domingo, 4 de noviembre de 2012

Brevedad sobre Bárbaros y Romanos


Es típica la imagen de una horda de andrajosos bárbaros entrando a saco en una villa romana, pasándose por el hacha o la entrepierna lo que fueran encontrando. Esto fue cierto, pero las menos veces.
Ese aspecto en mayor medida ficticio de los pueblos germánicos viene dado, en la mayor medida, por el Positivismo Histórico. Esta postura es básicamente “hace la historia de una batalla”. Fijarse exclusivamente en los grandes picos. Cuando, realmente, “No es la historia de Santiago, sino la del mercader, del caminante”, es decir, se debe de estudiar el completo de las circunstancias que rodeaban el contexto, y entonces tal vez entendamos de dónde venimos, y a dónde no debemos volver.
Por esclarecer mentes, diré que la iniciativa, el detonante de las grandes invasiones que causaron la disolución del imperio romano de occidente, fueron los Hunos. Una tribu bárbara de las estepas asiáticas, pero cuidado. Asia no es solo China. Y estos Hunos provenían, aproximadamente, de norte del Cáucaso, algo así como iraníes. Imagínense turcos anchos, bajos, sin barba y rapados, con los cráneos deformados por un ritual brutal. Pues estos Hell Angels a caballo del Mundo Antiguo intentaron invadir al imperio romano de oriente (la mitad derecha del mediterráneo según lo vemos en el mapa, Italia era del imperio occidental), pero estando este bien pertrechado y organizado, hicieron resbalar las invasiones hacia occidente. Realmente la mejor forma de librarse de los bárbaros era pagándoles oro, no se crean ustedes que tal como lo viste Hollywood, a la gente le guste matar y morir.
Esto tal vez pueda sonar gracioso. Estos tipos bajitos y apretados, extremadamente enfadados y con esos diminutos pero forzudos caballos, invadieron, de las peores maneras, a los Godos, Visigodos, Ostrogodos… Y ahora es cuando estos entran en el imperio de occidente…pidiendo socorro y ayuda. Efectivamente, los rudos y rubios germanos pidieron socorro a Roma, pues huyeron en dirección contraria de donde venían los malos; iban hacia occidente. Italia, Galia, Dalmacia, Venecia…
Tampoco era cosa rara ver bárbaros en el imperio. Ya había muchos germanos y otros tipos de bárbaros trabajando las tierras del imperio como aldeanos, y haciendo de criados. O soldados a sueldo, las famosas legiones extranjeras. Otro dato relevante fue que en el 212 se concedió el título de ciudadano romano a todos los súbditos del imperio, lo cual comprendía claro a toda suerte de gentes. Vamos, que los bárbaros no aparecieron de buenas a primeras. Pues bien, allá que entraron estos asustados. Y luego ya, pues bueno. Las típicas revueltas, choques de religiones… Cristianas eh, los romanos eran católicos y los germanos de la herejía de arriano (saben ustedes, una de esas ramas para contar el mismo cuento de otra forma), aunque antes sí hacían culto a Odín y tal. Y a todo esto le sumamos la mala hechura del imperio occidental y el hambre de unos pocos caudillos, y ya si tenemos las buenas peleas y sitios a ciudades.
Otra cosa interesante, importante. Los bárbaros “admiraban” al imperio, querían construirse a sí mismos a imagen y semejanza de estos. A mí me resulta gracioso. Debía de ser como tener a un tipo enajenado y con un hacha al lado tuya que no para de pedirte cosas y que te admira, pero en cuanto que se le rompe un juguete o cree que le has dado pocas medallas, te mata. Y esto pasó, ya le metieron en una candela al emperador Valente, el pobre, en el año 378, por orden del gran caudillo visigodo Alarico.
Y aún así, la cultura grecolatina dejó una impronta indeleble. Tengan ustedes en cuenta que nadie se acuesta en el mundo antiguo y se levanta en la edad media. No. Todo es un proceso irrefrenable de cambio evolutivo. Las culturas se mezclan, se caen los imperios, nacen las ciudades…El ser humano evoluciona, lo que no quiere decir que avance ni que retroceda, el árbol de la vida solo se divide en ramas, y el objetivo siempre es adaptarse.
Porque habrá un romano más cruento que un bárbaro, y un bárbaro más astuto que cualquier romano.

Lord Tinebrius

Con el bolsillo corto y el ingenio a mano, di a luz este breve escrito como regalo de cumpleaños para un amigo. Disfrútenlo.
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Siempre se ha dicho de lugares mágicos, mundos paralelos a la realidad. Atravesar un armario, un andén o un muro custodiado por un anciano maestro de Kung Fu son formas de llegar a ellos. Por desgracia, solo en la Mística Inglaterra, lugar propio de epopeyas mitológicas tales como la de Merlín el Gran Mago de los Pictos, o las juergas de los Leprechauns, e incluso donde el inquietante Peter Pan se lleva niños a su isla.
Pero, ¿Qué ocurre en España? Pues, bien, aquí tenemos nuestros reductos fabulosos, donde a falta de mitología decente, tenemos un refrito de otros lugares. Y ya que estamos por innovar, no narraré ninguna caballeresca aventura de un mozo bien parecido en busca de su amada acompañado de cómicos y entrañables personajes. No. Hablaré de un ser malvado, pero a la antigua usanza. Hablaré, de Lord Tinebrius.
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El sol brillaba sobre los verdes campos que rodeaban la villa de Cutreria. Los labriegos se encaminaban a sus tabernas después de hacer el vago en el campo y las viejas puñeteras se dedicaban a chismorrear y estorbar el tráfico de las carretas. Todo era radiante (y bastante cutre) en la regular Cutreria. ¿Todo? ¡No! Aún quedaba un reducto de vileza entre tanta mojigatería. Sobre unos cerros próximos, se erigía la Torre del Malvado Mal. Una construcción retorcida, desproporcionada y bastante propia del barroco, o algo así. Parecía llevar deshabitada años, pero nada más lejos de la realidad. Si uno tenía los redaños suficientes para acercarse y pegar la oreja a su bizarra puerta, tal vez tuviese la suerte de oír alguna conversación, como la que tenía lugar en estos momentos.
-¡Guiiiiiiiiiido! ¡Guido! ¡Guido maldita sea, donde te metes! ¡Condenado esputo de trol! ¡Asoma tus picudas orejas por aquí, condenado trasgo! –gritó una figura entera ataviada de negro, con una capa y capucha negras. No obstante, llevaba unas cómodas zapatillas de barba de enano, para andar por casa. Estaba sentado en un trono. Pero no uno de esos incómodos tronos de roca, madera u oro con pinchudas gemas, no. Un gran sofá de cuero y lana extremadamente mullido, con cráneos de cabra arriba del altísimo respaldo.
-¡Aquí estoy, su Malvadísima Ominosidad! Estaba haciéndole su gazpacho para merendar…-respondió un pequeño trasgo, verde y tan orejudo como narigudo que se asomó al otro lado de una puerta. Llevaba puesto unos andrajos y un delantal con el emblema “Kiss the Cook”.
-¡Déjate de gazpachos, maldita sea! ¿No ves que te estoy llamando, ridícula criatura? ¡Tráeme mi vara mágica, rápido! ¡Vamos, vamos! –la figura se reincorporó desde su cómoda postura para sentarse al borde de su sillón ancestral. Raudo el trasgo le trajo su vara. Era del más noble roble, finamente tallada y con una empuñadura de terciopelo suave al tacto. En la punta tenía una gema verde engarzada con plata. La figura tenebrosa empuñó la vara fuertemente y azotó virulentamente y con coraje al trasgo, de improviso.

