lunes, 22 de abril de 2013

Fauces de alambre, ojos de abismo


La mente humana conforma una auténtica red de cuevas inexploradas, un laberinto en tinieblas. La poderosa nave sin timonel que es el sueño explora esos espacios, terribles o no, a expensas del durmiente. Es cuestión de suerte, pues los brazos de Morfeo pueden depositarte alto en el cielo, donde tu corazón roza las estrellas, con lo que la experiencia será cálida, alegre, liviana…una bendición; o sumirlo en una espiral de dentelladas, una maldita cuna de angustias y turbaciones. Una pesadilla. Quiso la suerte, conchabada con mi subconsciente, que se diera esta última posibilidad.

Así pues, y por matar a la bestia, voy a escribir esto. Espero que algún valiente se ría, y provoque así que mi orgullo tape la desazón que esas visiones me produjeron. O mejor, que algún alma medrosa comparta por un segundo la turbación que me aconteció en el momento. Sin más, procedo a narrar.

No empezó como un sueño especialmente peculiar, nada del otro mundo. Mi persona y la de mi padre, sentados en el sofá, tranquilamente. Viendo la televisión. En pantalla un enfoque de cerca mostraba, comenzando por los pies, a una hermosa joven.

Recuerdo una minifalda vaquera, un top rojo ajustado y unos tacones de vértigo, a juego con la voluptuosidad apabullante de su figura. Pintaba bien el sueño. La cámara ascendía, andaba ya a la altura del escote y comenzaba a verse un pelo negro zaíno, ondulado. Una melena excelente, en principio. Y sobrevino el mal.

Se enfocó al rostro, y no me habré arrepentido nunca jamás de contemplar algo tan horripilante. Un hocico largo apuntaba hacia mí, buscando mi rastro. Enorme, como el de un cerdo viejo. Viejo y muerto, pues tenía el color y textura de un cirio centenario que hubiera sido desecho y hecho varias veces. Cada olfateo provocaba un ronquido gutural, bestial. La mirada inerte, o inexistente, pues los ojos eran dos pozos de desesperanza en los que un alma voluntariosa encontraría el más trágico de los finales; lloraba un líquido negro y purulento que confería a la temible criatura un hedor miasmático y de ultratumba. Las orejas desechas, como masticadas por un ser mayor y más terrible; enterradas en la melena negra salvaje. Y la más terrible de sus cualidades: la dentadura.

La mandíbula desencajada, coja. Sin ton ni son, una serie de dientes antinaturales asomaban por los labios torcidos. Eran largos y puntiagudos, o romos y podridos. Los había serrados o afilados, alguno roto. Todos terribles. Un arsenal dispuesto a desmembrar cualquier carne y a devorar aquello con suficiente mala estrella como para ponerse a su alcance. Y dentro de esto, lo peor: para mantener unido a las podridas encías este surtido de armas diabólicas, un hilo de alambre espinado se hundía profundo en su carne y rodeaba los dientes. Un entramado metálico que zigzagueaba y anudaba cada colmillo, cada puñal, provocando un babeo rojizo y purpúreo constante.

Semejante visión me tuvo obnubilado un instante. Era tal el pavor, hasta en sueños, que me asaltó que no pude más que contemplarlo. La criatura se encaró conmigo, desde dentro del televisor. En un instante, todas las luces se apagaron, mi padre desapareció. Mi valor comenzó a recular. El sillón me absorbía, me atrapaba. Inmóvil. Seguía queriendo creer que era todo fruto de una película oscura y maldita, idea de algún cineasta lunático.

Pero no. Con mis ojos fijos donde alguna vez estuvieron los suyos, permanecí estático, a la espera del final. De la mortal dentellada que me arrastraría a los infiernos. La criatura se aproximaba más y más al borde de la pantalla. Mascullaba algo ilegible, mi último adiós. Sus dientes rechinaban y crujían. Deseaba que sonara un golpe seco, que se diera con el cristal. Necesitaba frustrar al monstruo. Seguía inmóvil, mis extremidades no respondían. Sólo podía mirar.

La estancia a oscuras, solo el televisor proyectaba un espectro de luz reducido sobre las baldosas del suelo. No lo soportaba más, tenía que irme. Lo necesitaba. Esa criatura me iba a devorar, me convertiría en trizas. Lamería mis huesos con una lengua turbia y bífida, recreándose con cada horrible mordida. Abrió la mandíbula. Hilillos de saliva tóxica conectaban los dientes superiores e inferiores, como puentes de veneno mortal entre estalactitas y estalagmitas.

Con el rechinar de dientes, uno se desprendió. Un garrafal colmillo puntiagudo, como una daga lacada, y con un nudo de alambre. Ocurrió lo peor: el diente calló fuera de la pantalla, pasó repiqueteando por las losas vagamente iluminadas y se fue a perder en la penumbra a mis pies. La puerta estaba abierta. Quedó claro, llegaba mi fin.

Y con la frente perlada en sudor y la respiración inquieta, desperté. Hacía calor, pero necesitaba taparme con una sábana. Abrí los ojos. Mi habitación era una colección de sombras, pero ninguna desconocida o alarmante. No había ningún par de ojos negros entre lo negro. Consulté el reloj en el móvil. Agradecí la luz. Maldije la hora. 04:36. Debía levantarme temprano para ir a la universidad. Entonces, pensé: qué es peor, esa pesadilla adalid de un trágico fin, o un estado de vigilia fatigosa e impuesta.

Agradecí perderme en mis pensamientos, alejándome de otro posible mal sueño. Me dije, ¿qué hace más daño al hombre? ¿Un error del destino, un mal inconsciente? ¿La desgracia fruto del mismo? O, en vez de eso…¿tal vez la pesadumbre, la condena de la memoria? El tropiezo, la herida o la cicatriz.

En fin, buenas noches.

lunes, 1 de abril de 2013

Un caballero regulero

Ya era hora de volver a escribir un artículo con cierto valor didáctico, alejado de mis relatos de fantasía o aventuras. Más aún, alejado de mi último relato, deplorable. Este artículo no es más que un análisis crítico-histórico de una película visionada durante una de las clases de la carrera que estudio, Historia. 

Cierto es que me he centrado (tal vez demasiado) esos aspectos bélicos que tanto me apasionan, pero que se le va a hacer, de casta le viene al galgo y la cabra tira al monte. En fin, que espero que le sea de utilidad a algún distraído en la materia, a algún rezagado de mi clase o a quien puñetas lo lea.

Sin más, buen provecho. ¡Hachas arriba!


---X---

Requisito indispensable para una observación desde un punto de vista crítico e histórico de la película es reconocer que se trata una adaptación de una novela. Es decir, que además de las posibles libres interpretaciones que hiciera el autor (el sueco Jan Guillou) están las que hayan aportado el cineasta (Peter Flinth, también sueco). Por si fuera poco, la trilogía que componía la obra en un inicio se ha condensado en una sola película para su comercialización en España.

Por supuesto, se obviará dentro de lo posible la trama de la película, centrándose así en el trasfondo histórico. En este aspecto, lo más importante dentro del film es la confrontación entre dos casas nobiliarias suecas: La Casa de Erik y la Casa Sverker, siendo esta última la facción enemistada con el protagonista, Arn Magnusson (personaje ficticio). En segundo plano pero también relevante, se observa el periodo intermedio entre las Cruzadas 2ª y 3ª. 

La película introduce el primer tema (la confrontación entre dos casas) usando como recurso la discusión entre Magnus (personaje ficticio y padre del protagonista) y Emund Ulvbane (personaje ficticio) por la propiedad o explotación de unas tierras. Este Emund Ulvbane estaba al servicio del Rey Sverker, que dudosamente se trate del rey Sverker I (y que da nombre a la casa) debido a que este murió en diciembre del 1156, así que se tomará como uno de sus descendientes.

Esta disputa se resuelve siguiendo una costumbre muy arraigada en los pueblos del norte y que sobrevivió a la cristianización: un consejo de ancianos. Así, se acuerda una solución que se estime justa. No obstante y según la película, el rey Sverker induce a su hombre Emund (posiblemente fuese vasallo y noble menor por méritos en combate) a que haga una afrenta de honor a Magnus. Así llegamos a otra tradición típica: que dos hombres resuelvan los problemas entre sus casas mediante un duelo a muerte. Debido al sentimiento de comunidad, esto no siempre lo debían llevar a cabo los dos implicados directamente, sino que podían ser partícipes los dos mejores guerreros de cada casa; como bien refleja la película. Finalmente vence el protagonista.

