destino incierto. Entre heridos y muertos, perdieron a un centenar de hombres.



Anamara llevaba todo el día corriendo y agradecía la hierba verde y fresca de las llanuras fluviales. Sólo llevaba encima un pellejo de agua y la prisa en su corazón. Emprendió la desesperada carrera la misma mañana que la comitiva, en dirección contraria. Hace ya casi tres días. No podía permitir que, fueran quienes fuesen, destruyeran a su pueblo. Ni a su padre, ni a su Daurel. No podía permitir que un espíritu puro, redimido, amable como aquel joven de tez blanca sucumbiera en una guerra que se debía vencer gracias a él mismo. Él, que no pertenecía a ninguna tribu, debería unirlas a todas, igual que el Sol reparte sus rayos indistintamente cuando quema la penumbra. Pero necesitaban ayuda.

De repente, tras de sí, escuchó un gañido animal, un berrido de dos enormes ciervos rojos, que corrían uno muy junto de otro. Antes de darse cuenta, sus piernas quedaron inmóviles, unidas por un lazo, y cayó de bruces al suelo. Quedó inconsciente.



Masacre y cuervos. Al fin, los nara-terun, nanga y gurme de todas las aldeas se habían unido, formando un contingente de casi dos mil individuos. Una avanzadilla compuesta por los principales cada tribu había dado por fin con el jefe Arelan, o lo que quedaba de él. Había cuerpos en descomposición de engendros del pantano, nara-terun y hombres de lejos.

-Los hombres de lejos llegaron después –dijo Hanga, uno de los jefes nanga. Era bajo, con pelo y barba recogidos en trenzas con hierba seca. Iba vestido con ropajes de duro junco seco trenzado y llevaba tres jabalinas. Escudriñaba el suelo atentamente- con el combate empezado. Oportunistas. Los nuestros sufrieron dos emboscadas.

-A muchos se les clamará por venganza –tronó más que habló Brum, de los Gurme. Era igual de alto que Dorell, y no especialmente corpulento, pero las fibras de su cuerpo parecían talladas en dura roca. Portaba además una gran maza de hierro con pinchos en forma de ganchos, un arma contundente que otorgaba un aire mortífero a su figura, adornada con innumerables argollas de bronce. En su barba y cabellos lucía colmillos de jabalí. Era el hijo menor del maza de sangre que murió en la taballa, hace seis meses, en la que Dorell sufrió el accidente más afortunado de su vida.

Dorell se mantenía en silencio, al igual que sus hombres de escudo. Los nanga y los gurme discutían entre comenzar una guerra de guerrillas enfocada a las granjas enemigas o un potente ataque frontal. Esta avanzadilla no superaba los cincuenta integrantes, cuando llegó un grupo de batidores a informar, alarmados. Entre ellos, el batidor que fue encargado de llevar el mensaje a Dorell cuando luchaba lejos, al sur, hace días.

El revuelo fue generalizado, los hombres de Brum alzaron sus armas furibundos, y los nerviosos batidores de Hanga sopesaron sus jabalinas: los exploradores habían traído a un hombre de lejos, certeramente herido en el muslo. Mataron a su caballo y ahora traían a este desgraciado con un objetivo: hablar con Dorell. Todos se opusieron, todos menos Dorell y sus hombres de escudo. En pleno griterío, Dorell alzó sus manos y se hizo el silencio, pues la valentía y pureza del guerrero ciego, del perdonado por el tigre emperador, el viajero nocturno, era respetada en toda la estepa.

-Lo llevaremos al campamento, con el ejército –y el hombre, que venía cansado de forcejear, empezó a patalear y a llorar, pidiendo clemencia por él y por sus hijos.

-Sean tus palabras hecho –dijeron los batidores, y los hombres de escudo asintieron conformes. Los gurme estaban aún recelosos.

-¡Tu espada! ¡Reconozco tu espada! –gritó el corzalino, palabras que solo Dorell y Piegro entendieron. Lo ignoraron, pues para el resto de guerreros no eran más que bramidos ininteligibles. Siguió gritando a espaldas de Bauport- ¡tú eres el que desapareció, hace meses! ¡maldito, ahora eres un perro más! –Dorell siguió sin prestarle atención, y comenzó a calmar a Piegro acariciándole el buche- ¡Aetán te prenderá en llamas, a ti y a todos estos sucios salvajes!