-¡Eso por tardar tanto en preparar mi gazpacho, puñetero cagarro de dragón cojo! –espetó Lord Tinebrius, que era la figura oscura.
-¡Ay, ay! ¡Sí, señor! ¡Golpéeme cuanto..ay ay! ¡Cuánto usted desee! –respondió el pobre trasgo, arrodillado.
-¡Y tráeme mi corona! ¡Quiero pasar revista a las tropas!
El trasgo asintió con extrema cortesía y se marchó rápidamente.
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Tras haber merendado su rico gazpacho elaborado con hortalizas afanadas esa misma mañana de la huerta de un pueblerino, Lord Tinebrius se levantó de su sofá. Su fiel trasgo Guido estaba junto a él, expectante. Los dos quietos. De repenté, Lord Tinebrius le sacudió un varazo en la boca al trasgo.
-¡¿Eres tonto o qué?! ¡No esperaras que vaya andando! ¡Cógeme a caballito, pigmeo idiota! Aaagh…esque tengo que hacerlo todo yo.
Guido se dispuso a coger a su amo, el cual le azotó repetidas veces para que corriese más aprisa. Tras bajar los diecisiete pisos de la torre, guido se desplomó en el descansillo antes de entrar al patio de armas.
-Vamos, ¡gandul! Ábreme la puerta.
-¡Sí, oh su Destructora e Infame Malignidad!
Guido giró el pomo con una reverencia y se hincó de rodillas cuando su amo pasó por delante, para dejarle pasar primero.
Allí, en el patio, se encontraban todas las fuerzas del mal de las que Lord Tinebrius era poseedor. Comenzó a pasar revista, caminando muy erguido por delante de ellas. Guido iba poniendo y quitando dos planchas de oro en el suelo, para que su amo no pisase el sucio plano de los mortales.
-¡Pero qué asquerosa criatura es está! ¿Dónde está mi ogro de dos cabezas?
Dijo señalando a una especie de trol extremadamente delgado. Le moqueaba la bulbosa nariz y apenas medía dos metros de altura. Estaba encorvado y le faltaban casi todos los dientes.
-Ehm, ah…verá, su Oscurísima Pesadilla, el Ministerio de Malas Artes le concedió una beca bastante…corta. Ya sabe como están las cosas. Así que tuvimos que despedir al ogro y contratar a este…esto.
-¡Maldita sea! ¡Con esto no puedo aterrorizar ni a media docena de ancianas decrépitas! ¡Seguro que le dieron becas mayores a esos hideputas estudiosos de la Universidad Maligna! Rápido, sigamos viendo a las tropas, antes de que desintegre a este prototipo de moco.
Siguió andando, y llego a su Regimiento de Almas Oscuras.
-¡Oh! ¡Mis fieles bandidos del mal! ¿Qué tal ha ido esta semana, habéis arrasado muchas aldeas? Vamos, contadme, mis fieros…¿Eh? ¡Guiiiiiido!
-¿Si, mi Monstruosa Horripilantez?
-¡Dónde están mis temibles bárbaros Almas Oscuras! –bramó Lord Tinebrius, señalando a una treintena de ancianos ataviados con armaduras hechas polvo y armas oxidadas que se esforzaban por parecer malvados. A uno de ellos se le calló la dentadura y otros se rieron de él. Uno de los que se reía del viejo desdentado sufrió un ataque de tos y dejó caer su hacha con un sonoro estrépito, que hizo despertarse a otro de los ancianos, éste calvo y con bigotes despeluchados, que estaba apoyado sobre su lanza sin punta.
-Ah, bueno, verá, es que ahora con esto de las jubilaciones a 70 años cuesta renovar a la gente y el tema del mal ya no se lleva mucho, su Excelentísima Tenebrosidad.
-Maldita sea, y encima…-iba diciendo, Lord Tinebrius, cuando uno de los viejos, peinado con una especie de cresta, los dientes podridos y argollas de cobre en las orejas se acercó a él y le dijo:
-Usted perdone, jefe, ¿Podría tomarme un día de asuntos propios?
-¡¿Cómo?! ¡Un día de…! ¡Aaaaaargh! ¡Desintegratus máximus! –Y tras pronunciar estas palabras, un rayo de energía maligna y un bonito color púrpura manó de la punta de sus dedos, y derritió al anciano en un instante, convirtiéndolo en una plasta con olor a quemado. Del susto a uno de los viejos le dio un ataque al corazón y cayó seco, también.
-¡Menudo atajo de sabandijas! ¡Seguro que ya no son capaces ni de violar a una elfa sifilítica! ¿Sabes que te digo, Guido? ¡Que me vuelvo al sofá! ¡Vamos, aúpa!
Diecisiete pisos y varios bastonazos más tarde, Lord Tinebrius volvió a dejarse caer sobre su cómodo sofá.
-¡Guido, tráeme a los gnomos, rápido! –Bramó Lord Tinebrius, enfadado.
Guido pronto volvió con un montón de jaulas a la espalda. Puso una mesita de acero frente a Lord Tinebrius y dejó un mazo de hierro con pinchos al lado del sofá.
-¡Gnomo! –ordenó el señor oscuro. Guido sacó uno de los gnomos de la jaula, el cual estaba atemorizado. Lo dejó sobre la mesita. En un instante, Lord Tinebrius empuñó el mazó e hizo puré al gnomo de un golpe. Guido retiró los restos.
-¡Estoy muy enfadado, Guido! ¡Gnomo! –Guido volvió a poner otro gnomo, y este fue también aplastado -¡No hay forma de ser un villano decente hoy en día! ¡Gnomo! –a este le dio la vuelta como a un calcetín, usando sus poderes arcanos. Quedó hecho un pegote de músculos quejumbrosos -¡Ya ni ejército tenebroso puede tener uno! ¡Dos, dos gnomos! –a estos dos los derritió con un chasquido de dedos -¡Estoy hasta los cojones de este mundo! ¿Sabes qué te digo? ¡Que me iré a otro!
-¿A otro mundo, señor? –Dijo Guido muy sorprendido.
-¡Sí sí, a otro mundo! ¡Estoy harto de este! –Lord Tinebrius se puso en pie rápidamente y prendió en llamas a las jaulas con los gnomos restantes dentro. Se fue corriendo a su laboratorio con Guido siguiéndole.
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El laboratorio era su estancia principal de la torre. Estaba lleno de instrumentos arcaicos. Infinidad de frascos de cristal de todas las medidas, alambiques de diversos tamaños, estanterías repletas de libros y tarros llenos de cosas repulsivas. También un altar y un fuego donde había un gran caldero.
Lord Tinebrius había pintado símbolos extraños sobre el altar. Eran como cinco líneas paralelas con una especie de dibujos parecidos a un renacuajo, con una cabeza y un rabo, además de otros más retorcidos, dispuestos sobre las líneas o entre ellas.
-La Tierra, sí, la Tierra, será un buen lugar.
-¿Está seguro, señor?
-¡Claro que sí, pardiez!
-Pero ya conoce las normas del Tránsito Astral. ¡No llegará tal y como es usted ahora! Primero nacerá como un habitante más de ese mundo aburrido, ¡será un bebé!
-¡Crees que soy tan idiota como tú, insecto parlanchín! ¡A la Tierra he dicho!
-Pero es muy grande, su Señoría Avernal. ¿Adónde irá, a EE.UU?
-¡Ni loco! Allí hay cosas más terribles que yo, como la cadena Fox o esa política de vida basada en trabajar duro. ¡Una pena! Lo del racismo me gustaba.
-¿A Asia, tal vez? Hay mucho terreno por dominar.
-¡Pffuá! Ni loco. Me ponen nervioso esas miradas tan ridículas. Menudos ojos de idiota, tan chiquititos.
-¿Entonces? ¿A Alemania?
-Ojalá, ojalá. Pero ya hubo hace poco un gran dictador, un aficionado realmente. No quiero levantar sospechas.
-Pero, entonces, ¿A dónde?
-¡A España!
-¿España, señor?
-Sí, es el lugar idóneo. Se divierten viendo como matan toros en una plaza. Además, la población es bastante burda y manejable, lo cual es excelente. Hay castillos bastante aprovechables. ¡Y muchas viejas puñeteras a las que defenestrar! Ahora, Guido, todo está listo –los símbolos del altar comenzaron a relucir y a envolver a Lord Tinebrius- ¡Probaré una de esas cosas llamadas Paulaner en cuanto pueda!
-¿A mi salud señor?
-¡No, idiota, a la mía! ¡Muajajajajaja…
Y Lord Tinebrius desapareció en un vórtice de rayos y luces en el día vigesimosegundo del octavo mes de un año perdido en la memoria de los habitantes de Cutreira, que resultó ser el año 1993 de nuestra era terrestre.