Este conflicto entre las dos facciones (la más marcada es la casa Sverker) se agrava debido al hijo tenido en pecado entre Arn y Cecilia (personaje ficticio), al estar esta prometida a un Sverker. Es conocido de sobra el uso de matrimonios concertados en la Edad Media (por supuesto se repite en casi todos los periodos históricos) para fortalecer vínculos entre determinados grupos; se comprende así la terrible afrenta que ese embarazo produjo. Otro dato de relevancia se da cuando el personaje de Cecilia conversa con su hermana, confesando la hermana que el padre solo podrá costearse una boda; queda claro así la importancia de que una novia cuente con una buena dote. Es más, la hermana se ve preocupada porque en caso de no casarse deberá permanecer en el convento, denotando así el destino de las mujeres que no pudieran casarse. Finalmente se toma la determinación de separar a la pareja: ella a un monasterio y él a las Cruzadas.

El personaje de Cecilia entró en condición de hermana lega del convento de Gudhem por veinte años. Aquí aparece un personaje que revela buena información histórica: la Abadesa de la casa Sverker. Se observa así como los altos cargos eclesiásticos estaban reservados o dominados por la nobleza. Esto se corrobora cuando se muestra que también el Obispo pertenece a la nombrada casa.

Arn, que había sido educado en el convento de Varnhem donde fue hermano lego de los monjes cistercienses que lo regentaban, fue “condenado” a participar en las Cruzadas. De esta manera se muestra a las Cruzadas como un movimiento religioso/guerrero donde podía tomarse como una “penitencia” el hecho de ser enviado a ellas. Los monjes cistercienses tenían una importante relación con la Orden del Temple, debido a que fue San Bernardo de Claraval (monje cisterciense) quien les entregó las reglas benedictinas adaptadas para su empleo, allá por el año 1118.

Según la fecha que aparece al principio de la película (1187), donde se sitúa al personaje Arn en Tierra Santa y contando con la aparición de Saladino (personaje real), se podría decir que la acción del film ocurrida desde ese punto se da durante el periodo intermedio entre la segunda y la tercera Cruzada. Aquí se estaba gestando el gran movimiento de unificación del poder musulmán debido a la conquista del Califato Fatimí y la consecuente unificación de Egipto y Siria por parte de este Saladino.

La película permite observar también el estado político del momento: los tratos cristianos – musulmanes que permitían el paso de peregrinos, denotando así que la Orden se encontraba aún en ese periodo en el que su deber militar pesaba más que el posterior interés por el capital. A parte queda reflejada la organización de las órdenes cruzadas, en este caso la del Temple: un Gran Maestre rodeado de una corte de altos caballeros. No se aprecia bien, pero es posible que la sede que aparece en el film para esta orden se tratase de la Mezquita de Al-Aqsa, donde se encontraba anteriormente el Templo de Salomón y que da nombre a la Orden.

Durante la estancia del personaje en Tierra Santa se producen dos enfrentamientos bélicos de los que se puede obtener buen conocimiento. El primero se trata de una emboscada realizada por los cruzados al ejército de Saladino. Este hecho es bastante inverosímil. Los musulmanes tenían un amplio conocimiento de su tierra, que debido a las duras condiciones de la misma habían aprendido a explotar al máximo. Además cuentan con una larguísima tradición de tácticas de ataques relámpagos y mucha movilidad, por no hablar de sus famosos caballos; así pues pongo en duda que se pudiera tomar por sorpresa a un ejército en marcha comandado por el mismo Saladino. Por otro lado se ve también en esta confrontación la importancia que comenzaba a cobrar en la época la caballería pesada y sus formidables cargas contra la infantería; aunque la película deja la victoria en manos del ataque sorpresa, debido a que los musulmanes provistos de picas habrían equilibrado la balanza de haber estado preparados. El asunto de la Vera Cruz es relevante: denota el afán religioso y la creencia en los milagros ya no sólo por portar el símbolo una orden religiosa, sino porque era un sentimiento muy vivo en la Plena Edad Media.

El segundo enfrentamiento, en los Cuernos de Hatti (famosa batalla del año 1187), es cuanto menos, ridículo. La batalla real supuso un cruento enfrentamiento entre las órdenes cruzadas del Temple y el Hospital al mando de Guido de Lusignan (rey de Jerusalén) y Reinaldo de Chatillon, contra un vasto ejército musulmán capitaneado por Saladino. En la película, no obstante, se muestra como los templarios son tomados por sorpresa en su campamento por las tropas árabes. De esto se podría extraer en todo caso y sumado al aspecto ya retratado en otras películas de cruzar temerariamente el desierto, el hecho de que la Orden del Temple carecía de un plan de ataque definido, ocupándose de “defender” en general Tierra Santa y a sus peregrinos. En ambas batalla aparece la figura de Gerard de Ridefort (personaje real), un noble de segunda nato de Flandes que llega a hacerse Maestre del Temple y que mantiene una cuidada enemistad con el protagonista. Sea como fuere, esto supuso un durísimo golpe a la cristiandad y la situó un paso más lejos de dominar Tierra Santa.

Todo esto culmina con la salvación del protagonista por parte de Saladino. La relación entre Arn y Saladino da lugar a opiniones más subjetivas de lo que sería correcto ofrecer en un documento propio de un historiador crítico, así que se intentarán obviar.

Finalmente Arn consigue volver a una Suecia en gestión, durante el reinado de un miembro de  la Casa de Erik, Knut Erikson. La mujer de este rey, Cecilia (el personaje es real, pero no se sabe a ciencia cierta si empleaba ese nombre) aparece en el convento de Gudhem, donde conoce a la homónima prometida del protagonista; se conoce que realmente esta mujer era muy devota y tomó los votos para curarse de una grave enfermedad. Al sanarse, el mismo Knut intercedió con el Papa para que le levantase los votos. Este Knut, al que la familia de Arn le es fiel, fallece en el 1195. Se produce así el enfrentamiento final de la película entre la casa de Erik y la de Sverker, tiene lugar una batalla.

Destaca, tal y como menciona uno de los personajes, el apoyo danés con el que cuenta la casa Sverker. Esto se debe a que había líneas de parentesco entre la casa Sverker y la casa real danesa. La batalla es difícil de datar, seguramente haga referencia a la batalla de Gestilren ocurrida en otoño del 1210, en la que Erik Knutsson (hijo del antes mencionado Knut Eriksson) vence finalmente a los Sverker, teniendo acceso así al trono sueco y favoreciendo su unificación.

Personalmente, la batalla final ofrece muchísima información que ayude a construir la condición de los dos bandos. Primero, el Sverker. Multitud de sus hombres iban ataviados de cota de malla, un artículo realmente caro, al igual que esos yelmos de tipo normando forjados a partir de una sola pieza de metal, lejos de los spangenhelm construidos con piezas remachadas más propias de los vikingos. Los escudos también son dignos de mención: aunque numerosos hombres portan escudos de tres puntas típicos de la Plena Edad Media europea, muchos siguen usando los escudos redondos con un umbo central, tan característicos de los vikingos, ascendientes de estas gentes. Las armas favoritas en este bando son las lanzas y las espadas. La lanza no especialmente, pero la cantidad de espadas explica un cierto poder adquisitivo. A esto se le suma el empleo de un cuerpo de caballería que protagoniza una carga. El hecho de que la familia Sverker contase realmente con el apoyo del Papa y de la casa real danesa explica este despliegue armamentístico. Más, o obstante, el uso tan extendido entre sus tropas del escudo redondo vikingo da a entender que probablemente procedan de una región que se cristianizó más tarde, lo que me lleva a relacionarlos con una zona de Suecia situada en el estrechamiento del Mar Báltico con Finlandia llamada “Svean”, remarcando así la posible ascendencia de los Sverker en las tribus suionas.

El bando de la Casa de Erik es mucho más difícil de descifrar. Igualmente, sabiendo que la residencia de la familia del protagonista (no la que construye al final de la película) se encontraba en Götaland, sumando el hecho de que el enfrentamiento con Emund Ulvbane es durante un “Concilio de todos los Godos” y además que lo llamasen varias veces en el film “Arn de Gotia”, queda muy claro que la Casa de Erik descienda de las tribus de “Götar”, de donde se dice descienden también los godos. Por otro lado, el ejército que presenta en la batalla, pese a no permitir esclarecer demasiado sobre el bando en concreto, sí da lugar a interpretaciones históricas. La mayoría de guerreros aparecen provistos de lanzas y hachas, dos armas relativamente baratas de facturar y fáciles de manejar (en comparación con las espadas, claro). Además, es un bando que presenta muchos menos integrantes con cota de malla o yelmos que el otro, dando a entender un menor poder económico. Un aspecto en tela de juicio sería esa disponibilidad tan grande de arqueros. En los parajes nórdicos abundan las coníferas, las cuales tienen una mala madera para hacer arcos; igualmente las gentes del norte no se caracterizaron por el uso del mismo. De hecho, la caza era una actividad más especialmente característica de la nobleza. Así pues, en todo caso, será un signo de “avance” hasta una Europa medieval de naciones más estandarizadas. Aún así muestra cómo los arqueros siempre disparaban a la vez, produciendo un doble efecto: el destructivo a la hora de eliminar multitud de enemigos, y el daño psicológico de que el contrario viera caer a numerosos compañeros de un golpe.