Dorell hizo llamar a Brum y le tendió la mano, que el fiero hombre tomó. Dorell se acercó y le dijo:

-Cuando el hombre de lejos me haya contado los secretos de sus guerreros, tú, Brum de los Gurme, honrarás la muerte de tu padre sacrificando su cuerpo –con voz tranquila y átona.

La mirada de ojos oscuros y ceñudos acompañada de una sonrisa voraz y depredadora provocó que el corzalino se palideciera, comenzara a temblar y pusiera en zafarrancho las tripas.



-¡Miente! –gruñó un anciano con un tocado de astas de ciervo. Había otros tres más así en la sala, además de una imponente figura y una joven muchacha postrada y con los ojos llorosos. Era una habitación forrada al completo de pieles de ciervo rojo, y todos salvo la muchacha se sentaban en tronos de astas, con la figura preeminente en el centro.

-¡Los demonios del pantano llevan sin aparecer desde hace muchos Días de Lluvias, antes incluso de que yo viera la luz! –gritó otro anciano.

-¡Es una trampa, una emboscada para que los nara-Terun y los gurme nos aplasten como a una brizna seca! –dijo el anciano menos desmejorado. El más viejo de todos, con un ojo vacío, aún no había hablado.

-Mis ancianos hablan, mujer de la tierra blanca –habló la imponente figura central. Era de complexión atlética, testa poderosa y hombros anchos. Lucía pieles de ciervo rojo adornadas con un cinturón de bronce y piedras transparentes de color purpúreo. Su cabello estaba sujeto con una corona de bronce y gema al igual que el cinturón, y lucía la característica barba de los nor-ghumar: de color castaño claro, muy rizada y sin bigote.- ¡Guerreros! ¡Lleváosla!

En ese momento, mientras dos poderosos guardias ataviados con pieles de ciervo rojo y placas de bronce a modo de armadura la cogían por las axilas, como si no pesara nada, el gran jefe Aghaneon le dio la espalda al asunto y se dirigió al sabio tuerto. Justo cuando iba a hablar, fue interrumpido.

-¡No lo entiendes! –dijo la muchacha, con la voz quebrada por el llanto- ¡No se trata de los nara-terun, los gurme o los nor-ghumar! ¡No se trata de nuestras tribus! ¡Los hombres de lejos queman la estepa y construyen con piedra más alto que las lomas! ¡Devorarán nuestro sol y nos encerrarán bajo tierra para que busquemos su bronce brillante! –el jefe se volvió hacia ella, rojo de ira, con sus ojos de color verde como la hierba de su tierra enmarcados en unas cejas densas como arbustos- ¡Los demonios del pantano sólo son una consecuencia! ¡hasta ellos huyen de su hierro! ¡Sé un gran jefe! ¡Guía a tu pueblo!

El caudillo se levantó impetuosamente, dejando caer su pesado trono de astas. En el más absoluto de los silencios se habría podido oír a la sangre de sus venas hervir con la furia de mil estampidas, cuando la mano tibia y delicada del anciano tuerto lo sujetó. El marchito sabio se aproximó cojeando hasta la chica. Los guardianes, como perros amaestrados, la colocaron de pie y se retiraron. El anciano le secó las lágrimas con sus pulgares huesudos, empleando la delicadeza de quien recoge el rocío en pétalos de una flor; luego examinó minuciosamente las gotas con su único ojo funcional .Le dedicó una sonrisa desdentada, una sonrisa de las que prometen alegría, como las que hace soles que no asomaban en el rostro de su padre Maren. El anciano se volvió hacia el terrible Aghaneon.



Sangre y cadáveres. El desgraciado prisionero al que interrogó Dorell habló de un campamento abandonado, un puesto de avanzada construido cuando aún se estaba definiendo la frontera de ocupación corzalina hace años. Dijo que se mandarían un destacamento de varios cientos de hombres para ir preparando una ofensiva al interior de la estepa. Después de que el hombre fuera literalmente devorado por el terrible Brum, los nara-terun ocuparon el viejo campamento abandonado: poco más ya que una empalizada de rocas y maderos roídos, restos de hogares y un pozo seco. Allí permanecieron, alcanzando casi un millar de guerreros. Había cientos de nangas reptando por la estepa como exploradores, sin llegar a cruzar Las Lomas, frontera natural hacia el valle ocupado por los corzalinos. Los gurme protegían la retaguardia, o más bien eran mantenidos lejos a la espera de un enfrentamiento más decisivo, pues los nara-terun podrían ocuparse de unos cientos de soldados.