martes, 17 de julio de 2012

Correo Corredor


Chop, plut, blop. Un par de ligeras botas chapoteaban al hundirse en los charcos de cieno y agua del pantano. Era un mediano. Bajito, rechoncho, ataviado de pardo salvo por el llamativo chalequillo de verde esmeralda, y cubierto con una capa de lana con capucha que tal vez hace años fuese verde también. De su costado pendía un zurrón remendado y con un bordado en plata de dos C enlazadas, símbolo mediano para los mensajeros.

-¡Ay ay ay!-chilló el mofletudo mediano mientras daba un salto a la carrera. Una serpiente se arrojó desde un arbusto al interior de una poza-¡Válgame Fit patrón de los ladrones!-gimoteó mientras se escabullía correteando por entre dos rocas con la marcha acelerada.

Si por algo es conocido el Pantano Azufroso es por devorar a todos los incautos que ponen un pie en sus malolientes y húmedas tierras. Desde luego dista mucho de las Colinas Esmeralda, tierra de medianos, al otro lado del Gran Barranco del Río Miknas. Este lugar es sombrío y tóxico desde tiempos inmemoriales, tanto que sólo algún Dragón se ha atrevido a vivir en él. Aunque tal vez alguien más deba vivir aquí, para atraer a un mensajero tan peculiar. Y menos, al anochecer.

-¡Arg, como hiede aquí!-decía el mediano mientras se aferraba contra la cara un pañuelo preparado con hojas de lavanda-¡Después de esto espero que me paguen con oro!-exclamaba para sí, exigente-¡O con vin…Uuua!

De repente dejó de haber tierra (o barro) bajo sus pies y cayó de bruces un par de metros sobre lo que de entrada le pareció un montón de lodo cálido. Era una pila de excrementos. Se recompuso lo mejor posible, mientras se maldecía a sí mismo y a ese condenado lugar sin sol, brisa ni pastelitos de grosellas. Todo el enfado se le bajó a los calzones cuando vio delante a cuatro figuras algo más altas que él, pero mucho más gordas y abultadas (algo encomiable) y que respiraban como fuelles rotos y despedían hedor a carne pútrida y sudor agrio.

-¡Atrás, soy un Correo Corredor y he de entregar un mensaje!-dicho esto, desenvainó un cuchillo ancho y chato, más apropiado para filetear un rico lomo de buey que las orejas de un enemigo fiero.

Las cuatro criaturas, en la penumbra rieron, o eso creyó entender él. Pronto reconoció sus narices abultadas y deformes como un tubérculo a medio masticar, además de unos ojos pequeños y maliciosos en contraposición a su boca de sapo con filas de dientes superpuestas. Un escalofrío le recorrió el espinazo, dejando caer el cuchillo. Leprekroms. Las criaturas más sucias, hediondas, hambrientas y despreciables de todo Idnagar. Se dice que con un par de docenas se podría convertir toda una Granja-Clan de los medianos en una montaña de excrementos en cuestión de tres jornadas.

Antes de razonar qué era ese líquido caliente que le bajaba por la pierna, la cabeza de una de las criaturas estalló, dejando caer (o rodar) al cuerpo como si fuese víctima de una apoplejía espontánea, y salpicando sangre y sesos. Las tres criaturas restantes tardaron en percatarse y miraban aún con la sonrisa deformada por sus bocas a su compañero inmóvil, cando al segundo un gran mazo de roca le atizó de retorno en su cara, hundiéndola con un sonido de crujido y chapoteo. Intentaron blandir dos toscas hachuelas de piedra contra su atacante. La imagen del agresor quedó gravada en las retinas del mediano para toda su vida: Un enano, vestido con el cuero de alguna criatura escamosa de tonos verdosos y pardos, con su melena y barba negras como la obsidiana revueltas por el movimiento.