Aspectos que no me han convencido de la recreación de esa batalla ha sido que ninguno de los bandos empleó ningún “muro de escudos”, muy característico también de esas gentes. Además, creo que se da un flagrante fallo de recreación al darme como arma a uno de los soldados Sverker (es uno que cae víctima de un flechazo durante el fragor de la batalla) un martillo de guerra, ya que ese arma es más propia de la Baja Edad Media, cuando empiezan a usarse las armaduras de placas; en este período lo más utilizado son las cotas de malla y las brigantinas: armaduras compuestas de tela o cuero que encerraban pequeños rectángulos de metal.

Observando la reminiscencia vikinga, a parte de los mencionados escudos, en el bando de la Casa de Erik aparecen muchísimas hachas de estilo danés (popularizadas durante la Era Vikinga) y, curioso, bastantes hachas barbadas de mano. Las hachas barbadas recibían el nombre por una prolongación del filo en la parte inferior que rompía con la línea curva de la cabeza, como si tuviera una “barba”. Estas hachas serían más famosas en la parte del norte europeo continental, sobre todo en Alemania. Las espadas también son interesantes de observar. El protagonista usa una espada típica de la Europa Medieval, con una guarda recta de gavilanes largos: se asemeja así a una cruz. Pero hay personajes, como el consejero del rey y amigo de la familia de Arn, que lleva una espada con una guarda y pomo de diseño tradicional vikingo. Esto requiere una mención especial, porque dependiendo de cómo se interprete, puede convertirse en un fallo o un logro digno de elogio. Si la espada fue hecha expresamente para el personaje con esa morfología, se podría tachar de error debido a que es un modelo antiguo. No obstante, era tradición en las gentes del norte que los hijos heredasen de los padres los pomos y guardas de sus espadas, que serían puestos en hojas nuevas: de ser así, sería un detalle excelente. Por desgracia y siguiendo la tónica de la película, probablemente se trate del primer caso.

Cerrando el asunto de las armas, creo que en la película se hace un uso demasiado intenso de la cota de malla, pues hasta un mensajero que lleva la carta de la anciana Abadesa al Obispo la lleva. O peor aún, el ejército cristiano que atraviesa el ejército en busca de una confrontación con Saladino. Una cota de malla, aunque relativamente flexible, era pesada; al sol se calentaba, provocando la sofocación del usuario.

Pero no queda aquí la reminiscencia vikinga en cuanto a la recreación. El uso de dos broches (fíbulas) unidos por una cadena y situados en la parte frontal del hombro con el fin de sujetar la capa a la ropa es muy propio, ya he hay numerosísimos yacimientos arqueológicos que corroboran esa práctica. Personalmente, el detalle en cuanto a las joyas que más me ha llamado la atención y que no he podido comprobar debido a la calidad del visionado de la película, es uno que aparece en el personaje que hace las veces de anciano portavoz del consejo. Este personaje lleva como adornos colgando entorno al cuello (pero pendiendo de la ropa, no de un collar) lo que parecen unas monedas de plata. Sería muy probable que se tratase de dírhams árabes, otra práctica muy habitual y corroborada por monedas encontradas, precisamente, en un yacimiento de la zona de Gotland, Suecia, datado en el año 867.

En lo referente a la recreación en general, está bastante lograda. Las casas de los escenarios en Suecia son coherentes: todo hecho en madera. Incluso aparece una escena en la que los protagonistas dialogan en una estancia (central de la casa, seguramente) en la que hay un fuego rodeado de un rectángulo de piedra. También la empalizada de madera que rodea la aldea inicial (hogar de Magnus, padre de Arn) es muy propia de la época, en la que las aldeas fruto de la aglomeración de granjas solía rodearse creando un recinto.

En lo tocante a la religiosidad, el hecho de que todos los reyes aparezcan portando un colgante con una gran cruz pinta muy bien, explicando el afán de mostrarse adalides del cristianismo, debido a que el Papa era una figura importante y la religión podía ser fuente de poder en un lugar donde la política estaba sujeta a tantas variaciones dinásticas. Además, en todas las escenas donde aparece un personaje tumbado en la cama dentro del convento de Gudham se ve clarísimamente una cruz celta bordada en la almohada: es una cruz característica de Irlanda, de donde provenían la mayoría de los clérigos encargados de cristianizar el Norte.

Terminando el comentario, hay un aspecto que me llamó mucho la atención. ¿En qué momento se ordena caballero al tal Arn? De repente se lo encuentra uno en Tierra Santa, con un caballo (no sé si propio, intuyo que sí), un completo equipo de guerra y hasta un escudero. He deducido que era escudero porque aparte de acompañarlo hasta morir, en varias escenas aparece dedicándose únicamente a ir detrás de Arn sujetándole el escudo.

Concluyendo, la película me ha gustado más por todo lo que he podido aprender afanándome en corregir, desmentir o corroborar todo lo que muestra que simplemente viéndola.

sábado, 16 de marzo de 2013

El mal día de Rimbó Miherd


Hoy ha sido uno de esos puñeteros días que, sin venir a cuento, arrojan virulentamente una lápida contra la maldita de tu conciencia. Uno de esos días en los que deseas ser uno de esos felices prototipos bienolientes en lugar de un patán de cuarta categoría. Porque a lo más que aspira el hideputa presente es a sentir una especie de orgullo pútrido. Por si fuera poco, salvo grandes momentos de brillante felicidad, la semana ha estado cuajada de funestos instantes de vida, harto de rascar las entrañas del cráneo. Así que como maldito narrador y Dios en los universos que de mi coja mente vierte sobre estos vehículos virtuales, narraré una historia de violencia, odio, asco y ganas de destruir. Ala, lean o no. ¡Al diablo!

---X---

El joven Rimbó había tenido un día de perros. Llegó de buenas a la oficina. Su sonrisa, ese “¡buenos días!” predispuesto, la camisa bien abrochada. Llegó a su puesto y comenzó la tarea. Estaba haciendo voluntariamente una tabla de contabilidad que en un principio competía a un compañero, pero qué más le daba a él hacerle algo de trabajo a un amigo. Total, él iba al día.

Todo empezó a torcerse cuando su autoritario jefe llegó para recriminarle su incompetencia en un informe. Realmente no estaba tan mal hecho, pero ese tipo vocinglero tendría sabe Dios qué motivo para estar enfadado, y decidió pagarlo con el único honesto y responsable: el joven Rimbó Miherd. Incluso se mofó de la nariz torcida de Rimbó (lo golpearon en la adolescencia con una botella mientras intentaba sacar a su hermana de un altercado). Simplemente decidió tomarse las quejas de la forma más constructiva posible, asentir y sonreír. Total, un mal día lo tenía cualquiera.

Después recibió una carta, por mensajería, del banco. Le era denegado un préstamo. Vaya. Ahora no podría pagar el alquiler del piso, y eso que solo debía dos meses. Había prestado dinero a su primo, que andaba pasando apuros o algo así: qué más daba, era familia. A media mañana decidió tomarse un café. Normalmente no abandonaba el puesto, pero necesitaba despejarse. Yendo a la máquina, se cruzó con ese compañero al que le hacía la tabla de contabilidad. El tipo en cuestión tenía entre brazos a una señorita. Una de las secretarias. Concretamente, esa a la que Rimbó había confesado precisamente a su compañero que le gustaba especialmente. Mecachis, hoy estaba siendo un día duro para el buen Miherd.

Se tomó el café casi inconscientemente, sumido en sus pensamientos. Todo se volvió bastante radical: ¿Y si su jefe era un hijo de puta? ¿Y si su primo se había aprovechado de su buen hacer? ¿Por qué el puto banco del diablo no le concedía el crédito? ¿Sería esa secretaria una fulana de cuidado? Comenzó a pensar que su compañero era un auténtico cabronazo. Estaba siendo un día realmente desagradable.

De vuelta a su puesto de trabajo, se desprendió de la corbata. La echó a la máquina trituradora de papel, que tras un sonido de quejumbroso motor eléctrico incapaz, la dejó a medio devorar. Por primera vez en…no supo si toda su vida, el lila de Rimbó frunció el ceño. Y simplemente, se fue.

Varias horas después, y muchas pintas más tarde, Rimbó Miherd salía dando tumbos de una taberna de mala muerte. No paraba de recriminarse lo desgraciado que era. Su vida no era más que la única licencia concedida al mamarracho que habitaba en su cuerpo. El único préstamo. Ahora odiaba a todo el mundo y se daba tirones de su nariz torcida. Iba encorvado, arropado en su traje sin corbata. Caminaba perdido por calles oscuras, solo. ¿Sólo? No tanto como debería.