Y así fue. Llegaron poco más de trescientos milicianos y soldados, que se vieron abrumados frente a la masa de hombres de escudo, siendo además flanqueados por los nangas, que los acribillaron con sus jabalinas. La batalla duró escasas horas, y fue durante el saqueo de los cadáveres cuando Dorell ató cabos y se dio cuenta de que estaban perdidos.

Los hombres comentaban entre sí que apenas había pieles de anillos de hierro para repartir, al igual que ocurría con las espadas. Lo mismo venía pasando con las tropas erráticas que Dorell cazaba hace días al sur. Ni rastro de soldados con lanza y coraza, de sacerdotes y lo que es peor: de caballeros. Sólo eran cebos. Sus temores se justificaron al anochecer, cuando los hombres se distribuían para descansar fuera y dentro de un campamento que no podía albergarlos a todos.

Sabían que los guerreros de las estepas son inactivos de noche, que se confiaban con las victorias y que estarían en ese campamento. Todo había sido una red de señuelos tejida por las mentes de los maestres de campo en el Castillo de Soudgaren, pues en los pendones de las tropas lucía el escudo del caballo blanco y el castillo de los Vaugenet. Justo cuando los nangas llegaban corriendo para informar, aparecieron por lo alto de Las Lomas. Un núcleo de cientos de soldados acorazados, provistos de lanzas, espadas y escudos marchaba, arropado por ingentes cantidades de milicianos traídos de todas las granjas, prisiones y puertos de Córzalon, hombres hambrientos de oro y sangre con el brillo de un sol atroz rielando en sus ojos. Quedaría claro como los guerreros luchan por la necesidad de sus gentes, y los soldados batallan por el deseo de unos magnates.

El choque fue desmedido. Nangas, gurme y nara-terun vendían caro el pellejo. Los nangas aparecían y desaparecían entre matojos y hierbas altas, escupiendo jabalinas como avispas furiosas que calvan sus aguijones en una bestia enorme. Los gurme hendían yelmos y destrozaban espinazos, furibundos y enardecidos por su maza de sangre Brum.  Dorell dirigía a los hombres de escudo, en el núcleo de la contienda, contra los soldados. Ni rastro de Maren.

Brum, que bramaba como un psicópata mientras destrozaba a dos hombres con cada golpe, inició su ritual. Se sacudió un porrazo avernal en el pecho con su maza de pinchos ganchudos, un golpe que podría derribar a un hombre bien pertrechado. De repente, su maza comenzó a brillar con halos de energía roja y convulsa. Luego la alzó alta, como un pilar de muerte a punto de cernerse para sesgar las vidas de aquellos que estuvieran a su sombra. Y cayó. Como el apoteósico puño de un dios vengativo y salvaje, la maza se estrelló en el suelo, produciendo un cráter ancho como un pozo y tan hondo como alto es un hombre. El estallido causado por la pura magia salvaje lanzó por los aires a una docena de soldados, que volaron varios metros y cayeron, presas del pánico, sobre sus congéneres. Los Gurme cargaron enardecidos por el terrible poder de su jefe, que tenía los segundos contados.

Como una exhalación de acero, un diablo saltó de entre las filas de los soldados, pasando por encima del cráter, con una larga y aguda espada en sus manos. Un hombre vetusto, tuerto y con un mostacho erizado de pura furia, la cara contorsionada y sed de venganza. No llevaba yelmo, pero sí una armadura de metal de tres cuartos. Al igual que el despiadado y glorioso rayo parte a un orgulloso roble en dos en mitad de una tormenta, Gauchex atravesó la garganta del gran Brum, bautizando su barba pagana con los chorros de sangre que despedía su sonrisa de salvaje.

No obstante, aún había un sol con fuerza. En uno de los enfrentamientos más encarnizados contra un grupo de hombres de escudo, en la parte exterior de la pobre empalizada del campamento medio derruido, el mismo sacerdote de Aetán que dejó huérfano a Brum convertía en cenizas a los hombres. Con su fulgurante báculo de plata coronado por un sol y cabalgando a una mula blanca, despedía rayos de pura luz argentina, derribando y prendiendo en llamas a multitud de hombres. Sus cabellos níveos se agitaban con cada aspaviento que practicaba para manipular el poder de su bastón. De repente, uno de sus rayos se apagó, absorbido por una nube de luz ambarina. El sacerdote, raquítico y disminuido, lanzó otro rayo atroz, que volvió a ser absorbido. Casi se le salen los ojos de las órbitas cuando contempló al Anciano Blanco emerger tras un grupo de hombres de escudo. Guerreros, soldados y milicianos recularon, temerosos, pues dos potencias inimaginables iban a colisionar.