Poco más vio antes de que maniobrara con su mazo, partiendo en mil esquirlas la hoja de un hacha y tras esta hendir el pecho de su dueño, cuando el arma del restante oponente rebotó contra su hombro guarnecido por esa misteriosa piel. Con una mano rápidamente sujetó el hacha por el asta, he hizo descender su mazo en diagonal contra la rodilla del leprekrom. El ominoso pariente de los trasgos calló gimoteando, croando como un sapo en una prensa, cuando el enano alzó el arma lentamente sobre su cabeza, y la dejó caer a peso sobre el esternón del oponente vencido. Dos veces. Una por desquite.

Erguido, dirigió sus ojos de fulgor ámbar hacia el mediano, como si por un momento, al verlo cubierto en porquería y con la cara descompuesta, pensara en reducirlo a una quejumbrosa masa informe de huesos rotos, con el borbotear y desinflar de cuatro cuerpos que pasarían por defenestrados desde la más alta torre jamás vista. El mediano fue más rápido:

-¡Quévelin, mensajero!

miércoles, 13 de junio de 2012

Error 404


Tengo varias visiones sobre el futuro. Ninguna utópica. Tal vez la mejor, gracias a las pelis, sea una en la que las sombras de la humanidad lucha entre sí por combustible, agua, y por qué no, algún que otro ideal. Ahora expondré la que más me aterra.

Soy un temeroso de la tecnología, de los avances meteóricos y los superhumanos. Quizá antiguamente se muriesen con 40 o 50 años, pero dudo que mucha gente padeciera cualquiera de la marabunta de dolencias, enfermedades y enfermedades que padecemos hoy en día, unos u otros, con normalidad. Estamos hasta los topes de química, no se imaginan cuanto, y ya no hay absolutamente ningún remedio.

Cada vez dependemos más de trastos, chismes nos hacen la vida más fácil. ¿Dependemos? Nos hacen depender, o creer que dependemos, de una infinidad de artefactos. Y cada vez falta menos para que tengamos robots y otras chatarras pululando por la casa. “¿Más té, señor?” dirá una cafetera con tres ruedas. Después de eso, quién sabe. Tal vez inventen realidades virtuales. Nos pondremos un casco y fliparemos con lo que queramos ver, porque veremos lo que queramos. Nuestros anhelos serán satisfechos. Las máquinas harán nuestro trabajo y las manejaremos desde casa. O serán automáticas, ¿por qué no? Así no tendremos que desenchufarnos del casco mágico, y alguna compañía inventará un fantástico sistema de alimentación y cuidados intensivos que nos permitirán olvidarnos del mundo.

Quién sabe, tal vez terminemos metidos en un cubículo, enchufados a nuestro subconsciente, hasta las trancas de sustancias químicas placenteras, alimentos pseudosólidos suministrados cada 6 horas y un buen montón de otras mierdas. Cada X tiempo la máquina extraerá un espermatozoide o un óvulo, según el sexo del desgraciado post-humano,  y unos brazos mecánicos construirán otro cubículo, injertarán ese embrión dopado, y el ciclo vuelve a empezar. ¿Matrix? No, aquí la realidad no tiene mucho más de 2 metros cuadrados y un nudo de cables, tubos, sondas y agujas. Al morir, por ejemplo, el cubículo podría abnegarse en alguna sustancia extremadamente ácida, lo limpiase todo, y tras un reacondicionamiento, volvería a quedar operativo. Al final, seremos sacos gelatinosos realmente felices, ¿No?

Espero estar totalmente equivocado.

miércoles, 6 de junio de 2012

Ecos en la Jungla


El cálido Sol, una brisa fresca, una mañana clara o una noche estrellada. No existen. En la Selva Tenebrosa la frondosidad de los árboles no permitía discernir más que algunos destellos de luz si mirabas muy arriba justo a mediodía o la total negrura durante la noche. En esta selva se llama horizonte al árbol más lejano que ves y se tiene por espacio abierto el hueco que queda si levantas una de las pocas piedras que verás en el tupido suelo de hojas marrones.

Los árboles, que parecían milenarias columnas con arrugas de veteranía, se extendían hasta el cielo, donde chocaban con el techo que suponían sus propias copas, como si sustentaran un inmenso artesonado de hojas verdes. Estos titanes del vegetal emergían de la tierra provocando bultos en el suelo, rebosantes de raíces las cuales tenían por oficio acunar entre sus huecos toda suerte de setas, hongos y champiñones.

El canto de los pájaros podía resultar ensordecedor a tempranas horas del día o cuando se reúnen en sus ramas preferidas antes de dormir. Toda clase de animales podían verse reposar en los árboles durante sus inquietos sueños y si se miraba con buen ojo, desde divinidades de plumaje dorado y rojo a caricaturescos monos de cola larga y velluda, pasando por tenebrosos murciélagos del tamaño de un lobo si uno se aventuraba a los más oscuros rincones del lugar.

Solo una criatura, en esta tarde bochornosa, se atrevía a perturbar la escandalosa tranquilidad de la jungla. Era una muchacha.

Tez y piel morenos, de un tono suave, como si fuera azúcar tostado. Su melena, alborotada, le caía hasta casi la cintura, desparramada en torno a su cuerpo como si fuera una cascada zaína, negra. Como vestiduras, unos pellejos de capibara cosidos con esparto, dejándole libres brazos desde el hombro y piernas a partir del muslo. Descalza, sus dedos finos se clavaban en la hojarasca al caminar de puntillas y despacio. Como único equipo una lanza de bambú, fina y larga, más que ella, lo cual se situaba en aproximadamente la estatura de un hombre adulto para el objeto. En la punta, un hasta de ciervo afilada y unida con más esparto y algo de resina quemada. Un arma ligera para alguien más ligero.
Esta muchacha, de ojos negros profundos, era una Ma’gal, la tribu habitante del extremo oriental de la Selva Tenebrosa. Era una tribu guerrera y cazadora, experta en los combates entre los árboles, sobre ellos o en emboscadas. Habitaban cabañas de bambú, que situaban sobre un río bien adentro de la jungla.

Esta tribu, los Ma’gal, se dividían en tres castas: La guerrera, la chamánica, y la recolectora. La casta chamánica, líder de la tribu, era separada del resto por el patriarca chamán nada más nacer: Solo eran chamanes los albinos, lo cual conseguía que apenas apareciese uno cada veinte o treinta años. Se les instruía en las enseñanzas de la jungla y los poderes místicos de la selva desde retoños, y a la edad de dieciséis periodos estacionales, eran soltados en la jungla, donde debían rastrear algún Lagarto Rojo, una fiera criatura del tamaño de un perro, con una piel escamosa de color escarlata rugiente y temidos por su capacidad para escupir fuego por sus orificios nasales. Cuando derrotase a esta criatura sin par, debería de sustraerle su apreciada piel. Esta es la característica seña de los chamanes Ma’gal, o Mu’lashe como se les conoce; sus atavíos rojos fuego conjugado con su cabello los distingue del resto, además de protegerlos del mismo elemento.