-Eh, eh, colega, ¿me das unas pelas? –le soltó un yonqui en pésimas condiciones. Chanclas, pantalón de chándal, chaleco de lana y gorra de visera plana. Muy delgado y mal peinado. Todo cubierto de una pátina de mugre y con menos dientes que un anciano recién nacido.

-¿Mhm? ¡No, déjeme usted en paz! –espetó Rimbó, sorprendido. Estaba ciertamente ebrio.

-¡Que no cómo! –el yonqui se mostró molesto- ¡que me des el dinero ya, cabrón! –y sacó una navaja de pequeño tamaño de entre sus pútridos ropajes. Se abalanzó sobre Miherd, que estaba bastante perjudicado por el alcohol.

-¡Ah! ¡Ah! –exclamó el joven, forcejeando con el yonqui. Se llevó un inesperado corte en el reverso de la mano zurda.

El yonqui dio un salto atrás, y gritó satisfecho:

-¡Ja! ¡Jajaja! ¡Tengo el sida! ¡Que me des el dinero, cabrón! –y le escupió a Rimbó en la cara.

Lo que bulló dentro de Rimbó Miherd se podría describir en dos palabras: furia salvaje. De repente le dio igual todo. Su trabajo, la secretaria, las cervezas de más, el sida y su vida. Saltó salvajemente sobre el maldito yonqui. Este último trastabilló y cayó de espaldas, con Rimbó encima. El beodo Miherd empezó a propinarle golpes a diestro y siniestro al yonqui: en la cara, el cuello, el huesudo lomo…a lo que el pútrido drogata respondió clavandole la navaja en un costado. Entre las costillas.

Sólo provocó que Rimbó perdiera aún más la cabeza. Agarró al yonqui por las orejas:

-¡Mira lo que hago con tu jodido sida! ¡Mira, basura! –bramó. Acto seguido mordió al yonqui en la nariz, arrancándole la punta y uniendo los dos orificios en uno solo. Tal fue el garrafal bocado, corroborado por un borboteo de sangre y un chillido animal del cocainómano vencido. Rimbó no tuvo suficiente.

Se arrancó la navaja de un costado y la emprendió a puñaladas con el yonqui. Un completo espectáculo de violencia innecesaria. Hincó y sacó varias veces la navaja del tórax del malnacido. Se puso en pié, jadeando. De su costado chorreaba sangre y su mano casi igual. A parte, tenía varias salpicaduras por la ropa arrugada de los forcejeos. Observó al muerto. Escupió sangre sobre el mismo, o se la devolvió. Se tragó el trozo de nariz durante el altercado. Jadeando, la emprendió a patadas con el cadáver. Algo errático, no apuntaba a nada en particular. Sólo descargaba sus múltiples frustraciones. Incluso perdió el equilibro, recordemos que había bebido bastante, y cayó de culo. Se levantó torcido y atinó lo justo para orinar sobre el muerto.

Con la bragueta abierta y sujetándose el costado, se marchó. No sabía a dónde llegaría, ni a qué vería antes: un médico, un enterrador, un policía o un loquero. Tampoco le importaba, a saber qué le habría pegado ese puñetero despojo. Estaba harto de la existencia. Sólo tenía una cosa clara: si salía de esta se daría un buen rapado y se echaría amigos nuevos.

---X---

PD: Todos tenemos, o tendremos, un mal día.

domingo, 10 de marzo de 2013

Galgo viejo

     A los que la presente vieren y entendieren:

     Como todo en el ciclo vital, esta trilogía de relatos cortos llega a su fin. Es mi más sincero deseo que disfruten con las venturas y desventuras del buen Don Hernán Ramírez Salazar, soldado de los Morados Viejos de Sevilla.

     Para quien andase distraído, ruego lea antes el relato del Descalabro bajo santa mirada para orientarse sobre el porqué de los acontecimientos que se narran a continuación.

     Sin más, espero que disfruten.


---x---

Una lúgubre mañana de domingo. El cielo encapotado, gris. Las únicas aves eran cuervos, en silencio; estaban apostados en un olivo torcido junto al camino. El viento soplaba frío y húmedo, agitando las ropas de los presentes con parsimoniosa continuidad.

Cuatro reos en el patíbulo, dos mujeres y dos hombres. Maniatados, con una soga corta que amarraba cuello y poste con el mismo nudo: de esta manera se mantenían forzosamente erguidos. Maltrechos, la mirada perdida…muertos en vida. Los sambenitos y las corozas sucias. Cuatro esperpentos de personas traídos hasta allí en cuatro asnos viejos, que descansaban a pocos metros del tablado. Y en torno a todo esto, un gentío propio de ferias y otras congregaciones.

Un cierto perímetro guardado por alabarderos permitía administrar los preparativos del auto de fe a varios miembros del Tribunal del Santo Oficio; contaban con un púlpito desde el cual el relator podría leer las acusaciones. Labriegos, carreteros, obreros y otros pobres diablos se agolpaban con sus mujeres y niños, haciendo comentarios, murmurando. Alguna pareja o grupo reducido de gente de postín, conversando. No faltaban los afortunados subidos a una carreta o montura, contando así con vista privilegiada. A más inri, valga la poca gracia para los reos, incluso se paseaba alguna moza vendiendo frutos secos, sino un mozo cargando con un pellejo de vino templado al que daba buena salida.

Porque si algo ha caracterizado al pueblo español, es la facilidad de hermanamiento para formar turbas, malos juicios o acusaciones a dedo comunal. Y algo como un auto de fe, donde viles herejes declarados se prenden como estopa embreada, era un auténtico espectáculo local. No obstante, hay una debida explicación para todo esto, que se remonta a varios días antes…

La situación se volvía insostenible para Hernán. Él era soldado profesional: su deber consistía en combatir al enemigo de la nación en el campo de batalla, cara a cara. Cierto es que participó en encamisadas, pero al fin y al cabo seguía enfrentándose a otros soldados profesionales. Lo ocurrido los últimos días ensombrecía sus pensamientos.

Cierto es que tuvo un altercado evitable en aquella taberna de Triana, pero aún así fue con otros soldados y por motivos de honra. Pero, ¿y aquella noche? Junto a la Omnium Sanctorum, la Iglesia de Todos los Santos. Esperó en las sombras a que pasara su objetivo, un hereje, o eso creía él. Coligado con una prostituta, saltó de la negrura de la noche para dar muerte como un vil asesino. Fulminó a dos hombres inocentes, presa de un error; eran dos actores que pasaban por allí casualmente. Además, y por segunda vez desde que aceptó la misión, tuvo que huir de la ley.

La muerte de esos dos inocentes lo trajo por el camino de la amargura y el vino. No pudo sino plantearse la de posibles inocentes que pudo haber matado en las batallas. Actores. Porque, ¿acaso no se vestía el mismo, disfrazado, en la guerra? Son esa armadura de tres cuartos en su puesto de piquero de coselete. ¿Acaso no era él un hombre que luchaba por defender su patria? Es más, ¿era su deber defenderla fuera de sus límites abarcables? ¿A cuántos patriotas de la nación equivocada atravesó con la moharra de la pica? Comprendió cómo se sentía cada vez que hacía uso del derecho natural, cada vez que era abanderado de la ley del más fuerte: le daba asco.

Por otro lado, seguía notando esas tibias cadenas que apresaban su corazón. Todos esos juramentos, esa vida en su tierra, las raíces de su existencia. No podía permitirse siquiera imaginar que su España se viera truncada por la invasión destructiva de otro pueblo, un pueblo de otro credo y maneras. Él era un soldado español, y a los soldados españoles les enseñaban a apretar los dientes y vender caro el pellejo. Sólo los muertos tienen derecho a huir.

Aquella mañana no le molestaba el soniquete de la persiana contra la madera. De hecho, ya no era por la mañana, se acercaba la hora del almuerzo. Aunque eso él no lo sabía, le daba igual. De repente le dolía estar en la cama, se sentía sucio en su nido de serpiente. Se levantó, perdió el equilibrio y cayó hincando una rodilla. Había bebido mucho esa noche, como corroboraban varios odres vacíos diseminados por el suelo.  Se puso en pié, mareado, y fue trastabillando hasta sus ropas.

Comenzó a vestirse: primero las calzas, las botas…y antes de echar mano del jubón tuvo correr hasta el bacín de barro que tenía junto a la cama, donde devolvió buena parte del vino. A duras penas, se recompuso, aseó y terminó de vestir. Fue abajo, a dar los buenos días a doña Eusebia y pedirle algo de comer.