El sacerdote comenzó a trazar halos de luz plateada en el aire, siguiendo un ritual minucioso, mientras miraba nervioso al anciano chamán. Maren, por su parte, impregnó sus dedos en arcilla blanca y se repasó las facciones del rostro mientras murmuraba con voz gutural. Uno y otro estaban abandonados a sus rituales, con los corazones encogidos. El sacerdote cerró los ojos para concentrarse en su dios Aetán, y comenzó a ver la luz. Una luz pura, blanca, cálida. Una luz que le quemaba por dentro y por fuera. Maren había terminado primero, y mientras alzaba su cayado y gritaba a los cielos, del oscuro firmamento brotó un rayo de luz alimentada con las últimas lenguas de luz solar. El día murió finalmente y de forma prematura, al igual que el sacerdote, su mula y una veintena de soldados, que terminaron abrasados por la luz de las estepas. Una pérdida importante para los corzalinos y un respiro vital para los hombres libres.

Dorell, que luchaba en el interior del campamento, se defendía a duras penas. Gracias a los glifos que Maren intrincó sobre la piel que recubría el escudo había evitado más de un golpe mortal. Piegro revoloteaba a su alrededor como un satélite gorjeante, y ambos empezaban a no dar abasto. Por suerte, en el campamento solo entraron milicianos, hombres torpes y brutos que los consumados guerreros de los nara-terun conseguían afrontar, pese a la superioridad numérica del enemigo. Entonces, como un trueno para su corazón, un bramido cruzó el aire haciéndole temer lo peor. Eran toques de cuerno de caballería, sonidos de muerte que recorrieron el cielo en ese fatídico anochecer. Muchos hombres morirían con ese día, para dar paso a la oscura noche.

Nuevamente el enemigo apareció sobre Las Lomas. Centenar y medio de jinetes, todos soldados consumados. En el centro, una veintena de Caballeros de la Santa Justicia capitaneados por un verdadero terror: Gutrep de Lyonuse, el Hijo de Aetán con el que Dorell habría tenido más de una discrepancia, y que sentía un gusto malsano en la muerte de los salvajes.

Comenzó la carga. Los jinetes se dividirían en dos mitades para flanquear a los guerreros y el núcleo de caballeros cargaría en línea recta hacia el campamento tomado, así las tres partes se reunirían en retaguardia para preparar una carga conjunta. De esta forma, y bajo un cielo vespertino, estos ángeles de la muerte desplegaron sus alas, unas alas que chillaron y vibraron como cien espíritus enfurecidos por la fricción con el viento. Las tropas corzalinas les abrieron paso.

La veintena de caballeros saltó la empalizada devorada por el tiempo y con las pesadas espadas, mayores que un montante, comenzaron la carnicería. Dorell quiso hacerles frente, pero Piegro, temeroso de perder a su amo, lo guió hasta un muro abandonado donde una mano tiró de él para esconderlo. Era el cojo Naeran, el mismo que le hizo de intérprete cuando despertó hace más de seis meses. Dorell se resistía, sujeto por Naeran, a permanecer a cubierto. Los caballeros hendían piel, carne y madera sin reparo. Y entonces, de repente, los nara-terun que se hallaban al otro extremo del poblado estallaron en vítores. Naeran no se lo creyó en un primer momento, tardó en poder explicarle a Dorell.

Una atronadora e imponente estampida de ciervos rojos, enormes animales más grandes que un caballo y con cornamentas similares a un árbol muerto y terrible. Cada pareja tiraba de un gran carro de dos ruedas hecho en madera y bronce, tripulados por cuatro guerreros, esgrimiendo estos enormes mazas de cuerno.  Al frente de todos, un carro descomunal tirado por dos sementales de colosal tamaño que no paraban de espumarajear y berrear, comandando por Aghaneon en persona, y Anamara a su diestra. Como una colisión entre los derrumbamientos de dos montañas sobre un valle, caballeros y carros se estrellaron produciendo una matanza sin igual.