Pero también a esa edad, aunque siempre durante la estación veraniega, los demás niños con dieciséis periodos estacionales a sus jóvenes espaldas, eran dispuestos a orden de la naturaleza para decidir su suerte como recolector o guerrero. Su tarea consistía en conseguir una pieza de caza impresionante, y las mejores de estas serían escogidas por los chamanes de la tribu para hacer a sus dueños guerreros, fueran hombres o mujeres; si no traían pieza alguna o algo de menos valor, como alguna planta medicinal, una roca preciada o demás cosas de utilidad, pasaban inmediatamente a ser recolectores. El premio de ser guerrero consistía en rapar la cabeza del sujeto, dejando una cresta en medio y una coleta por detrás, pues la melena, ya sea en un hombre o mujer, es signo de bajo nivel social; a esta casta se la llamaba, según su idioma, Mu’Lakak y solo estos portaban la armadura de cuero de cocodrilo y tenían el derecho de empuñar y fabricar armas. Los recolectores, por su parte, pasaban a dedicarse a las demás labores necesarias en un campamento sin distinción de si eran hombres o mujeres; se les reconocía por tres o más trenzas en las mujeres y una sola en los hombres, y se les llamaba Mu’Lamar.

Las criaturas víctimas de esta tradición solían ser tres, normalmente. La primera, más fácil de encontrar, es la serpiente martillo o titán. Su piel es buena y con ella se confecciona la ropa de los guerreros, además de tener una carne sabrosa. Al carecer de veneno, esta serpiente de enormes proporciones (un largo tal como cinco hombres son en alto uno sobre otro) se defiende empleando su gran cabeza para asestar mortíferos golpes, pues se lanza a toda velocidad y con el espolón en que acaba su faz puede partir en dos a un caballo adulto. Son muy territoriales, y solo se encuentran en zonas pantanosas, donde acechan a venados. Para matarla, lo mejor es asestarle un lanzazo en su vientre cuando se alce antes de atacar o conseguir calvarle el arma en un ojo cuando están dormidas y abotargadas por una copiosa comida.

La segunda criatura es el jabalí dientes de sable. De vez en cuando, un jabalí nace especialmente grande, y si consigue una buena alimentación, en su primer celo puede desarrollar colmillos comparables a alfanjes del tamaño de un antebrazo. Estos se encuentran muy separados unos de otros, solitarios, buscando trufas al pie de los grandes árboles o retozando en el lodo a la horilla de los ríos. Son peligrosos en extremo si vas a pie, por ello la forma usada por los Ma’gal para enfrentarse a ellos es subirse a un árbol no muy alto, que han de localizar antes de ver a la criatura. La artimaña consiste en provocar al animal, muy temperamental, para que ataque. Cuando intente morder, usando como cebo un pie o una mano, se le debe asestar un golpe certero en el paladar o la garganta. Son acogidos con grandes honores aquellos que traen estos trofeos pues sus férreos colmillos de marfil son muy apreciados para confeccionar los famosos garrotes magalitas.

Pero el oro de la competición, el gran orgullo y pie hacia el colectivo guerrero por excelencia, son los babuks. Los babuks son una especie de mono que roza lo simiesco. Tienen grandes y largos brazos sobre los que se apoyan al caminar a cuatro patas. Su pelo, rudo y tieso, es de color gris, muy enervado en la espalda donde se vuelve azul negruzco. Poseen garras fenomenales en sus zarpas. Su cabeza, con un largo morro donde no les crece el pelo y es de color turquesa, termina en unos pronunciados orificios nasales y una boca que muestra permanentemente unos grandes y afilados colmillos. El peso de estos animales, de proporciones que casi doblan a un hombre adulto, les impide subirse a los árboles cuando son adultos, por ellos suelen vivir en las montañas que limitan la pared occidental de la Selva Tenebrosa, donde compiten con aún peores criaturas desconocidas por las gentes de bien. Son temibles en combate, pues atacan a zarpazos y mordiscos capaces de destripar a cualquiera protegido con menos de una coraza de cuero. Su furia es apabullante, y sus gritos infernales, gañidos sobrenaturales, hacen que el más ferviente corazón se vuelva de hielo frío. Para derrotarlos se les debe hacer frente en combate cuerpo a cuerpo a no ser que te acompañe un cazador semigigante o seas hechicero. Las trampas son inútiles porque nunca se sabe cuando te encontrarás con uno, y llenar el lugar de artefactos o dispositivos dañinos solo servirá para que mientras huyas, un lazo te ate a tu final en manos de su furia primitiva, pues cuando un babuks ve algo vivo en su ruta o territorio, si no lo mata, es porque él mismo está muerto.

Caminando lentamente y enervada, la cazadora avanza entre los matojos y helechos, observando con sus ojos negros cada hoja, oliendo cada brizna de brisa y atendiendo a cada susurro. Unos pájaros cantores chismorreaban en la copa de los árboles mientras algunos monos de cola larga se desparasitaban los unos a los otros, en tranquilidad. De estos dedujo la joven que no había ningún carnívoro en las inmediaciones. Viendo que sus ojos nada veían, su nariz nada olía y sus oídos nada oían, se detuvo un momento a sentir. Sí, a sentir. Los Ma’gal llevan milenios habitando la naturaleza, viviendo en consonancia con ella y defendiéndola de invasores malévolos. De esta manera, los Espíritus del Bosque, según la leyenda, les concedieron un sexto sentido para su alma, mediante el cual pudieran guiarse y rastrear en la jungla.

La muchacha se concentró, en armonía con su entorno, y dejó fluir su aliento con parsimonia. Pronto, en la oscuridad de su mirada, se reflejaron senderos invisibles, y tras un leve rastreo, encontró lo que buscaba. Un jabalí dientes de sable. No supo porqué, pero le costó centrarse en la criatura, parecía que algo atraía su atención también, pero es difícil no prestarle atención a un animal tan ruidoso, maloliente y grande como un jabalí adulto, incluso en el plano del alma.

La muchacha cambió de rumbo hasta un pequeño desnivel que terminaba en un arroyo. Agazapada entre los arbustos, fue deslizándose sibilinamente hasta la orilla, y allí observó a su presa. Un gran jabalí dientes de sable, con un lomo enorme y unos colmillos largos y astillados, cicatrices perennes de su edad. Hundía una y otra vez su morro en el suelo de guijarros del río buscando crustáceos. Sus enormes colmillos apartaban rocas con total tranquilidad, todo ello mientras emitía un sonido gorrino y chascaba de vez en cuando algún molusco.