-Buenos días, Don Hernán, aunque no sea hora de decirlo –la mujer estaba acostumbrada a tratar con soldados, así que no quiso hacer demasiado énfasis. Seguía entretenida recogiendo algunas escudillas.

-Dejémoslo en que ha salido el Sol, mi buena Doña Eusebia. Sírvame pan y agua –era lo primero que decía en la mañana. Tenía la voz pastosa y entrecortada.

-¿Sólo? Parco alimento, ¿algo de vino? –ahí la veterana mujer no pudo evitar la sorna.

-Voto a cien, no –dijo tras soltar capote y sombrero en una silla. Se disponía a sentarse.

Esa mañana salió sin la espada ni el coleto. No se sentía cómodo con sus herramientas, se veía a sí mismo como un carnicero con el cuchillo y el mandil. No obstante, tenía ya suficientes cicatrices y sangre de menos como para no ser previsor, así que tenía la daga de vela enfundada junto a los riñones, al lado derecho.

Caminaba como un autómata por las calles. Pasaba de largo a tratantes y vendedores. Ignoraba a mendicantes, ya tuvieran tonsura o hambre. Sólo se detenía para dejar paso a cabalgaduras o bestias de tiro, y en caso irremediable. Sus pasos lo conducían, como un insecto infame, al pérfido olor de la Plaza de Curtidores. Iba a buscar a Juana la Costurera, esa alcahueta. No la veía desde que concertó en ella los tratos de una coima para atraer a Waltz, y en vista de que el fulano en cuestión se libró por los pelos, ahora esa fulana es la única que sabría dónde encontrarle. Deseaba terminar con todo esto cuanto antes.

Cuando se quiso dar cuenta estaba ante la desvencijada puerta, en un callejón limítrofe a la plaza. Dio dos golpes fuertes y separados y dos más suaves y seguidos. Notó como alguien se acercaba a la puerta por el otro lado.

-Somos pobres y nada tenemos –dijo en voz queda una anciana.

-A ponerle solución vengo –gruñó Hernán, algo molesto.

La puerta se abrió precedida por el crujir de cerrojos y batir de tablas. La simple visión de la anciana, jorobada y nariguda, ya repugnaba a Hernán. No por su aspecto, sino por tener que tratar con una criatura más podrida por dentro que por fuera, si quería solucionar sus problemas. La vieja hizo intento de sonreír con esa boca de almenar, que recordaba a las protecciones de una muralla tras las que se esconden los infantes debido a sus huecos. Hernán la cortó.

-No sueltes ni un alago, no tengo ganas de bromas –pronunció lapidario Hernán. Hizo ademán de acomodarse, soltando sombrero y capote.

Él se sentó primero. La estancia era conocida: aparte de la mesa y sillas viejas, había algún saco o cesto por las esquinas, una escalera sin barandas al piso superior y una cortina en la pared que conducía a la alacena, de donde la vieja volvió con dos vasos y una jarra. Se sentó y ofreció vino a Hernán, que declinó la oferta. Ella tampoco bebería.

-Dónde puedo encontrar a la muchacha –miraba fijamente a los ojos de la anciana. Hernán tenía el rostro abatido por el cansancio.

-No estoy segura de a qué muchacha se refiere vuesa merced, ¿acaso… -ya iba a comenzar con una de sus peroratas. Hernán la cortó de una palmada en la mesa.

-No quiero sortilegios. Dónde puedo encontrar a esa puta tuya que acordamos iría con el extranjero –los ojos de galeote castigado se tornaban de perro rabioso.

-Tiene una habitación en una posada cercana, Casa de Julio Infante. Dos calles abajo. Se llama Antonia. –dijo la anciana. Tironeaba nerviosa de su vestido remendado, y señalaba con la mano libre.

Hernán se levantó, seco. Hizo sonar dos maravedíes en la mesa y se fue presto. Sin despedirse.

No le llevó tiempo dar con la posada. Entró sin demora, esquivando a un hombre con el rostro colorado que se tambaleaba al exterior. Dentro olía a guisado, a vino y a madera. Se fue directo al primero que le parecía ser el tabernero. Un tipo cuajado en años, entrado en carnes y  con una abundante pelambrera gris. Estaba acomodando unos cueros de vino sobre una mesa sin sillas junto a la pared.

-Buen día, gentil hombre –dijo Hernán. Procuró sonar amable. No habló muy alto.

El tabernero se giró, soltando los pellejos de vino en el montón. Tenía una mirada viva y parecía predispuesto a la sonrisa.

-¡Buen día, caballero! ¿Puedo servirle? –habló mientras se sacudía las manos en el mandil.

-Eso espero. Vengo buscando a una dama, por nombre Antonia. ¿Sabríais vos indicarme dónde la he de hallar?

-Oh, no. Aquí no se hospeda Antonia alguna –dijo el hombre, sacudiendo las manos en el aire y desviando la mirada al suelo.

-¿Estáis seguro? Tengo interés galopante en verla –y Hernán tomó una mano del tabernero con las suyas, y depositó en ella unos buenos argumentos.

-Ah, bien. ¿Dijo usted Antonia? Había creído oír otro nombre. Suba usted a la segunda planta, y tal cual esté en el pasillo, la tercera a la derecha. Llámele usted tres veces a la puerta.


Hernán asintió complacido. El tabernero le dio unas palmadas en la espalda mientras apretaba el dinero con la otra mano y miraba nerviosamente alrededor. Desde hace pocos años, la prostitución estaba condenada por el Santo Oficio.

Hernán subió las escaleras, pensando en el plan de acción. Algo nervioso, se dirigió a la tercera puerta a la derecha. Tocó tres veces.

-Espere vuecencia un segundo –respondió la voz de una joven desde dentro.

Efectivamente, se trataba de una joven. Bastante linda incluso. Ojos claros, piel morena. El cabello suelto, castaño. Una sonrisa forzada, cierto, pero unos dientes ordenados y limpios. Figura delicada, curvas suaves. Hernán se esforzó en recordar que tenía que matar a un hereje.

-Noble es el caballero que llamaba a mi puerta. Pase, si me hace el honor –la chica tenía una voz encantadora. Hernán pasó con un caminar tranquilo. Ella cerró la puerta tras de sí.


La habitación olía a perfumes. Tenía un tocador sencillo, provisto de espejo y multitud de artículos que multiplicaban la belleza o escondían las fealdades. Un armario a considerar estaba apoyado en la pared contraria al mueble anterior. Una buena cama. Hernán optó por soltar capote y sombrero. Sin que sirviera de precedente, abandonó el cinturón de la daga con la misma junto a las otras dos prendas en una silla. Tomó asiento. Ella le ofreció un vino que aceptó de buen grado. Todo estaba iluminado por sonrisas y un tragaluz.

El ambiente resultaba analgésico para Hernán. A la sombra de esa chica, olvidaba parte de los pesares. No obstante, haciendo alarde de fatalismo, imaginó gran cantidad de penurias que habrían llevado a esta chica a desempeñar el oficio. La de patanes y hombres despreciables que la habrían tratado. O simplemente era una hábil bruja, una víbora camuflada con escamas de candor.

-Vengo en nombre de Juana la Costurera –espetó, como un rayo. Dicho eso, vació de golpe el vaso de vino, y torció el gesto.

-¿De quién, decís? –a la muchacha le tembló momentáneamente la sonrisa al oír el nombre. Hernán, atento, se percató.

-Juana la Costurera. Hace las veces de alcahueta. Te pagó para que acompañaras a un austriaco llamado Waltz, hace varias noches. Presenciaste un asesinato –lo soltó de corrido-.

La muchacha hubo de apoyarse en la mesa. Las manos comenzaron a temblarle y desvió la mirada, como buscando un agujero milagroso por el que saltar. Hernán la tomó de la mano.

-Solo quiero que me digas dónde puedo encontrar a ese hombre –y ambos se miraron fijamente a los ojos- debe rendir cuentas a la ley.

“Ley” es una de las palabras que pone nerviosa a una prostituta. Y ante el semblante de Hernán, la chica no se pudo resistir. Como quien dice, solo tenía que señalar con el dedo.

Y así, varias indagaciones más tarde, Hernán pudo dar con otra posada. Una más próxima al puerto, de medio pelo. Había buena confluencia de soldadesca variada, con la premisa de que ninguno era de Sevilla. También abundaban los mercaderes itinerantes.

Finalmente, dio con él. El mismo tabernero del lugar le aseguró que la habitación estaba a nombre de un tal Waltz, gracias a los maravedíes que le costó. Tenía la mano suelta para el dinero últimamente, prefería la pobreza a la asfixia del alma. Incluso frecuentó la taberna de la posada, rondando al tal Waltz, para cerciorarse de que lo llamaran por su nombre. Efectivamente. Parecía alguien importante entre los lansquenetes, pues los demás lo trataban con cierta disciplina marcial más allá del respeto profesional. Observó Hernán que no era tampoco rudo ni descortés: trataba bien al servicio, solía invitar a los que compartían su mesa e incluso lo vio dar limosna en un par de ocasiones.