Los caballos fueron ensartados con sus cornamentas, o estas se partieron al chocar con una pieza de la barba del animal. Algunos caballeros salieron catapultados sobre los tripulantes, convirtiéndose en un auténtico proyectil debido a la armadura y derribándolos a todos. Otras veces, el caballero amputó la cabeza del ciervo o de algún guerrero, o ambas, esquivando a la mole en movimiento. Pronto, los carros  y los caballeros estaban detenidos, impidiéndose el paso unos a otros entre las escombreras del campamento, y echaron pie a tierra. Gutrep, salvaje, constituía un ojo de mandoblazos y destripamiento en el centro de la vorágine destructiva. Corzalinos y nara-terun, junto a algún nanga, se sumaron a la lucha. El campamento constituía pues el último círculo dentro del infierno general de la batalla.

Naeran y Dorell se lanzaron a por Gutrep, con Piegro revoloteando alrededor, nervioso. La llegada de los terribles guerreros nor-ghumar fue crucial. Aunque no eran más de cincuenta, sus terribles mazas hacían estragos en el grupo de milicianos que, armados de cualquier manera, componían a las tropas corzalinas.

La gran espada de batalla de Gutrep partió en dos a un escudo, junto al hombre que lo portaba. Dio un giro sobre sí mismo y rompió una jabalina al vuelo, para luego bloquear un tajo. No pudo bloquear el golpe de la hoja de Naeran, que furioso contra toda Córzalon y lo que entraña, hizo muesca en su espaldar de metal. El corpulento Hijo de Aetán se giró, clavando los ojos de plata de su celada en la mirada castaña y furiosa del cojo, y se dispuso a finarlo cuando su espada chocó con algo. Dorell, que inexplicablemente mantenía una conexión residual con el Hijo de Aetán por su vida pasada, frenó el golpe con su espada de hierro, recibiendo esta una muesca. Gutrep se asombró, pero pronto reconoció a Dorell, pues su visión lo revelaba como un hereje. Divertido, Gutrep dejó a su mágica espada hacer, profiriendo golpes garrafales que Dorell defendía a duras penas con el escudo, cuyos glifos emitían nubes de polvo blanco y chispas cada vez que recibía un golpe, reduciendo el daño mágicamente. Naeran, por su lado, acometía aquí y allá al coloso, que bloqueaba los golpes sin inmutarse casi, enfrentándose a los dos. Piegro, nervioso, guiaba a su amo, pero algo lo perturbó. Damelien, el odioso lacayo de Gutrep, apareció en escena.

Con su figura rapaz y faz de aguilucho, fue descubierto por el búho intentando acercarse a Dorell por detrás, armado con dos dagas punzantes. Piegro no podía avisar a su amo, pues si se despistaba, Gutrep le asestaría un golpe mortal. Tenía que ser rápido. Ahora era una criatura de la estepa y usaría a la estepa como ayuda. Velozmente voló hacia un matojo espinoso y grande que había crecido apoyado en una tapia medio derruida. Se perdió entre sus tallos. Salió volando luego con algo amarillento en el pico, directo hacia Damelien. Sobrevoló al sibilino siervo y le arrojó, directo al cuello, un diminuto y mortífero escorpión. La criatura, asustada, hincó su aguijón repetidas veces en el cuello del escudero. Primero las sintió como pinchazos de una aguja hirviendo, luego, un golpe de calor invadió su cuerpo y al instante cayó de bruces, mareado, con la vista borrosa y asfixiado por los propios músculos de su cuello.

La batalla a nivel general estaba en un punto de inflexión. Los caballeros y los carros, más que contrarrestarse, produjeron terribles daños en los bandos contrarios. A nivel particular, Dorell había sufrido un mandoblazo en las costillas, por donde sangraba profusamente, y una estocada en el muslo derecho. Gutrep apenas había sufrido golpes en su armadura por parte de Naeran, que cojeaba agotado a su alrededor. Enntonces, un golpe certero partió el escudo en añicos, estallando en volutas de humo que no perturbaron a ninguno de los dos. Dorell cayó junto al pozo seco, con el brazo roto y una dolorosa mueca en el rostro. Gutrep, cínico, le puso la pesada bota sobre su estómago. Sobraban las palabras, y alzó el enorme espadón al cielo crepuscular. Era tal su ira inquina, su fanatismo por las persecuciones heréticas, las ansias de destruir a un antiguo compañero, un héroe caído, que no lo vio venir. No la vio venir.