La chica pronto divisó un árbol que le serviría de utilidad, con una bifurcación a la altura de sus hombros que le serviría para la estratagema que le enseñaron antes de partir. Una vez lo dispuso todo y calculó su ruta de huida al árbol, esquivando alguna raíz especialmente nudosa o alguna roca húmeda y resbaladiza del río, se arrastró hasta el arbusto más cercano a la corriente, y se preparó para lanzarle una piedra al animal. Cuando iba a estirar el brazo para tirársela, escuchó un crujir de ramas en la orilla de enfrente. Maldiciendo, observó cómo reaccionaba el jabalí.

De un rápido movimiento, el animal levantó su pesada cabeza y se encaró al otro linde del río, el opuesto a la chica. Bufó un poco y separó las piernas, naturalmente preparado para el combate. Justo cuando iba a volver a aplicarse a los moluscos, algo grande y peludo saltó desde la otra orilla para aterrizarle encima. Una silueta simiesca, de largos brazos, con una gran cresta peluda azul en su espalda, se abalanzó sobre el jabalí. Con una gran zarpa provista de pulgar se aferró a un colmillo, y con la otra le rodeó el cuello. Un salto pudo dar el cerdo gigante antes de que dos afilados incisivos se le clavaran en la garganta y no se oyera más que un lastimero chillido coreado por un gorgoteo de sangre. La faz de piel azul del atacante se manchó de rojo y su morro se hundió en la herida para comenzar a devorar a su presa. Este animal era un babuk, uno enorme, con canas en su pelo gris y un azul oscuro en los mechones de su espalda. Uno de sus frontales ojos de cazador estaba vacío y le faltaban dos dedos de la zarpa derecha.

Cuando hubo saciado parte de su apetito con la garganta y parte de una pierna, emitió un sonido ronco hacia la orilla, e increíblemente, un grupo de congéneres emergieron de la espesura. Se contaron al menos cuatro machos más, ninguna hembra ni cría: era una partida de caza. Uno de ellos traía un capibara en la boca y otro arrastraba un gran racimo de plátanos.

Se revolcaron en el agua del río, sucia de sangre, mientras mostraban sus dientes y agitaban la cabeza, felices. La chica, anonadada, cometió el error de pisar un arbusto espinoso en su retirada. Casi se le escapa el alma cuando vio cómo el más veterano de los cazadores miraba en su dirección. A una orden bramada en forma de chillido grave y ahogado, todos saltaron al bosque, rodeando a la chica en un instante. Esta, con la espalda apoyada a en un árbol, observó de qué forma se presentaron en semicírculo a su alrededor, con el gran simio en medio. Todos bufaban, menos él. Este la miró, y se percató de la lanza en su mano. Con un chillido, se la arrebató de entre sus dedos y la partió golpeándola contra un árbol. Golpeó el suelo varias veces con el resto del mango que le quedaba y luego lo lanzó por la espalda. Todos los babuks cabriolaron a su alrededor y le practicaron rudimentarias reverencias. En medio de esta algarabía monstruosa, le arrancó a la niña su pelliza de un zarpazo, dejándola desnuda, sin ningún otro abalorio. Destrozó la pelliza de un bocado y arrojó los restos a sus tropas, que tironearon de ellos para luego restregarlas por el suelo y diseminarlas por ahí. Finalmente, el Gran Babuk se puso sobre dos piernas, y alzando los brazos al cielo, chilló ante la cría, salpicándola con sus babas y restos de la sangre del jabalí. Cuando cesó, dio media vuelta y todos los babuk salieron corriendo, arrastrando al jabalí y recogiendo al capibara y los plátanos. La chica, confusa, pero no asustada, corrió a recuperar la valiosa punta de su lanza y a buscar algún junco de tallo fino para remendar lo que quedaba de su ropa. Ya sabía dónde podía encontrar los mayores trofeos para su aldea.

viernes, 25 de mayo de 2012

La Batalla por los Medianos Libres

 El cálido Sol bañaba las verdes lomas cuajadas de florecillas amarillas. Corría una fresca brisa veraniega que hacía a los pendones y ligeros estandartes ondular perezosos. Pero no todo era tranquilidad en las onduladas tierras de los Medianos. Un grupo de estas alegres y rechonchas criaturas que no levantaban cuatro pies del suelo estaban reunidas en algo parecido a una formación militar.

Un frente de mozos y adultos orondos, con sus barrigas y torsos cubiertos con sencillas armaduras de cuero, gorros de pieles adornados con coloridas plumas de gallos y faisanes tapándoles sus cabezotas peludas y unas patillas rizadas y abundantes recorriéndoles sus mofletudas caras. Grandes cuchillos de carnicero, rodelas de hierro pintadas en verde y astas de madera rematadas en una pesada hoja, también de un estilo rústico. Algunos sujetaban entre dos o tres grandes cerdos rosados, con colmillos como navajas asomando por el hocico y rizadas colas. En el centro de la primera línea, tres figuras hablaban.

-Vaya, este pollo a la pimienta está realmente bueno-decía un tipo especialmente gordo. Iba ataviado con un jubón púrpura sobre un peto de cuero tachonado, y un tocado llamativo le adornaba la cabeza. Un fino estoque descansaba en su cintura, adornado con algunas gemas verdes, como sus dedos-Deberías probarlo, Don Malasiesta-concluyó antes de seguir mordisqueando el muslo que sujetaba entre sus dedos.

-No, gracias, Mayor Chascabayas-espetó, seco, el segundo. Un tipo algo más enjuto y musculado, aunque también provisto de barriga protuberante. Su traje era más marcial, con calzas sucias y botas remendadas, y un jubón de cuero acuchillado y mangas gastadas, Portaba un casco con un llamativo adorno en forma de cresta de gallo. Sus armas, un martillo de guerra especialmente grande, de talla humana, con un pico en el anverso al estilo de los caballeros-Vaya, tardan tus muchachos, eh, Buscacelgas?

-¿¡Eh!?-dijo otro congénere, vestido todo de verdes y marrones, con un tocado de pieles adornado con las grandes orejas de una liebre-¿¡Que vienen unas jamelgas!?

-Maldigo el día en que ese poni te coceó en una oreja ¡¡Que tus muchachos tardan!!-espetó Malasiesta.

-¡Ah, sí! ¡Tardan, tardan!-chilló Buscacelgas, mientras tironeaba de la cuerda de su arco, distraído.

Pronto, un grupo de Medianos vestidos como Buscacelgas llegaron corriendo, casualmente, desde un bosquecillo cercano. Iban de frente al pequeño contingente. Aquí cabe recordar, que todos los Medianos van descalzos, con sus peludos pies pataleando y luchando por dar velocidad a sus orondos cuerpos.

-¡Señor! ¡Ya están aquí!-las últimas sílabas del Mediano fueron ahogadas por un sonido de cuerno procedente del bosque. Pronto, Buscacelgas se los llevó consigo y se escondieron tras una loma. Chascabayas recogió una inadvertida lanza del suelo y se sumergió en la muchedumbre. Malasiesta permaneció expectante, como todos a su alrededor.