Por un momento, Hernán se contentó con haber dado con un fulano dotado con trazas de caballerosidad, eso le facilitaría el trabajo. Así pues, comenzó a rondarle, y una tarde tuvo la oportunidad. Waltz caminaba a solas por un callejón que daba  a la parte trasera de unas casas por un lado, y a una muralla vieja por el otro. No se lo pensó dos veces.

-¡Waltz! –pronunció en voz alta Hernán.

El aludido se dio la vuelta y observó al español. Hernán desenfundó la espada ropera con la diestra y la daga de vela con la zurda. Su sombrero y su capote estaban ya en el suelo. No llevaba el coleto, ni siquiera el jubón. Solo la camisa bien sujeta por una faja. La testa descubierta. Quería ser ligero, limpio y audaz para terminar a gusto el maldito asunto.

Al barbudo le sobraron argumentos. Iba ataviado característicamente. El jubón, muy adornado y de mangas acuchilladas, era de verde claro y amarillo chillón. Los greguescos eran rojos, y las calzas dispares: una verde con líneas verticales azules y la otra entera amarilla. Los zapatos de cuero negro. En las rodillas, además, tenía flecos y cintas de vivos colores y atadas en lazo. La poderosa testa cubierta con un tocado de plumas. Por todo esto parecería un bujarrón apoderado de no ser por las dos características fundamentales que distinguen a un soldado entre multitudes.

Para empezar, la mirada. En un santiamén midió mentalmente a Hernán, y sus dos ojos celestes como carámbanos viejos se hicieron uno con los movimientos del español. Lo segundo, su espada: una katzbalger propia de su gremio. La desenfundó metódicamente. Era sobria, a diferencia de sus ropas. La hoja ancha y corta, con tres acanaladuras. La guarda en forma de “S”, con los gavilanes hermosamente retorcidos. El mango y pomo, una sola pieza, en forma de cono, con la parte más fina tocando con la guarda. Una buena herramienta.

Primero se echaron tientos. La espada de Hernán era más larga, fina y flexible. Podría cortar, pero el objetivo era atravesarle de un centellazo. Además tenía la daga de vela en la zurda, con una buena cazoleta para parar algún golpe o hincarle la aguzada punta. No obstante, la pesada y ancha (aunque corta) espada de Waltz podría mandarlo con Caronte de un solo mandoblazo.

Aunque más alto y robusto que Hernán, Waltz se movía con destreza. Ambos operaban con las piernas algo flexionadas y haciendo uso de juegos de pies. Hernán quiso hacer una finta por ver si le tomaba un punto muerto, pero el grandullón le practicó un envite que lo empotró contra la muralla del callejón. Casi lo acorrala: Waltz aprovechó el instante de conmoción para lanzarle un espadazo a la cabeza, que Hernán esquivó agachándose. La espada impactó contra la centenaria piedra produciendo chispas, a las que precedió un quejido seco del austriaco: Hernán no pudo trincharlo con la ropera a falta de espacio, pero le dio una buena puñalada en la cara interna del muslo.

Así, el oponente ya estaba tocado. Para desgracia de Hernán, el austriaco se volvió preso de la furia. La misma barba le temblaba y se descubrió la cabeza de un manotazo. Llevaba el pelo muy corto y una cicatriz le recorría desde lo alto de la testa hasta casi la oreja izquierda. Perlaba el sudor en su frente.

Tuvo entonces Hernán que actuar a la defensiva, dejando que se cansara. Y es que Waltz la emprendió con furibundos espadazos, con ira renovada por su sangre, como si fuera un jabalí. Y tales eran los golpes, que uno se fue directo al tercio de la hoja (es decir, la zona central) de su ropera para partirla. “Guerra le tienen estos al acero hispano, voto a Satán. Otra espada muerta”, pensó Hernán para sí. Pero como soldado previsor, Hernán no se desprendió de la espada rota.

Waltz comenzaba a cansarse de enarbolar su espada. Sus lujosos ropajes le daban calor, y el español se movía rápido y ágil. Además, la herida del muslo chorreaba ininterrumpidamente. Sería cuestión de esperar, pero Hernán no podía permitirlo. El hombre se defendía bien y había que terminar la contienda sin tachas en la honra de los dos partícipes.

Así pues, Hernán hizo uso de arrojo y se coló dentro del radio de acción de la katzbalger. Como un rayo, hincó la daga de vela en las tripas de Waltz. Este lo sujetó con su pesada mano por el pescuezo, con los ojos muy abiertos y enseñando los dientes. Con el último aliento, hincó la punta de la espada en el costado izquierdo de Hernán, que soltó la daga para retirarse y desarmarlo de un golpe de la espada rota en los dedos.

Waltz cayó de rodillas, con las manos muertas, observando la daga del español hincada en sus tripas y vertiendo su sangre por el empedrado. Se metió la mano derecha por el hueco del cuello del jubón, y agarró algo. Miró al cielo, cerró los ojos y cayó boca abajo.

Hernán se dejó caer apoyado en el lado opuesto a la muralla, el de la parte trasera de casas. Le temblaban las piernas. No por el esfuerzo ni por la herida (que no era gran cosa), sino por el peso. Los nervios de haber terminado con algo que dejó seria impronta en las últimas semanas de su vida. Hizo el gesto de santiguarse y se puso en pié. Tenía la camisa empapada en sudor. Recuperó jubón, capote y sombrero. Se dirigió al difunto y tiró del brazo derecho del austriaco para darle la vuelta y poder recuperar su daga. Cuál fue su sorpresa cuando al tirar extrajo la mano del muerto de entre sus ropas y pudo observar a qué se aferraba. Un crucifijo de plata, que reconoció rápidamente como los que suelen hacer los orfebres sevillanos. “Estaba bien metido en su papel, este hereje hideputa”. Extrajo la daga, la limpió y envainó. Se puso en marcha para quitarse de en medio.

El destino se truncó en su retirada. Tres corchetes lo estaban esperando en la boca del callejón, a punta de pistola. El de en medio espetó:

-En nombre de la ley, dese preso por el asesinato del Capitán Abelard Waltz al servicio de su majestad.

Mil cosas se hubieron de pasar por la mente de Hernán en esos momentos. “¿Cómo saben quién era? ¿Qué diablos hacen aquí apostados? Y si sabían que estaba allí, ¿por qué no me detuvieron? Yo maldigo la impronta de mi funesta calavera”. Hernán no pudo más que dejarse tomar preso. No quería morir abatido a tiros como una bestia. Lo montaron en un carro de jaula ya dispuesto y lo condujeron a su presidio. Se le heló el alma cuando se percató de la dirección que tomaban: el Castillo de San Jorge, sede del Tribunal de la Inquisición.

No hubo explicaciones. Lo despojaron de todo salvo las calzas y lo arrojaron a una celda. No había más luz que las antorchas en las columnas del pasillo central. Su habitáculo tenía una sola pared de roca, igual que el suelo y el techo; las otras paredes y la puerta eran de reja. Esa noche lo apalearon como a un perro, llamándolo hereje, impío y traidor. Intentó defenderse, incluso consiguió lastimar a un guardia. Inútil. Terminó colgado por las muñecas, con grilletes de hierro, sin que los pies tocaran el suelo. “¡Hideputas! ¡Cobardes! ¡Soltadme!” se atrevía a decir, y no callaba hasta quedar inconsciente por los golpes.

Tuvo compañía a la mañana siguiente. Era otro soldado de los Morados Viejos. Juan Casal, uno de los soldados que recibieron la misma misión que él. Como Hernán, era moreno y enjuto, pero no tenía barba y su mirada era más cándida. Su estado era lamentable: venía mal herido, como de una pelea a espada. Lo arrojaron como a un saco de huesos y quedó postrado en el suelo. Hernán seguía colgado y entumecido.

-¿Juan? ¿Juan Casal? ¡Amigo! –pronunció como pudo.

-¿Hernán? -dijo alzando la vista- ¿Hernán, eres tú?

-O lo que queda –habló Hernán, con la vista casi ida- ¿Te han traído los corchetes?

-Previos espadazos, sí –rió Juan. – y a Federico, al Toro y a Pelayo los han pasado por el cuchillo. Los intentaron tomar a la vez, pero en vista de que se resistían, terminaron con ellos.

Hernán lo miró espantado. Eran los otros tres soldados con las mismas órdenes. ¿Qué diablos estaba pasando?