Anamara, que había estado hasta entonces protegida sobre uno de los carros, saltó de su posición y corrió en auxilio de Dorell en cuanto vio la situación. Echó mano de lo primero que vio, la punta de una jabalina de bronce rota por el asta, que tomó a modo de puñal. Con todas sus fuerzas y en un golpe certero, coló la daga por detrás de la rodilla de Gutrep, una zona carente de placas de armadura. El hombre bramó, desprevenido, y de derrumbó al suelo de espaldas, pues lo habían herido en la pierna que usaba para apoyarse. Anamara soltó el arma, asustada, y ayudó a Dorell a levantarse. Naeran, por su parte, dio una patada al mandoble, haciéndose daño en el pié pero aleándolo del coloso derribado. Piegro, raudo, aterrizó junto a la cabeza de Gutrep gorjeando para indicar el lugar. El caballero postrado manoteaba, en vano, buscando su arma, mostrando una mueca de espanto.

En el exterior del campamento las cosas iban de mal en peor. Sin previo aviso, en la retaguardia de los corzalinos aparecieron docenas de demonios del pantano, imprevistos monstruos de toda índole: cocodrilos de seis patas que partían en dos a un hombre de un bocado, tortugas bípedas con caparazones de escamas puntiagudas que vomitaban un ácido corrosivo que devoraba acero, cuero y carne por igual, hombres-sapo con garras como garfios que saltaban de soldado en guerrero y de jinete en miliciano arrancando yugulares, ojos y lenguas. Las pesadillas nocturnas acosaban a los hombres, en vista de que ningún sol alumbraba ya y todo se había convertido en una carnicería. En uno de los últimos núcleos de lucha encarnizada entre corzalinos y tribales, dos figuras se encontraron. Dos hombres. Gauchex y Maren se vieron cara a cara, justo cuando sus grupos rehechos tras la cargas de carros y caballos iban a lanzarse el uno sobre el otro. Los gurme cayeron los primeros, enloquecidos por la muerte de su caudillo, y la mayoría de los milicianos habían sucumbido como primera fila o protegiendo los flancos, aplastados por los ciervos. El anciano de barba blanca y el tuerto de vigoroso mostacho se leyeron la mirada: el ojo frío y glauco de uno y la mirada ancestral y esteparia del otro decidieron sacrificar una victoria en pos de sus pueblos, y fueron en retirada. No podían enfrentarse mientras las bestias se cebaban con ellos, y tampoco podían unir fuerzas deliberadamente.

Dorell se alzó y tomó con sumo esfuerzo su antigua espada irremediablemente envainada. La arrojó al pozo, provocando un sonoro estruendo metálico contra los adoquines de las paredes. El eco resonó en todo el campamento, y muchos rostros se volvieron para verle. Arrancó uno de los adoquines sueltos que componían el borde y saltó a horcajadas sobre su enemigo. Entonces, preso de sus ansias de redención e ira, estrelló la piedra en el rostro de Gutrep. Este manoteó en los hombros de Dorell, agarrándolo por el brazo partido y provocándole un estertor de dolor. Gutrep solo gruñía. Otro golpe, en la celada con filigranas de plata. Y otro, y otro. La mirada de Aetán se desfiguró como el hocico del caballero vencido, que murió mucho antes de que Dorell dejara de hundir y levantar el peñasco de la masa sanguinolenta que ahora componía su rostro.

En mitad de ese frenesí destructor, Dorell fue alzado en jarras por un hombre de escudo y un vigoroso nor-ghumar, que le explicaron tan rápido como pudieron que la lucha había terminado. De repente, no oía más chocar de aceros y hierros, sino gritos de los suyos apremiándose, y voces de sufrimiento más allá de la empalizada. Venían hombres corriendo de todas direcciones. Nadie se quedó a saquear los cadáveres y a él lo subieron en el carro personal de reserva de Aghaneon. Sólo los pocos gurme que sobrevivieron se quedaron a morir luchando, mientras los nanga desaparecían entre las hierbas altas y los nara-terun emprendían la carrera de vuelta a casa. Cuatro carros permanecieron esperando a que Maren esparciera arcilla en polvo sobre el suelo, que pronto empezó a brillar, asegurando que esto les daría algún tiempo.


Así Dorell, Anamara, Piegro y los Nara-Terun escaparon de la muerte, recordando que al derramar sangre preso de las tinieblas se invocan a los demonios de la noche. Así Gauchex puso a salvo a sus hombres, comprendiendo que los sucios salvajes pueden tener mismo honor que uno mismo. De esta forma se cierra un cúmulo de muertes y pérdidas, una sombra terrible, a la espera de un alba soleado, seguido de otra penumbra ominosa que vendrá remendada por un amanecer brillante. Así continuará el ciclo del hombre, sin fin, con sus días y sus noches.