Del primer bosque emergió otro, pero de lanzas y ajados trapos a modo de banderas. Infinidad de trasgos, con sus andares simiescos, se movían como una gran criatura con mil patas y púas. Las lanzas, sencillas cañas de bambú rematadas en una punta de hierro, constituían el único armamento de los trasgos,  salvo una especie de turbante de tela y tiras de cuero y unos uniformes de rojo granate incrustado de roña. Encadenados por sus encorvados amos, grandes simios, de morro largo y faz temible caminaban, varias cabezas sobre el resto, tironeando y chillando, algunos incluso arañándose el rostro de azul brillante. En el centro, en un gran carro de ébano y bambúes trenzados, una gran figura, cubierta de pelo cobrizo y adornado con trenzas y collares y con un gran turbante cuajado con piedras y metales preciosos, gritaba órdenes. Su cara, extremadamente redonda provista de unos mofletes exagerados y angulosos, recordaba a un primate obeso, pero en sus ojos residían inteligencia y crueldad a partes iguales.

Se detuvieron a unos trescientos metros de los Medianos. Sonaron trompetas de bronce y un gran cuerno, y se intuyó un restallar de látigos. Nueve grandes simios, los babuks antes mencionados, emergieron como fieras de la multitud de trasgos, hiriendo y aplastando a los que se encontraron antes de llegar a campo abierto. Sus colas se agitaban con furia primitiva y enseñaban sus colmillos durante la carrera, mientras chillaban como brujas enloquecidas.

-¡Fuera cerdos!-bramó Malasiesta, con la cabeza torcida hacia la muchedumbre y señalando con un dedo hacia las criaturas.

“¡Vamos Betsy!” y otras palabras de cuidadores sonaron entre la nerviosa masa de Medianos, amén de palmear sobre porcinos traseros. De repente, una veintena de gordos cerdos como ponis corrían, berreando como mil demonios, para estamparse contra los nueve grandes simios, menos del doble de grande que los marranos. 

Algunos de los babuks saltaron, entrenados, sobre el cuello de sus víctimas, derribando a los marranos (la mayoría tatuados con docenas de marcas, símbolo de las veces que han pasado de manos en el mercado, pues la mayoría eran sementales). Mientras estos chillaban al tiempo de que la sangre les brotaba de las yugulares, otros cargaron contra los babuks. Era un auténtico espectáculo digno de los Pozos de Truequeciudad. Los cerdos trituraban los huesos que mordían y arrancaban tiras enteras de tendones y músculo, y los babuks, convertidos en muestras terrenales de la furia, asestaban mordiscos, se revolcaban y arañaban sin parar, como si tuviesen el doble de extremidades.

 Tras una media hora de combate, y ante la llamada de sus cuidadores, los cerdos volvieron corriendo. Apenas sobrevivieron seis, de los casi veinticuatro que fueron. Siete de los babuks habían caído, y dos perseguían a los cerdos heridos en retirada.  Algunos Medianos, de lo alto de una loma, parecían haber olvidado la contienda, pues estaban ociosos comiendo embutidos y algo de buen queso especiado, pero pronto reaccionaron y abatieron a las dos criaturas con un torrente de flechas.

Una vez más, las trompetas anunciaron movimiento en el bando contrario. El contingente de trasgos comenzó el avance, con las lanzas puestas al frente. En el centro, se distinguía el gran estandarte del Caudillo Orango con el blasón de su lejano reino: Un arca dorada emitiendo rayos del mismo color sobre un fondo verde.

Malasiesta comenzó a dar órdenes mientras aferraba el martillo con ambas manos. Pronto se rodeó de Medianos armados con astas provistas de pesados machetes en la punta, y a estos los flanqueaba el resto: guerreros con escudos, rodelas y armas de manos. Una vez así, permanecieron quietos.

Ya casi tenían encima a los trasgos. Se oían sus voces chirriantes y se percibía su hediondo aroma. Cuando apenas quedaban cincuenta metros, del bando de los Medianos se escuchó un “¡Freídlos!”, y el centro del contingente constituido por Malasiesta y sus alabarderos se abrió en canal, dejando pasar unos extraños artefactos. Eran unas ollas hirviendo y chisporroteando, con un extraño olor alquímico, montadas sobre armatostes de madera con ruedas. Debajo, un caótico nudo de tubos, válvulas y llaves desembocaba en una boca de latón dispuesta como un embudo al revés que apunta con su parte más fina hacia el frente, dispuesto así para aumentar la presión del chorro. Eran dos los artefactos.

Rápidamente, unos medianos ataviados con mandiles de cuero y rústicas herramientas empezaron a bombear unos fuelles que se disponían en aparentemente aleatorios lugares de la maquinaria, y conforme lo hacían, se notaba el zumbido de la presión y el silbar de los escapes. De repente, las bocas vomitaron chorros de líquido flamígero, que salió disparado hacia los trasgos más cercanos. Tras un segundo escape de fuego, que dejó al chorro sin fuerza y estuvo a punto de provocar un grave accidente, los Medianos cargaron contra la confundida masa.

Malasiesta atravesó como un rayo el centro de la formación enemiga, desestructurada, y junto a sus alabarderos sembró el caos entre los trasgos aún en llamas. Sus compañeros abrían tajos en la carne de los sucios siervos del Imperio Orango, a pesar de que alguno caía presa de más de media docena de punzadas. Los trasgos se distraían ensañándose con sus víctimas, y esto a menudo les costaba la vida. Malasiesta hendió el cráneo de un trasgo con su martillo, y de retorno clavó el pico de este en el costillar de otro. Apoyó el pié en la criatura para extraer a tiempo (con un sonido de succión y chapoteo) el martillo para bloquear un mal lanzazo dirigido a su cara, aunque el contraataque vino de un alabardero próximo que, viendo oportuno que el trasgo miraba en otra dirección, le clavó el arma en la cara.

Los Medianos con rodelas consiguieron el objetivo perseguido por Malasiesta: separar al ejército trasgo. Debido al fuego, todos los enemigos huyeron del centro, y la pronta arremetida de Malasiesta consiguió detener al núcleo, mientras los dos flancos huían en sus respectivas direcciones. Como un cuchillo que filetea un solomillo, los rodeleros se encargaron de estos flancos.

Aún con la contienda fresca, de una de las colinas del flanco derecho emergieron Buscacelgas y sus Guardahuertas. Cortos en estatura (como el resto, aunque los trasgos dada su predisposición a andar jorobados les quedaban cara a cara en tamaño) y bastante perezosos, empezaron a descargar sus proyectiles, pero al ver que hacían efecto (como si fuera eso una sorpresa) siguieron, con el ánimo por las nubes.