-¿Y el Sargento? ¿Han matado al Sargento Olivares? –Hernán estaba nervioso, intentó acomodar la cabeza para mirar a Juan, que a su vez se incorporó  con una mueca de esfuerzo para sentarse frente a él. Juan tenía la cara de un muerto.

-Lo último que supe de él es que lo mandaban a Orán.

-¿A Berbería? –Hernán descompuso la cara. Era un destino funesto que incluso los galeotes despreciaban. De repente, todos los implicados en la búsqueda y muerte del maldito Waltz estaban siendo o habían sido suprimidos.

-¿Y tú, Hernán? ¿Te asaltaron de improviso anoche?

-¡No! ¡Maté a Waltz en la tarde de ayer! ¿A los otros compañeros, cómo los mataron?

-Vi como se enfrentaban a varios corchetes en una taberna. Yo mismo me dirigía allí, pero llegué tarde. Iban a tiro hecho –Juan se sujetaba un espadazo en el costado, aún salía sangre. Tenía la cara blanca.

A Hernán le hervían los sesos en la cabeza. Estaba aturdido. Entonces, se abrió la puerta de las mazmorras y entraron los carceleros. Traían dos mujeres y un hombre. Y Hernán los conocía a todos. Eran Juana la Costurera, la joven meretriz Antonia y Julio el tabernero. A Julio, harto de palos, lo encerraron con ellos. A las otras dos las perdió de vista. Ni siquiera se detuvo en la vieja, pero tensó los músculos al ver a Antonia maltrecha y con las ropas desechas.

Un carcelero abrió la puerta y un par de corchetes empujaron dentro al tabernero, que dio de bruces. Solo hacía llorar y pedir perdón. La ropa hecha unos zorros y la nariz rota, miró de reojo a los dos soldados y se fue a una esquina en silencio. A Hernán lo bajaron de los grilletes y este puedo dejar caer los brazos con una mueca de dolor. Ayudó a Juan a sentarse con la espalda en la pared y ocupó un lugar a su lado. Estuvieron en silencio. Había demasiadas cosas que hablar.

Las desgracias continuaron llegando. Pese a las voces y amenazas en vano de Hernán, nadie atendió a Juan, que murió en sus brazos. “Están terminando con todos nosotros…” fueron sus últimas palabras.

Finalmente, tres días después de haber sido hecho preso, llegaron otra vez los corchetes. Y peor, representantes del Santo Oficio. Hernán quiso resistirse, pero lo volvieron a majar a palos. Le pusieron el sambenito y la coroza. El tabernero se limitó a temblar y ensuciarse la ropa, pero también lo ataviaron. Los sacaron de las mazmorras. Fuera aguardaban cuatro asnos viejos, dos ocupados por las mujeres: Juana y Antonia. La vieja estaba ida, musitaba cosas ininteligibles. La pobre muchacha Antonia tenía los ojos rojos de llorar y se limitaba a mirar de un lado a otro, desconsolada. Su mirada y la de Hernán se cruzarían por última vez en un gesto de piedad mutua. Hernán y el tabernero fueron montados en las cabalgaduras restantes.

Fueron conducidos por la ciudad. Las gentes les arrojaban piedras y despotricaban contra ellos. Todos convencidos de tener delante a cuatro herejes de la peor calaña, unidos en la multitud y con el pensamiento dominado por los eclesiásticos esporádicos que aparecían sermoneando. El tabernero, la vieja y la prostituta pedían clemencia o escondían la cara para resistir una pedrada o azote. Hernán no, se mantenía erguido, mostraba al público que nada podía hacer a un hombre que es noble e inocente. Resistió los proyectiles y azotes con estoica resolución, y apenas torció el gesto cuando un guijarro le estalló en la boca. Escupió sangre y siguió mirando al frente.

Entorno al medio día llegaron al Quemadero de Tablada, a las afueras de la ciudad. No tardaron en atarlos a los postes, con la incómoda cuerda asfixiándolos, erguidos pero abatidos. Se habían dispuesto haces de madera empapados en aceite entorno a ellos. Era un gris día de jolgorio para el pueblo. De entre los miembros del Tribunal se levantó el relator y acudió al púlpito. Iba ataviado acorde a las ceremonias religiosas. Comenzó a narrar:

-A Juana Villegas, a Antonia María Figuera, a Julio Infante y a Hernán Ramírez –se hizo el silencio entre el gentío. Hablaba alto y claro, pendiente del papel- se les acusa de viles artes condenadas por la Madre Iglesia, como la condición de mancebía, las labores de alcahueta y el encubrimiento y protagonismo en hechos que alteren el sano orden público de esta respetable ciudad.

El público estalló en insultos y amenazas a los cuatro reos. El tabernero estaba desmallado. Los alabarderos que separaban al gentío del patíbulo ordenaron silencio, y el relator siguió.

-Además se les reconoce partícipes en la conjura para el asesinato del noble capitán de los tercios alemanes don Abelard Waltz, produciendo así resquemores entre dos tierras de una misma nación, actuando a favor de los protestantes del hereje Lutero –nuevamente se hubo de mandar silencio entre el público- Así pues, el Tribunal de la Santa Fe ha decidido confiscar todos los bienes de estos impíos y que les sea dada muerte en la hoguera. Viva Dios, y viva el Rey –y Hernán comprendió que había sido parte ignorante en una retorcida estrategia.

Dicho esto, un verdugo enmascarado con un lienzo negro subió hasta ellos, antorcha en mano. Por orden irían Juana, Antonia, Hernán y Julio. La gente quedó en silencio, expectante. Primero se le prendió fuego a la vieja alcahueta. Esta estaba ida, ausente, pero al sentir las llamas mordiéndoles los pies, comenzó a chillar y revolverse como un simio enloquecido. Las lenguas de fuego subieron por su ropa hasta su cabeza. Se quemaron las ataduras de la anciana y liberó el cuello. Para espanto de los presentes, la loca jorobada y de nariz ganchuda empezó a trepar por el poste, asemejándose más a un terrible mono ardiente. Se sobrecogieron los corazones cuando fue abatida de un tiro de arcabuz. El hedor a carne y cabello quemado campaba a sus anchas.

Hernán lo observaba todo impasible, casi sin respirar, con la cabeza torcida. Pronto se acercó el verdugo a Antonia, que llevaba ya largo tiempo llorando sin lágrimas. Aquí Hernán no tuvo fuerzas para mirar. No quería ver nada más, ni el mundo ni a los que lo habitan. Se puso recto, cuan largo era, orientó el rostro al frente y cerró los ojos. Notaba el calor de la hoguera vecina y rezaba a dios para que Antonia cesase en su llanto y súplicas. Una lágrima limpió la mejilla de Hernán cuando la mujer dejó de emitir sonido alguno, y el público estalló clamando más justicia.

Llegó su turno. Abrió los ojos, pero no miró al cielo, ni al suelo. Se fijó en el horizonte, en los campos, en su tierra. Quiso perderse entre cerros, nutrir a los cultivos. Deseó ser cura y remedio para una nación enferma, que soporta a cortes de criminales, a titiriteros podridos que manejan a las nobles personas que aún creen en su patria. Había sido engañado, había sido una herramienta para atentar contra su rey y el Imperio.

Prendieron los haces de  leña a su alrededor y el fuego comenzó a devorar su carne. El público bramó de júbilo, pero poco a poco fue quedando en silencio. Hernán no dio muestra alguna de dolor o sufrimiento. Su alma hacía horas que se perdió entre las galerías de los santos inocentes y mártires de la honra y la nobleza. Su piel se resquebrajó, sus fluidos se consumieron, y su ennegrecido esqueleto quedó firme e invencible ante las atrocidades de la humanidad. Para siempre.

martes, 26 de febrero de 2013

Maldita raza


-Bienvenido, Espartero, es un placer poder entrevistar a alguien como usted.

-¡Para nada! El placer es mío, créame. –dijo el toro bravo.

-Bueno, comencemos, si no le importa.

-Claro, pregunte sin pudor. Solo pido cierta rapidez, ya mismo vienen a recogerme los del albergue.

-Descuide. Bueno, empecemos por el principio. Cuénteme sobre su infancia.

-Bueno, creo recordar bien mis tiempos de ternerito. Nací, claro, bajo el manto de una ganadería. Una dehesa como otra cualquiera. El invierno era templado, y aunque el verano apretaba, siempre había una sombra fresca bajo una encina.

-¿Qué tal su familia? Si me permite la pregunta.

-Por supuesto. Pues mi madre muy cariñosa, claro. A mi padre no lo vi. Bueno, realmente, a mi madre tampoco demasiado. Siempre traté más con los mayorales. En cuanto crecí un poco, me fueron apartando. Siempre con otros terneros de mi tamaño.

-Ahá. ¿Y qué tal el asunto profesional?

-Uff, qué te voy a contar que no sepas. Funesto, funesto.

-¿Para tanto?

-Y más. Seleccionan a los más bravos, como yo. Si no al matadero. Y luego, en el ruedo…una atrocidad. ¿Cómo una raza como la de los hombres, que se proclama la más avanzada, puede ver divertimento en el vil asesinato de un animal?

-Es un misterio.

-Es un crimen. Los rejoneadores, con las malditas garrochas para sangrarte. Y las banderillas, “banderillas”. Son malditos arpones. ¿Sería usted capaz de defenderse con dos flechas clavadas en la espalda?

-No lo creo, ¿tanto se sufre?

-¡Y más! Luego tienes que enfrentarte a uno de esos matarifes, los toreros. Te marea y te marea. De vez en cuando se hace justicia y le das una cornada a uno. Me contaban que antaño, si hacías eso, te cosían a tiros. Al final, cuando estás tan exhausto como para dejar de luchar por tu vida, te clavan la espada.

-Y fin.

-¡Si hay suerte! Cuántos de esos criminales han errado el golpe y han hecho al toro caer desfallecido, con los cuatro palmos de metal dentro.

-Pero, entonces, ¿cómo se explica que esté usted vivo?

-Soy uno de esos raros casos de indulto.

-Ahá…Bueno, por fortuna, se prohibió el toreo.

-¡Una desgracia!

-¿¡Cómo!?

-Sí, sí. Suena como si estuviera loco.

-Se lo puedo asegurar.

-Compréndame. Mi raza es el producto de una selección artificial destinada a producir ejemplares bravos y violentos. Porque no tenemos un especial interés alimenticio, hay otras razas para eso. Dígame, ¿de qué servimos nosotros ahora? Las dehesas están vacías. Bueno, salvo por el ganado para carne.

-No sé, son ustedes animales realmente hermosos.

-¿Y? De eso no se come. Ya no somos rentables. Fuimos diseñados para resistir y sufrir, para apretar los dientes y vender caro el pellejo.

-Tiene usted un crudo punto de vista.

-El que hay. El que hay.

-Para concluir, ¿cómo resumiría usted todo lo dicho?

-Simple: Mi raza está maldita. Ideados para morir luchando, rescatados para desaparecer.

-Vaya. Bueno, eso es todo. Muchas gracias.

-A usted. Adiós.

domingo, 24 de febrero de 2013

Barridos y estocadas


Últimamente he visto estimulado mi interés en aspectos de hoplología (el estudio de las armas), ya sea por lo que haya podido ir filtrando de mis avances en la universidad o por lo que me haya encontrado indagando en libros, internet y demás. No pretendo hacer un artículo de rigor. Simplemente, basándome en información historiográfica, voy a comentar un aspecto que me llama mucho la atención dentro de la historia bélica: las armas de perforación frente a las contundentes y de corte.

Esto pretende explicar la idea que mantengo sobre que las civilizaciones más avanzadas se caracterizaban por emplear un armamento dedicado a la perforación y la estocada, producto de un entrenamiento riguroso, frente a pueblos menos especializados y más primitivos que preferían el empleo de armas contundentes y toscas (como las hachas) que se basaban en una mera condición física y el arrojo en la batalla.

Todas las culturas se remontan a otras anteriores, habiendo sido fruto de una adaptación evolutiva y aglutinamiento de aspectos tomados de culturas adyacentes, de tal manera que si se quiere hacer una observación comparativa hay que remontarse a los primeros choques entre civilizaciones, consiguiendo así que se repitan las mínimas características posibles entre unos y otros. Yo me centraré en las legiones romanas y las hordas celtas.

Conocemos como celtas, fundamentalmente, a todos los pueblos europeos que limitaban con el imperio romano. No piensen en germanos, estos estaban detrás de los celtas, más al norte. Así pues, los romanos se enfrentaron a los celtas desde que comenzaron su política expansionista. Me voy a centrar en los de la Europa Occidental, los galos.

No hay que descartar que algunos celtas se hicieran mercenarios. El famoso Viriato, por ejemplo, tenía el fundamental interés de llegar al mediterráneo para ser contratado por los ricos cartagineses. Así pues, por diplomacia o dinero, hubo de haber celtas que cooperaran con los romanos. La mayoría, claro,  se mostró indomable y escogió el camino de las armas. Ahí voy yo.

En el combate, los celtas se presentaban con un aspecto feroz. Sus protecciones eran casi inexistentes: cinturones de cuero grueso, algún brazal…aunque los capacetes y cascos simples no eran tan raros de ver, ya fuera de cuero o metal. Predominaban las armas ofensivas: clavas, hachas, lanzas… y en lo tocante a proyectiles habría hondas y algún arco. Por supuesto usaban escudos: unos ovalados y estrechos, cubiertos con piel, decorados y con un umbo central. Claro que los mejores empleaban espadas. Ya me voy acercando.

Las espadas celtas eran de relativo gran tamaño: las de última generación podían alcanzar tranquilamente los 90 cm, con una hoja de filos paralelos y un ancho de 4 cm prácticamente en todo el recorrido salvo por la punta, de carácter ojival. La empuñadura se componía de un mango ligeramente aplanado; el pomo y la guarda solían tener el mismo diseño y un valor ornamental que salta a la vista.

Por otro lado, tenemos al legionario romano. No hace falta hablar de tácticas y entrenamientos para observar su supremacía en el campo de batalla. El armamento de las legiones romanas se puede resumir en una palabra: perforación. Obviando las largas spathas de los equites, todo se reducía a flechas, pilums, lanceas, spiculum…en definitiva, armas de punta con carácter arrojadizo (salvo la lancea) que permitían su uso en carácter defensivo (evidentemente, nadie se defendía con una flecha en la mano, no me sean puntillosos). Por supuesto, lo mejor para el final: el gladius y el scutum. Irremisiblemente, esto posee un cierto carácter celta que viene de muy atrás. Porque los romanos inventaron poco, pero lo remodelaron y optimizaron casi todo. Al grano.

El scutum es un escudo de gran tamaño, que por esta época (s. III – I a.C.) era prácticamente más ovalado que rectangular. Poseía una cierta curvatura horizontal y en el centro destacaba un umbo de bronce para sujetarlo. Estaban forrados en cuero y normalmente adornados con alguna figura o símbolo característico de la legión en concreto. Un detalle importante eran los bordes reforzados en bronce, que otorgaban una consistencia superior. Sumado a los cascos de bronce y las lorigas de cota de malla, tenemos un soldado (no guerrero) realmente bien protegido.

Y el quid de la cuestión: el gladius. Unos cincuenta centímetros de acero terminado en una aguzada punta y una forma de huso en el centro. La espada podía tener un ancho de entre 5’4 – 7’4 cm en la salida del pomo, con un leve estrechamiento en el recorrido, hasta llegar a los 4’6 – 6 cm de justo antes de la punta que nacía desde un estrechamiento de 2 cm. Pomo y guarda eran de madera, tendiendo a un aspecto redondeado. Resulta muy interesante el mango: las del tipo Pompeya (s. I d.C) incluyen cuatro surcos en el mango, resultando un diseño ergonómico extremadamente útil.

Así pues tenemos ya las dos piezas del rompecabezas. La espada larga, de mayor peso y peor factura de los celtas, frente a la punzante y manejable gladius romana. Y de estas se puede deducir todo lo anterior. Las espadas celtas denotan una táctica basada en el número de individuos y el arrojo de los mismos, pues las dimensiones de sus espadas y su condición de contundencia y corte preeminente frente al concepto de estocada revelan una formación guerrera en vez de militar. Además revelan la importancia en su cultura de los héroes guerreros con la observación de los detalles de sus guardas, que aunque siguen patrones similares queda claro que cada guerrero se costeaba la más llamativa que pudiese.
Y lo anterior, frente a la preferencia romana por lo práctico. La función tan especializada de sus espadas es signo inequívoco del uso de tácticas favorables a la misma. Sus relativamente reducidas proporciones están contrapuestas a la de las espadas celtas, dando más valor a la técnica marcial que a la pericia guerrera. Sus pomos y guardas de madera son el máximo exponente de la funcionalidad frente a la estética.

Se puede decir así que las espadas celtas operan en un radio, basándose en su tamaño para abarcar en un barrido al enemigo, golpeándolo con más o menos tino, mientras que las gladius estocan en un punto concreto seleccionado, como la axila, la ingle o el cuello.

Concluiré con una frase del refranero popular: “Más vale maña que fuerza”.

IMÁGENES DE INTERÉS

Excelente representación de un legionario romano en los siglos a.C. en actitud de lanzar un "pilum".


Ejemplo de guerreros celtas armados con sus largas espadas: pese a los escudos largos, obran de manera furibunda y arrojada.