La batalla era cruda, pero no estaba perdida. Malasiesta estaba ya a menos de veinte metros del nervioso Caudillo Orango. Para su sorpresa, los trasgos de su alrededor eran de mayor tamaño y fuerza, y armados con cimitarras. Sus alabarderos hacían bien el trabajo, pero a duras penas. El avance comenzó a frenarse. Con el sudor chorreando por su cara y las frondosas patillas negras despeluchadas por la agitación, Malasiesta paraba golpes de dos trasgos que lo atacaban con furibunda rabia, con la suerte de que un golpe fallido de un compañero suyo se desviara hasta el tobillo del trasgo de su derecha. Este, al flaquear, dejó desprotegida la cara, donde se estrelló el martillo del héroe Mediano, y de retorno, hizo una maniobra de giro para desarmar al trasgo restante y después romperle una rodilla. Saltó por encima de este, ya en el suelo, dándolo por inofensivo, y embistió contra otros tantos. La batalla se estaba haciendo tediosa y asfixiante, se le estaban cansando los brazos de hacer girar el martillo continuamente. De vez en cuando se producía un fogonazo aislado, para separar a los trasgos de los arqueros en el flanco derecho, por medio de uno de los Lanzazufre que fue trasladado hasta allí.
Malasiesta tenía ya una herida en el costado derecho, y empezaba a flaquear. Justo cuando retrocedió un paso para evitar un golpe brutal de una cimitarra (estaba empezando a cansarse y prefería esquivar antes que bloquear), un chorro de Medianos entró en acción: La guardia del Ayuntamiento. Un montón de Medianos ataviados de verde chillón y armados con espadas cortas y escudos con el blasón de esas tierras: Un pavo negro sobre un fondo verde. En el centro, el Mayor Chascabayas sujetaba melindrosamente su lanza, asqueado y temeroso del enemigo, escondido tras tres o cuatro de sus guardas.

Este era su momento, y tenía que aprovecharlo. Malasiesta se giró hacia el trono del gran primate, pero lo encontró vacío. La consternación se hizo presa de él, pero un tremebundo golpe que lo hizo salir volando lo sacó del ensimismamiento. El Orango se había echado abajo, se había quitado el sombrero y en sus manos lucía dos guanteletes de bronce, convirtiendo sus puños en dos grandes mazos de metal.

Malasiesta se puso aprisa en pie, y se dio cuenta de que, al perder su martillo en el aire, había aferrado instintivamente una de las rústicas alabardas. El Orango era paticorto y barrigudo, pero sus enormes y largos brazos lucían amenazantes, como dos grandes columnas, estiradas hacia el cielo, para dejarlas caer con fuerza demoledora. Malasiesta rodó para esquivar el golpe, que hundió un palmo de tierra. Con toda la prisa del mundo, le asestó un tajo en una pierna al orango, dirigido hacia la rodilla, pero que dio como blanco en el muslo. El primate súper desarrollado  rugió de rabia y se dio la vuelta, pero la pierna se venció y quedó cojeando. Aún así, con un avanzar renqueante, se abalanzó sobre el Mediano. Este rodó por el suelo para evitar uno de los grandes golpes, y aún en el suelo le clavó la alabarda en un costado. El caudillo enemigo volvió a proferir un grito infernal, y se arrancó la alabarda, solo clavada por la punta. En ese momento, quedó mirando la sangre que emanaba y pringaba su pelaje de color anaranjado, y se alarmó al ver su pierna en mala postura y chorreando sangre. Esa raza, la de los orangos, es muy altiva, y su furia se apaga rápido cuando descubren a alguien que es capaz de dañarles, salvo que sean grandes guerreros, y no era el caso el de este mero esclavista. Cuando volvió a mirar al Mediano, solo tuvo tiempo de ver la cabeza de un martillo acerado dirigirse hacia una de sus gigantescas mejillas de color azabache. El golpe lo tumbó boca arriba, semiinconsciente. Sus brazos se movieron espasmódicamente cuando observó trepar sobre su corpachón a esa pequeña criatura, cuatro veces más chica que él, erguirse sobre su pecho, con la cara contorsionada por una mueca de furia y cubierta de la sangre de sus guerreros trasgos. Lo último que sus oídos escucharon fue:

-¡Y aún no he almorzado!

Luego, el martillo descendió, clavándole el pico en la frente.


Así, el pequeño contingente de Medianos habitantes del extremo oriental de La Marca Esmeralda derrotó otra partida esclavista del Imperio Orango.

jueves, 23 de febrero de 2012

¿Puede un hombre moral mantener la misma en un ámbito inmoral?

Las presentes líneas pretenden esbozar una respuesta razonable a una pregunta que en su día me formuló un camarada, estando al menos yo ebrio de filosofar y cerveza. La pregunta es, pues: ¿Puede un hombre moral, mantener la susodicha en un ámbito inmoral? Procedo a redactar mis pensamientos al respecto.
Supondré durante todo el escrito que esta “moral” a la que nos referimos es una moral basada en el honor, el deber y el bien en general. De esta manera, esa persona (le llamaré Sujeto) está definida por esa moral, pues todos tenemos una (si carecemos de moral alguna ya sea buena o mala es que somos un ser inerte, y si tenemos más de una seríamos unos desequilibrados).
Ahora bien, el Sujeto emplea su moral día a día para tomar decisiones y responder antes estímulos, es su gran directriz. Del mismo modo, esa moral debe encajar en el ambiente, o no dará frutos. Comparemos su moral a una cuchara, por ejemplo: Es idónea para tomar sopa, pero imposibilita el cortar un filete. Así, de esta forma, la moral debe estar en consonancia con lo que la rodea. ¿Y qué ocurre cuando el ambiente es inmoral respecto a esa moral?
Eso dependerá de la fortaleza del individuo. Supongamos a un sacerdote. Unos vándalos anarquistas vienen a agredirle argumentando que cualquier religión es funesta y deben erradicarla; el sacerdote puede estar preparado físicamente y vencer a los vándalos, o ser débil y no poder resistir a los matachines. Del mismo modo, el sacerdote podría mantener un debate con un representante de otra religión, el cual podría convencerle o no sobre la veracidad de lo que defiende. De esta manera, un hombre debe de estar preparado física y mentalmente para defender su moral. De hecho, en muchas ocasiones debemos escoger entre ser fieles a nuestra forma de actuar (íntimamente relacionado con nuestra moral) o amoldarnos al entorno y así ahorrarnos penalidades o conseguir otros fines.
Asimismo, podemos escoger enfrentarnos al entorno, donde podemos subyugarlo a nuestra moral si somos más fuertes, aprender a convivir con respeto mutuo, o sufrir el mayor acto para preservarla y hacerla inmortal, muriendo por ella, y convirtiéndonos en mártires de la causa que es nuestra moral.